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fotos Romancero viejo





 

1. Romance del cautivo
Que por mayo era por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor.
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión,
que ni sé cuando es de día
ni cuando las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero,
dele Dios mal galardón.
 

2. Romance del conde Arnaldos
¡Quién hubiese tal ventura
sobre las aguas del mar,
como hubo el conde Arnaldos
la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano
la caza iba a cazar;
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar.
Las velas traía de seda,
la ejarcia de un cendal,
marinero que la manda
diciendo viene un cantar
que la mar facía en calma,
los vientos hace amainar;
los peces que andan nel hondo,
arriba los hace andar;
las aves que van volando,
nel mástel las faz posar.
Allí fabló el conde Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
- Por Dios teruego, marinero,
dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
- Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va
 

3. Romance de Abenámar
- ¡Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste,
grandes señales había!
Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida;
moro que en tal signo nace
no debe decir mentira.
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:
- No te la diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y de una cristiana cautiva,
siendo yo niño y muchacho
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,
que la verdad te diría.
- Yo te agradezco, Abenámar,
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquellos?
¡Altos son y relucían!
- El Alhambra era, señor,
y la otra la mezquita;
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día,
y el día que no los labra,
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía.
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía;
- Si tú quisieses, Granada,
contigo me casaría,
daréte en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.
- Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene,
muy grande bien me quería.
 

4. Rey don Sancho,...
- ¡Rey don Sancho, rey don Sancho!,
no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora
un alevoso a salido;
llámase Vellido Dolfos,
hijo de Dolfos Vellido;
cuatro traiciones ha hecho,
y con esta serán cinco.
Si gran traidor fue su padre,
mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real.
- ¡A don Sancho han malherido!
Muerto le ha Vellido Dolfos,
¡gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto,
metiose por un postigo;
por las calles de Zamora
va dando voces y gritos:
- ¡Tiempo era, doña Urraca,
de cumplir lo prometido!
 

 

 

Marqués de Santillana
Íñigo López de Mendoza

-

 

Serranilla VI. La vaquera de la Finojosa
 Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.
 Faciendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vencido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do vi la vaquera
de la Finojosa.
 En un verde prado
de rosas y flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la vi tan graciosa
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.
 No creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
ni de tal manera,
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa.
 No tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dejara
en mi libertad.
Mas dije: «Donosa
(por saber quién era),
¿dónde es la vaquera
de la Finojosa?»
 Bien como riendo,
dijo: «Bien vengades;
que ya bien entiendo
lo que demandades:
non es deseosa
de amar, nin lo espera,
aquesa vaquera
de la Finojosa.»


 

 

 

Juan del Encina



 

1. No te tardes
 ¡No te tardes que me muero
carcelero,
no te tardes que me muero!
 Apresura tu venida
porque no pierda la vida
que la fe no está perdida:
carcelero,
¡no te tardes que me muero!
 Sácame de esta cadena,
que recibo muy gran pena
pues tu tardar me condena,
carcelero,
¡no te tardes que me muero!
 La primera vez que me viste,
sin lo sentir me venciste;
suéltame pues me prendiste,
carcelero,
¡no te tardes que me muero!
 La llave para soltarme
he de ser galardonarme,
prometiendo no olvidarme,
carcelero,
¡no te tardes que me muero!
 

2. Las cosas que deseamos
Las cosas que deseamos
tarda o nunca las habemos,
y las que menos queremos
más presto las alcanzamos.
 Porque fortuna desvía
aquello que nos aplace,
mas lo que pesar nos hace
ella mesma nos lo guía:
así por lo que penamos
alcanzar no lo podemos,
y lo que menos queremos
muy más presto lo alcanzamos.

 

 

 

Jorge Manrique

– Coplas a la muerte de su padre
    
    
      
 

Coplas a la muerte de su padre

          I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida;
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
          II
Pues si vemos lo presente,
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.
          III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
INVOCACIÓN
          IV
Dejo las invocaciones
de los famosos poetas
y oradores;
nón curo de sus ficciones,
que traen yerbas secretas
sus sabores.
Aquél sólo me encomiendo,
Aquél sólo invoco yo
de verdad,
que en este mundo viviendo,
el mundo no conoció
su deidad.
            V
Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que feneçemos;
así que cuando morimos,
descansamos.
          VI
Este mundo bueno fue
si bien usásemos de él
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.
Aun aquel Hijo de Dios
para subirnos al Cielo
descendió
a nacer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
do murió.
          VII
Si fuese en nuestro poder
hacer la cara hermosa
corporal,
como podemos hacer
el alma tan glorïosa
angelical,
¡que diligencia tan viva
tuviéramos toda hora,
y tan presta,
en componer la cativa
dejándonos la señora
descompuesta!
          VIII
Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
las perdemos.
De ellas deshace la edad,
dellas casos desastrados
que acaecen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallecen.
          IX
Decidme: La hermosura
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura,
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?
Las mañas e ligereza
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega el arrabal
de senectud.
          X
Pues la sangre de los godos
y el linaje y la nobleza
tan crecida,
¡por cuántas vías e modos
se pierde su gran alteza
en esta vida!
Unos, por poco valer,
por cuán bajos y abatidos
que los tienen;
otros que, por no tener,
con oficios no debidos
se mantienen.
          XI
Los estados y riqueza,
que nos dejan a deshora
¿quién lo duda?,
no les pidamos firmeza,
pues que son de una señora;
que se muda,
que bienes son de Fortuna
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa.
          XII
Pero digo c'acompañen
y lleguen fasta la fuessa
con su dueño:
por eso no nos engañen,
pues se va la vida apriesa
como sueño.
y los deleites de acá
son, en que nos deleitamos,
temporales,
y los tormentos de allá,
que por ellos esperamos,
eternales.
          XIII
Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos,
no son sino corredores,
y la muerte, la celada
en que caemos.
No mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.
         XIV
Esos reyes poderosos
que vemos por escrituras
ya pasadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
así, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
y prelados,
así los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.
 

 

          XV
Dejemos a los troyanos,
que sus males non los vimos,
ni sus glorias;
dejemos a los romanos,
aunque oímos e leímos
sus historias;
non curemos de saber
lo de aquel siglo pasado
qué fue de ello;
vengamos a lo de ayer,
que también es olvidado
como aquello.
          XVI
¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los Infantes de Aragón
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
¿qué de tanta invención
que trajeron?
¿Fueron sino devaneos,
qué fueron sino verduras
de las eras,
las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras
e cimeras?
          XVII
¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?
          XVIII
Pues el otro, su heredero
don Enrique, ¡qué poderes
alcanzaba!
¡Cuán blando, cuán halaguero
el mundo con sus placeres
se le daba!
Mas verás cuán enemigo,
cuán contrario, cuán cruel
se le mostró;
habiéndole sido amigo,
¡cuán poco duró con él
lo que le dio!
          XIX
Las dádivas desmedidas,
los edificios reales
llenos de oro,
las vajillas tan fabridas
los enroques e reales
del tesoro,
los jaeces, los caballos
de sus gentes e atavíos
tan sobrados
¿dónde iremos a buscallos?;
¿qué fueron sino rocíos
de los prados?
            XX
Pues su hermano el inocente
que en su vida sucesor
se llamó
¡qué corte tan excelente
tuvo, e cuánto gran señor
le siguió!
Mas, como fuese mortal,
metióle la Muerte luego
en su fragua.
¡Oh jüicio divinal!,
cuando más ardía el fuego,
echaste agua.
          XXI
Pues aquel gran Condestable
maestre que conocimos
tan privado,
non cumple que de él se hable,
mas sólo cómo lo vimos
degollado.
Sus infinitos tesoros,
sus villas y sus lugares,
su mandar,
¿qué le fueron sino lloros?,
¿qué fueron sino pesares
al dejar?
          XXII
Y los otros dos hermanos,
maestres tan prosperados
como reyes,
que a los grandes e medianos
trajeron tan sojuzgados
a sus leyes;
aquella prosperidad
que en tan alto fue subida
y ensalzada,
¿qué fue sino claridad
que cuando más encendida
fue amatada?
          XXIII
Tantos duques excelentes,
tantos marqueses y condes
y varones
como vimos tan potentes,
di, Muerte, ¿dó los escondes,
y traspones?
Y las sus claras hazañas
que hicieron en las guerras
y en las paces,
cuando tú, cruda, te ensañas,
con tu fuerza las atierras
e deshaces.
          XXIV
Las huestes innumerables,
los pendones, estandartes
y banderas,
los castillos impugnables,
los muros e balüartes
y barreras,
la cava honda, chapada,
o cualquier otro reparo,
¿qué aprovecha?
Cuando tú vienes airada,
todo lo pasas de claro
con tu flecha.
 

 

          XXV
Aquel de buenos abrigo,
amado, por virtuoso,
de la gente,
el maestre don Rodrigo
Manrique, tanto famoso
y tan valiente;
sus hechos grandes y claros
non cumple que los alabe,
pues los vieron;
ni los quiero hacer caros,
pues que el mundo todo sabe
cuáles fueron.
          XXVI
Amigo de sus amigos,
¡qué señor para criados
y parientes!
¡Qué enemigo de enemigos!
¡Qué maestro de esforzados
y valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Qué benigno a los sujetos!
¡A los bravos y dañosos,
qué león!
          XXVII
En ventura, Octavïano;
Julio César en vencer
y batallar;
en la virtud, Africano;
Aníbal en el saber
y trabajar;
en la bondad, un Trajano,
Tito en liberalidad
con alegría;
en su brazo, Aureliano;
Marco Atilio en la verdad
que prometía.
          XXVIII
Antoño Pío en clemencia;
Marco Aurelio en igualdad
del semblante;
Adriano en la elocuencia;
Teodosio en humanidad
y buen talante.
Aurelio Alexandre fue
en disciplina y rigor
de la guerra;
un Constantino en la fe,
Camilo en el gran amor
de su tierra.
          XXIX
Non dejó grandes tesoros,
ni alcanzó muchas riquezas
ni vajillas;
mas hizo guerra a los moros
ganando sus fortalezas
y sus villas;
en las lides que venció,
cuántos moros y caballos
se perdieron;
y en este oficio ganó
las rentas e los vasallos
que le dieron.
          XXX
Pues por su honra y estado,
en otros tiempos pasados
¿cómo se hubo?
Quedando desamparado,
con hermanos y criados
se sostuvo.
Después que fechos famosos
hizo en esta misma guerra
que hacía,
hizo tratos tan honrosos
que le dieron aun más tierra
que tenía.
          XXXI
Estas sus viejas historias
que con su brazo pintó
en juventud,
con otras nuevas victorias
agora las renovó
en senectud.
Por su gran habilidad,
por méritos y ancianía
bien gastada,
alcanzó la dignidad
de la gran Caballería
del Espada.
          XXXII
Y sus villas y sus tierras,
ocupadas de tiranos
las halló;
mas por cercos y por guerras
e por fuerza de sus manos
las cobró.
Pues nuestro rey natural,
si de las obras que obró
fue servido,
dígalo el de Portugal,
y, en Castilla, quien siguió
su partido.
          XXXIII
Después de puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero;
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la Muerte a llamar
a su puerta,
          XXXIV
diciendo: «Buen caballero,
dejad el mundo engañoso
y su halago;
vuestro corazón de acero
muestre su esfuerzo famoso
en este trago;
y pues de vida y salud
hiciste tan poca cuenta
por la fama;
esfuércese la virtud
para sufrir esta afrenta
que vos llama.»
          XXXV
«Non se vos haga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de la fama glorïosa
acá dejáis.
Aunque esta vida de honor
tampoco no es eternal
ni verdadera;
mas, con todo, es muy mejor
que la otra temporal,
perecedera.»
         XXXVI
«El vivir que es perdurable
no se gana con estados
mundanales,
ni con vida deleitable
donde moran los pecados
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
y con lloros;
los caballeros famosos,
con trabajos y aflicciones
contra moros.»
          XXXVII
«Y pues vos, claro varón,
tanta sangre derramastes
de paganos,
esperad el galardón
que en este mundo ganastes
por las manos;
y con esta confianza
y con la fe tan entera
que tenéis,
partid con buena esperanza,
que esotra vida tercera
ganaréis.»
Responde el Maestre:
          XXXVIII
«No tengamos tiempo ya
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera,
es locura.»
Del Maestre a Jesús:
          XXXIX
«Tú que, por nuestra maldad,
tomaste forma servil
y bajo nombre;
Tú, que a tu divinidad
juntaste cosa tan vil
como es el hombre;
Tú, que tan grandes tormentos
sufriste sin resistencia
en tu persona,
no por mis merecimientos,
mas por tu sola clemencia
me perdona»".
          FIN
           XL
Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió
dejónos harto consuelo
su memoria.

 

 

 

Garcilaso de la Vega






 

1. Soneto X
 ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte conjuradas.
 ¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habíais de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?
 Pues en un hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llevadme junto el mal que me dejastes.
 Si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.
 

2. Soneto XXIII
 En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
 y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
 coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;
 marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
 

3. Soneto XI
 Hermosas ninfas que, en el rio metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas;
 agora estéis labrando embebecidas,
o tejiendo las telas delicadas;
agora unas con otras apartadas,
contándoos los amores y las vidas;
 dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme,
y no os detendréis mucho según ando;
 que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá de espacio consolarme.
 

4. A Dafne ya los brazos le crecían,
A Dafne ya los brazos le creían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que al oro oscurecían.
De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blandos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
 

5. Soneto
Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con suspiros;
y más me duele nunca osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;
que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo viendo atrás lo que he dejado;
si a subir pruebo en la dificil cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.
Y sobre todo fáltame la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.


 

 

 

Santa Teresa de Jesús



 

1. Nada te turbe
(Letrilla que llevaba por registro en su breviario)
 Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda,
la pacïencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta.
 

2. Vivo sin vivir en mí
 Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
 Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.
 Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
 ¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
 ¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
 Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
 Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.
 Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
 Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

 

 

 

Fray Luis de León





 

1. Al salir de la cárcel
Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa,
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso.
 

2. Vida retirada
 ¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
 Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.
 No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
 ¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?
 ¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
 Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.
 Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno abritrio está atenido.
 Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
 Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.
 Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
 Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.
 El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido.
 Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver al lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.
 La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
 A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.
 Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.
 A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.
 

3. Noche serena
 Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
 el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
la lengua dice al fin con voz doliente:
 «Morada de grandeza,
templo de claridad y de hermosura:
mi alma que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel, baja, oscura?
 «¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja ansí el sentido,
que de tu bien divino
olvidado, perdido,
sigue la vana sombra, el bien fingido?
 «El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando,
y con paso callado
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.
 «¡Ay!, despertad, mortales!
Mirad con atención en vuestro daño.
¿Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
podrán vivir de sombra y sólo engaño?
 «¡Ay!, levantad los ojos
a aquella celestial eterna esfera:
burlaréis los antojos
de aquesta lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.
 «¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con aquel gran trasunto,
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
 «Quien mira el gran concierto
de aquellos resplandores eternales,
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales,
y en proporción concorde tan iguales:
 «la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos de ella
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de Amor la sigue reluciente y bella;
 «y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benino,
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado.
 «Rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro.»
 ¿Quién es el que esto mira,
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
por romper lo que encierra
el alma, y de estos bienes la destierra?
 Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.
 Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísma luz pura
que jamás anochece:
eterna primavera aquí florece.
 ¡Oh, campos verdaderos!
¡Oh, prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡Oh, deleitosos senos!
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!
 

4. Oda a Francisco Salinas (Catedrático de Música de la Universidad de Salamanca)
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada;
a cuyo son divino
mi alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo ciego adora,
la belleza caduca, engañadora.
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es de todas la primera.
Ve cómo el gran maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
mezclan una dulcísima armonía.
Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
extraño y peregrino oye o siente.
¡Oh, desmayo dichoso!
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!
A aqueste bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos a quien amo
sobre todo tesoro;
que todo lo demás es triste lloro.
¡Oh! suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos.

 

 

 

San Juan de la Cruz




 

1. La noche oscura
(Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual).

 En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada,
(¡oh dichosa ventura!)
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
 A oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada,
(¡oh dichosa ventura!)
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
 En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.
 Aquesta me guïaba
más cierta que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
 ¡Oh noche que me guiaste!,
¡oh noche amable más que el alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!
 El mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
 El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
 Quedeme y olvideme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
 

2. Llama de amor viva
¡O llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva
acaba ya si quieres,
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
 ¡O cauterio süave!
¡O regalada llaga!
¡O mano blanda! ¡O toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.
 ¡O lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con estraños primores
color y luz dan junto a su querido!
 ¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
 

3. Cántico espiritual
 Canciones entre el alma y el esposo
Esposa:
 ¿Adónde te escondiste,
amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti, clamando, y eras ido.
 Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
 Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
(Pregunta a las Criaturas)
 ¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!
(Respuesta de las Criaturas)
 Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
Esposa:
 ¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
 Y todos cantos vagan,
de ti me van mil gracias refiriendo.
Y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué quedan balbuciendo.
 Mas ¿cómo perseveras,
oh vida, no viviendo donde vives,
y haciendo, porque mueras,
las flechas que recibes,
de lo que del amado en ti concibes?
 ¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
 Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y sólo para ti quiero tenellos.
 ¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados,
formases de repente
los ojos deseados,
que tengo en mis entrañas dibujados!
 ¡Apártalos, amado,
que voy de vuelo!
Esposo:
 Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma,
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
Esposa:
 ¡Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos;
 la noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora;
 nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado!
 A zaga de tu huella,
las jóvenes discurran al camino;
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.
 En la interior bodega
de mi amado bebí, y cuando salía,
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.
 Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.
 Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal, en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
 Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.
 De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor florecidas,
y en un cabello mío entretejidas:
 en sólo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste;
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.
 Cuando tú me mirabas,
tu gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
 No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
 Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.
 Deténte, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el amado entre las flores.
Esposo:
 Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobres los dulces brazos del amado.
 Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di al mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
 O vos, aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,
 por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.
Esposa:
 Oh ninfas de Judea,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.
 Escóndete, carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.
Esposo:
 La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado,
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.
 En soledad vivía,
y en soledad he puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.
Esposa:
 Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
 Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
 Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:
 el aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena
con llama que consume y no da pena;
 que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.
 

4. Coplas a lo divino
Tras de un amoroso lance
y no de esperanza falto
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto subía,
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en escuro se haçia;
mas por ser de amor el lance
di un ciego e escuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: "no habrá quien alcance";
y abatime tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé sólo este lance,
y en esperar no fui falto
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

 

 

 

Luis de Góngora y Argote




 

1. Mientras por competir
 Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
 mientras a cada labio, por cogello.
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello:
 goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
 no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
 

2. De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado
 Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
 Repetido latir, si no vecino,
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
 Salió el sol, y entre armiños escondida,
somnolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero:
 pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera error en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
 

3. La dulce boca
 La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no invidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
 ¡amantes! no toquéis si queréis vida:
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
 No os engañen las rosas que al Aurora
diréis que aljofaradas y olorosas
se le cayeron del purpúreo seno.
 Manzanas son de Tántalo y no rosas,
que después huyen dél que incitan ahora
y sólo del Amor queda el veneno.

 

 

 

Lope de Vega





–.

–.

 

1. Desmayarse
 Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso:
 no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:
 huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño:
 creer que el cielo en un infierno cabe;
dar la vida y el alma a un desengaño,
¡esto es amor! quien lo probó lo sabe.
 

2. Rimas humanas CXCI
 Es la mujer del hombre lo más bueno,
y locura decir que lo más malo,
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.
 Cielo a los ojos cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo,
por raro al mundo su valor señalo
por falso al hombre su rigor condeno.
 Ella nos da su sangre, ella nos cría,
no ha hecho el cielo cosa más ingrata;
es un ángel, y a veces una arpía.
 Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
y es la mujer, al fin, como sangría,
que a veces da salud y a veces mata.
 

3. ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
 ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?
 ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué estraño desvarío
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
 ¡Cuántas veces el ángel me decía:
Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!
 ¡Y cuántas, hermosura soberana:
Mañana le abriremos –respondía–,
para lo mismo responder mañana!
 

4. A Cristo crucificado.
Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú, que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados;
¿pero cómo te digo que me esperes,
si estás, para esperar, los pies clavados?
 

5. A una calavera.
Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que, mirándola, detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa que tenía
el principio de todo movimiento,
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!
Donde tan alta presunción vivía,
desprecian los gusanos aposento.
 

6. Dulce desdén
 Dulce desdén, si el daño que me haces
de la suerte que sabes te agradezco,
qué haré si un bien de tu rigor merezco,
pues sólo con el mal me satisfaces.
 No son mis esperanzas pertinaces
por quien los males de tu bien padezco
sino la gloria de saber que ofrezco
alma y amor de tu rigor capaces.
 Dame algún bien, aunque con él me prives
de padecer por ti, pues por ti muero
si a cuenta dél mis lágrimas recibes.
 Mas ¿cómo me darás el bien que espero?,
si en darme males tan escaso vives
que ¡apenas tengo cuantos males quiero!
 

7. Un soneto me manda hacer Violante,
Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
 

8. Soledades
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.
No sé qué tiene el aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo,
no puedo venir más lejos.
Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.
Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.
De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.
Él dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento;
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.
La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo
su locura en su arrogancia,
mi humildad en mi desprecio.
O sabe naturaleza
más que supo en este tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos,
«Sólo sé que no sé nada»,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.
No me precio de entendido,
de desdichado me precio;
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?
No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.
Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más,
otros por carta de menos.
Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres,
que desde entonces no ha vuelto.
En dos edades vivimos
los propios y los ajenos:
la de plata los estraños,
y la de cobre los nuestros.
[¿A quién no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?
Todos andan bien vestidos,
y quéjanse de los precios,
de medio arriba romanos,
de medio abajo romeros.
Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
en el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento;
y algunos, inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.
Virtud y filosofía
peregrinan como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.
Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento,
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.
Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.
Mirando estoy los sepulcros,
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.
¡Oh, bien haya quien los hizo!
Porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños.
Fea pintan a la envidia;
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.
Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir,
piden prestado el tintero.
Sin ser pobres ni ser ricos,
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones ni pleitos;
ni murmuraron del grande,
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo, firmaron
parabién, ni Pascuas dieron.
Con esta envidia que digo,
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.]
 

 

 

 

Anónimo

 

1. A Cristo crucificado
  No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
  ¡Tú me mueves, Señor!  Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
  Muévenme en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
  No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
 

 

 

 

Calderón de la Barca



 

1. Cuentan de un sabio
Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.
«Habrá otro», entre sí decía,
«más pobre y triste que yo?»
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.
 

2. Soliloquio de Segismundo
 (Este es el soliloquio más famoso del drama español; ocurre al final del primer acto, cuando Segismundo piensa en la vida y en su suerte.)
 Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
 Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
 Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
 

 

 

 

Francisco de Quevedo








–.

 

1. Letrilla: Don Dinero
 Poderoso caballero
es don Dinero.
 Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Nace en las Indias honrado
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado;
y pues quien le trae al lado
es hermoso aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Es galán y es como un oro;
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Son sus padres principales,
y es de noble descendiente,
porque en las venas de oriente
todas las sangres son reales;
y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Mas ¿a quién no maravilla
ver en su gloria sin tasa
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla,
y al cobarde hace guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Sus escudos de armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus escudos reales
no hay escudos de armas dobles;
y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos,
en las casas de los viejos
gatos le guardan de gatos;
y pues él rompe recatos
y ablanda al jüez más severo,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Y es tanta su majestad,
aunque son sus duelos hartos,
que con haberle hecho cuartos,
no pierde su autoridad;
pero, pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que a las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y pues hace las bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 Más valen en cualquier tierra
mirad si es harto sagaz,
sus escudos en la paz,
que rodelas en la guerra;
y pues al pobre le entierra
y hace propio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.
 

2. A una nariz
 Erase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.
 Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.
 Erase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.
 Erase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.
 

3. Amor constante más allá de la muerte
 Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
 mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
 Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:
 su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
 

4. Miré los muros
 Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
 Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
 Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
 Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
 

5. Conoce la diligencia con que se acerca la muerte
 Ya formidable y espantoso suena
dentro del corazón el postrer día,
y la última hora negra y fría
se acerca de temor y sombras llena.
 Si agradable descanso, paz serena
la muerte en forma de dolor envía,
señas da su desdén de cortesía:
más tiene de caricia que de pena.
 ¿Qué pretende el temor desacordado
de la que a rescatar piadosa viene
espíritu en miserias anudado?
 Llegue rogada, pues mi bien previene
hálleme agradecido, no asustado:
mi vida acabe y mi vivir ordene.
 

6. “¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?”
Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió.
"¡Ah de la vida!"... ¿Nadie me responde?
Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las horas mi locura las esconde.
Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
 

7. “Fue sueño ayer; mañana será tierra”
Signifícase la propia brevedad de la vida, sin pensar, y con padecer, salteada de la muerte.
¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!
¡Poco antes, nada; y poco después, humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!
Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo;
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo que me entierra.
Ya no es ayer; mañana no ha llegado;
hoy pasa, y es, y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.
Azadas son la hora y el momento
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir mi monumento.
 

8. Al mosquito de la trompetilla.
Ministril de las ronchas y picadas,
mosquito postillón, mosca barbero,
hecho me tienes el testuz harnero
y deshecha la cara a manotadas.
Trompetilla que toca a bofetadas,
que vienes con rejón contra mi cuero,
Cupido pulga, chinche trompetero,
que vuelas comezones amoladas,
¿por qué me avisas si picarme quieres?
Que pues que das dolor a los que cantas
de casta y condición de potras eres.
Tú vuelas, y tú picas, y tú espantas,
y aprendes del cuidado y las mujeres
a malquistar el sueño con las mantas.
 

 

 

 

Tomás de Iriarte

-

 

1. La ignorancia es atrevida
Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los muchachos en Francia
supieran hablar francés.
"Arte diabólica es
-dijo torciendo el mostacho-,
pues para hablar en gabacho
un hidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal
y aquí lo parla un muchacho".

 

 

 

 

José de Espronceda



 

1. Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
 La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Stambul:
 «Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
 Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
 Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
 
 Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
 Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
 Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

 A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
 En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
 Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
 ¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
 Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
 Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

 Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
 Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
 Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.»
 

2. Canto a Teresa
  ¿Por qué volvéis a la memoria mía,
Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido?
¡Ay! que de aquellas horas de alegría,
Le quedó al corazón sólo un gemido
Y el llanto que al dolor los ojos niegan,
¡Lágrimas son de hiel que el alma anegan!
  ¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes de oro bullidoras,
Sus alas de carmín y nieve pura,
Al sol de mi esperanza desplegado,
Pasaban ¡ay! a mi alrededor cantando.
  Gorjeaban los dulces ruiseñores,
El sol iluminaba mi alegría,
El aura susurraba entre las flores,
El bosque mansamente respondía,
Las fuentes murmuraban sus amores.
¡Ilusiones que llora el alma mía!,
¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
El bullicio del mundo y su ruïdo! [...]
  Los años ¡ay! de la ilusión pasaron
Las dulces esperanzas que trajeron
Con sus blancos ensueños se llevaron,
Y el porvenir de oscuridad vistieron.
Las rosas del amor se marchitaron,
Las flores en abrojos convirtieron,
Y de afán tanto y tan soñada gloria,
Sólo quedó una tumba, una memoria.
 

 

 

 

Gustavo Adolfo Bécquer




–,
–,







 

1. ¿Qué es poesía?
¿Qué es poesía? –dices mientras clavas
 en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
 Poesía... eres tú.
 

2. Volverán las oscuras golondrinas
 Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y, otra vez, con el ala a sus cristales
 jugando llamarán;
pero aquéllas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
 ésas... ¡no volverán!
 Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
 sus flores se abrirán;
pero aquéllas, cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
 ésas... ¡no volverán!
 Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
 tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
 ¡así no te querrán!
 

3. ¡Los suspiros son aire y van al aire!
¡Los suspiros son aire y van al aire!
¡Las lágrimas son agua y van al mar!
Dime, mujer: cuando el amor se olvida,
¿sabes tú a dónde va?
 

4. Del salón en el ángulo oscuro,
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!
 

5. Por una mirada, un mundo,
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso..., yo no sé
qué te diera por un beso.
 

6. Yo soy ardiente, yo soy morena,
– Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
– No es a ti; no.
– Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
– No; no es a ti.
– Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
No puedo amarte.
– ¡Oh, ven; ven tú!
 

7. Al brillar un relámpago nacemos
Al brillar un relámpago nacemos
y aún dura su fulgor cuando morimos;
tan corto es el vivir.
La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
despertar es morir.
 

8. Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado....
¡hoy creo en Dios!
 

9. No digáis que agotado su tesoro,
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la humana ciencia no descubra
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a do camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
 

10. Porque son, niña, tus ojos
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el iris lo ostenta.
Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera
y las ondas del océano
y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
Que parecen tus pupilas,
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta
que en el estío convida
a apagar la sed con ella.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
Que, entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
quizás si negros o azules
se tornasen lo sintieras.
 

11. Yo me he asomado a las profundas simas
Yo me he asomado a las profundas simas
de la tierra y del cielo,
y les he visto el fin o con los ojos
o con el pensamiento.
Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo
y me incliné un momento,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era  y tan negro!
 

12. Por una mirada, un mundo
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso..., yo no sé
qué te diera por un beso.

 

 

 

 

Rosalía de Castro

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1. Dicen que no hablan las plantas...
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
De mí murmuran y exclaman:
                —Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de la vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
(
Poema en octonarios (8+8) en el que la autora expresa sus añorantes anhelos de belleza, de juventud, de paz y de dicha, frenados por el presentimiento de la muerte.)

 

2. Negra sombra (gallego)

Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.
Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.
En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras

3. Negra sombra (castellano)

Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.
Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
para mí y en m misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.

4. Adiós ríos, adiós fontes (gallego)

Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...
Mais son probe e, ¡mal pecado!,
a miña terra n'é miña,
que hastra lle dan de prestado
a beira por que camiña
ó que naceu desdichado.
Téñovos, pois, que deixar,
hortiña que tanto amei,
fogueiriña do meu lar,
arboriños que prantei,
fontiña do cabañar.
Adios, adios, que me vou,
herbiñas do camposanto,
donde meu pai se enterrou,
herbiñas que biquei tanto,
terriña que nos criou.
Adios Virxe da Asunción,
branca como un serafín;
lévovos no corazón:
Pedídelle a Dios por min,
miña Virxe da Asunción.
Xa se oien lonxe, moi lonxe,
as campanas do Pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño,
nunca máis han de tocar.
Xa se oien lonxe, máis lonxe
Cada balada é un dolor;
voume soio, sin arrimo...
¡Miña terra, ¡adios!, ¡adios!
¡Adios tamén, queridiña!...
¡Adios por sempre quizais!...
Dígoche este adios chorando
desde a beiriña do mar.
Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás...
tantas légoas mar adentro...
¡Miña casiña!,¡meu lar!

5. Adiós ríos, adiós fontes (castellano)

Adiós, ríos; adiós, fuentes.
adiós, riachos pequeños;
adiós, vista de mis ojos;
no sé cuando nos veremos.
Mi tierra, mi tierra,
tierra donde yo me crié,
huertita que quiero tanto,
higueritas que planté,
prados, ríos, arboledas,
pinares que mueve el viento,
pajaritos piadores,
casita de mi contento,
molino de los castañares,
noches claras de luz de luna,
campanitas timbradoras,
de la iglesita del lugar,
zarzamoras de los zarzales
a las que le daba mi amor,
caminitos entre el maíz,
¡adiós, para siempre adiós!
¡Adiós gloria! ¡Adiós contento!
¡Dejo la casa donde nací,
dejo la aldea que conozco
por un mundo que no vi!
¡Dejo amigos por extraños,
dejo la vega por el mar,
dejo, en fin, cuanto quiero bien…
¡Quien pudiera no dejar!…
Mas soy pobre y, ¡mal pecado!
mi tierra no es mía,
que hasta le dan de prestado
la orilla por que camina
al que nació desdichado.
Os tengo, pues, que dejar,
huertita que tanto amé,
hoguerita de mi lar,
arbolitos que planté,
fuentecita del cabañar.
Adiós, adiós, que me voy,
hierbecitas del camposanto,
donde mi padre se enterró,
hierbecitas que besé tanto,
tierrecita que nos crió.
Adiós Virgen de la Asunción,
blanca como un serafín,
os llevo en el corazón:
Pedidle a Dios por mí,
mi Virgen de la Asunción.
Ya se oyen lejos, muy lejos,
las campañas del Pomar,
para mí, ¡ay! desventurado,
nunca más han de tocar.
Ya se oyen lejos, más lejos
Cada campanada es un dolor;
Me voy solo, sin amparo…
¡Mi tierra, ¡adiós! ¡adiós!
¡Adiós también, queridita!…
¡Adiós  por siempre quizás!…
Te digo este adiós llorando
desde la orillita del mar.
No me olvides, queridita,
si muero de saudade…
tantas leguas mar adentro…
¡Mi casita! ¡mi hogar!

 

 

 

 

Pablo Neruda

-
 

Poema 20
Puedo escribir los versos más tristes esta noche
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
 

 

 

 

Pedro Salinas





 

“La voz a ti debida”
1. Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.
 

2. Como me vas a explicar,
di, la dicha de esta tarde,
si no sabemos por que
fue, ni como, ni de que
ha sido,
si es pura dicha de nada?
En nuestros ojos visiones,
visiones y no miradas,
no percibían tamaños,
datos, colores, distancias.
Palabras sueltas, palabras,
deleite en incoherencias,
no eran ya signo de cosas,
eran voces puras, voces
de su servir olvidadas.
!Como vagaron sin rumbo,
y sin torpeza, caricias!
Largos goces iniciados,
caricias no terminadas,
como si aun no se supiera
en qué lugar de los cuerpos
el acariciar se acaba,
y anduviéramos buscándolo,
en lento encanto, sin ansia.
Las manos, no eran tocar
lo que hacían en nosotros,
era descubrir; los tactos,
nuestros cuerpos inventaban,
allí en plena luz, tan claros
como en plena niebla,
en donde solo ellos pueden
ver los cuerpos,
con las ardorosas palmas.
Y de esas nadas se ha ido
 fabricando, indestructible,
nuestra dicha, nuestro amor,
nuestra tarde.
Por eso aunque no fue nada,
se que esta noche reclinas
lo mismo que una mejilla
sobre ese blandor de plumas
–almohada que ha sido alas-
tu ser, tu memoria, todo,
y que todo descansa,
sobre una tarde de dos,
que no es nada, nada, nada.
 

3. ¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».
 

4. Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!
Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».
 

 

 

 

Gerardo Diego




 

1. “Brindis”
A mis amigos de Santander que festejaron
mi nombramiento profesional.
Debiera hora deciros: —«Amigos,
muchas gracias», y sentarme, pero sin ripios.
Permitidme que os lo diga en tono lírico,
en verso, sí, pero libre y de capricho.
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo
y frío,
y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y de Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
                           amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo,
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu,
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo,
y por que siga su camino
intacto y limpio,
y porque este mi discípulo,
que inmortalice mi nombre y mi apellido,
... sea el hijo,
el hijo
de uno de vosotros, amigos.
 

2. Romance del Duero
Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja;
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.
Indiferente o cobarde,
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.
Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.
Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,
sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.
 

3. El ciprés de Silos
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi, señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
 

 

 

 

Miguel Hernández


 

Elegía a Ramón Sijé
1
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
2
Alimentando lluvias, caracoles
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas
3
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
4
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
5
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
6
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
7
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
8
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
9
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta dé catástrofes y hambrienta.
10
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
11
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
12
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por, los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
13
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
14
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
15
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
16
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma; compañero.
 

 

 

 

Rafael Alberti





 

1. El mar, la mar
El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?
 

2. Si mi voz muriera en tierra
  Si mi voz muriera en tierra
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.
  Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.
  ¡Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla
y sobre el ancla una estrella
y sobre la estrella el viento
y sobre el viento la vela!
 

3. Se equivocó la paloma
Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.
Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.
Que las estrellas, rocío;
que la calor; la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.
(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)
 

4. Elegía
 La niña rosa, sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
abierto, un atlas.
¡Cómo la miraba yo
viajar, desde mi balcón!
Su dedo –blanco velero–,
desde las islas Canarias
iba a morir al mar Negro.
¡Cómo la miraba yo
morir, desde mi balcón!
La niña –rosa sentada–.
Sobre su falda,
como una flor,
cerrado, un atlas.
Por el mar de la tarde
van las nubes llorando
rojas islas de sangre
 

 

 

 

Antonio Machado

–.



 

1. A un olmo seco
 Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.
 ¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
 No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
 Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
 Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
 

2. Retrato
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
 

3. Yo voy soñando caminos
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está—.
En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino se serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada.
 

4. Caminantes, son tus huellas
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
 

 

 

 

Federico García Lorca



 

1. Romance sonámbulo
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
Pero ¿quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
sonando en la mar amarga.
– Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montaña por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
– Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo
ni mi casa es ya mi casa.
– Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
– Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
– Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
– ¡Compadre! ¿Dónde está, dime,
dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!.
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
 

2. Romance de la luna, luna
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
-Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
 
– Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
– Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
– Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
 

 

 

 

Juan Ramón Jiménez






 

1.El viaje definitivo
(Poemas agrestes, libro de su primera época)
  ... Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
   Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
   Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico...
   Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
 

2. La carbonerilla quemada
(de Historias para niños sin corazón, 1909–12)
   En la siesta de julio, ascua violenta y ciega,
prendió el horno las ropas de la niña. La arena
quemaba cual con fiebre; dolían las cigarras;
el cielo era igual que de plata calcinada.
  ...Con la tarde, volvió –¡anda, potro!– la madre.
El pinar se reía. El cielo era de esmalte
violeta. La brisa renovaba la vida...
   La niña, rosa y negra, moría en carne viva.
Todo le lastimaba. El roce de los besos,
el roce de los ojos, el aire alegre y bello:
–“Mare, me jeché arena zobre la quemaúra. 
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca
ejtuvo ejto tan zolo!  Laj yama me comían,
mare, yo te yamaba, y tú nunca benía!”
   Por el camino –¡largo!–, sobre el potrillo rojo,
murió la niña. Abiertos, espantados, sus ojos
eran como raíces secas de las estrellas.
La brisa jugueteaba, ensombrecida y fresca.
Corría el agua por el lado del camino.
Ondulaba la yerba. Trotaban los pollinos,
oyendo ya los gritos de los niños del pueblo...
   Dios estaba bañándose en su azul de luceros.
 

3. El mar lejano
(de Baladas de la primavera)
   La fuente trueca su cantata.
Se mueven todos los caminos...
¡Mar de la aurora, mar de plata,
qué nuevo estás entre los pinos!
   Viento del sur ¿vienes sonoro
de granas? Ciegan los caminos...
¡Mar de la siesta, mar de oro,
qué loco estás sobre los pinos!
   Dice el verdón no sé qué cosa.
Mi alma se va por los caminos...
¡Mar de la tarde, mar de rosa,
qué dulce estás bajo los pinos!
 

4. Poesía pura
(Poema 5, Eternidades)
   Vino, primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
   Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
   Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros...
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!
  ... Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
   Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
   Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda...
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!
 

5. (Poema 3 de Eternidades)
   ¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
... Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas...
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

 

 

 

 

Rubén Darío



 

1. Sonatina
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está  mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa  de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!
—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».
 

2. A Margarita Debayle
Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: —«¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
—«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: —«¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: —«No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
—«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: —«En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
 

 

 

 

León Felipe


 

1. ¡Qué lástima!
                                     Al poeta Alberto López Arguello,
                                     tan amigo, tan buen amigo
                                     siempre, baje o suba la rueda.

 ¡Qué lástima!
 que yo no pueda cantar a la usanza
 de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
 
 ¡Qué lástima
 que yo no pueda entonar con una voz engolada
 esas brillantes romanzas
 a las glorias de la patria!
 ¡Qué lástima
 que yo no tenga una patria!
 Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
 desde una tierra a otra tierra, desde una raza
 a otra raza,
 como pasan
 esas tormentas de estío desde ésta a aquella comarca.
 
 ¡Qué lástima
 que yo no tenga comarca,
 patria chica, tierra provinciana!
 Debí nacer en la entraña
 en la estepa castellana
 
 Y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada:
 Pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
 Y mi juventud, una juventud sombría, en la montaña.
 
 Después... ya no he vuelto a echar el ancla
 y ninguna de estas tierras me levanta
 ni me exalta
 para poder cantar siempre en la misma tonada
 al mismo río que pasa
 rodando las mismas aguas,
 al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
 
 ¡Qué lástima
 que yo no tenga una casa!
 Una casa solariega y blasonada,
 una casa
 en que guardara,
 a más de otras cosas raras,
 un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
 y el retrato de un mi abuelo que ganara
 una batalla.
 ¡Qué lástima
 que yo no tenga un abuelo que ganara
 una batalla,
 retratado con una mano cruzada
 en el pecho, y la otra mano en el puño de la espada!
 Y, ¡qué lástima
 que yo no tenga siquiera una espada!
 
 Porque.... ¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
 ni una tierra provinciana,
 ni una casa
 solariega y blasonada,
 ni el retrato de un mi abuelo que ganara
 una batalla,
 ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
 
 ¡Qué voy a cantar si soy un paria
 que apenas tiene una capa!
 
 Sin embargo... en esta tierra de España
 y en un pueblo de la Alcarria
 hay una casa
 en la que estoy de posada
 y donde tengo, prestadas,
 una mesa de pino y una silla de paja.
 Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
 en una sala
 muy amplia
 y muy blanca
 que está en la parte más baja
 y más fresca de la casa.
 Tiene una luz muy clara
 esta sala
 tan amplia
 y tan blanca...
 
 Una luz muy clara
 que entra por una ventana
 que da a una calle muy ancha.
 Y a la luz de esta ventana
 vengo todas las mañanas.
 Aquí me siento sobre mi silla de paja
 y venzo las horas largas
 leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
 la gente al través de la ventana.
 Cosas de poca importancia
 parecen un libro y el cristal de una ventana
 en un pueblo de la Alcarria,
 y, sin embargo, le basta
 para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
 
 Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
 cuando pasan
 ese pastor que va detrás de las cabras
 con una enorme cayada,
 esa mujer agobiada
 con una carga
 de leña en la espalda,
 esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias de Pastrana,
 y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
 ¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
 siempre y se queda a los cristales pegada
 como si fuera una estampa.
 ¡Qué gracia
 tiene su cara
 en el cristal aplastada
 con la barbilla sumida y la naricilla chata!
 Yo me río mucho mirándola
 y la digo que es una niña muy guapa...
 Ella entonces me llama
 ¡tonto!, y se marcha.
 ¡Pobre niña! Ya no pasa
 por esta calle tan ancha
 caminando hacia la escuela de mala gana,
 ni se para
 en mi ventana,
 ni se queda a los cristales pegada
 como si fuera una estampa.
 Que un día se puso mala,
 muy mala,
 y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.
 
 Y en una tarde muy clara,
 por esta calle tan ancha,
 al través de la ventana,
 vi cómo se la llevaban
 en una caja muy blanca...
 En una caja muy blanca
 que tenía un cristalito en la tapa.
 Por aquel cristal se la veía la cara
 lo mismo que cuando estaba
 pegadita al cristal de mi ventana...
 Al cristal de esta ventana
 que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
 tan blanca.
 Todo el ritmo de la vida pasa
 por este cristal de mi ventana...
 ¡Y la muerte también pasa!
 
 ¡Qué lástima
 que no pudiendo cantar otras hazañas,
 porque no tengo una patria,
 ni una tierra provinciana,
 ni una casa
 solariega y blasonada,
 ni el retrato de un mi abuelo que ganara
 una batalla,
 ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada,
 y soy un paria
 que apenas tiene una capa...
 venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

 

 

 

 

Miguel D'Ors

-
-
-
-
- (Santiago)
-
-
-
-
-
-
-
  (La larga marcha hacia ninguna parte)
-

 

Es una cosa extraña

Es una cosa extraña ser poeta,

es una cosa extraña sentir la propia vida

llena de muchedumbres,

escuchar en el propio canto todos los cantos

y cotidianamente

morir un poco en todo lo que muere.

 

Es una cosa extraña ser poeta;

es sorprender al niño en los ojos del viejo,

es oír los clamores del bosque en la semilla,

adivinar que hay una primavera dormida

bajo cada nevada,

partir el pan y ver los segadores.

 

Es una cosa extraña: ser poeta

es convertirse en tierra para entender la lluvia,

es convertirse en hoja para saber de otoños,

es convertirse en muerto para aprender la ausencia.

20-I-72

 

Es doloroso estar tras el poema...

Es doloroso estar tras el poema,

viendo el verso por dentro,

estar en el reverso del prodigio

igual que el tejedor al otro lado

de su tapiz o como el farero en su torre

o el hombre del guiñol entre sus hilos.

 

Es doloroso sostener la magia

justo por lo que tiene

de mecanismo y de monotonía

y no poder estar entre esas gentes

cuyo rumor me llega como a través de un muro.

7-II-74

 

Por una muerte

Uno se muere así, cuando tenía

un cigarro en la mano (que aparece

humeando, después, sobre el asfalto),

cuando había una letra pendiente, un libro abierto,

un cuento a medias (que los niños nunca

sabrán cómo termina);

uno se muere así, de golpe, abandonando

su ropa en el armario y sus asuntos

y su reloj parado en una hora

—la de la muerte en punto— (o sin pararse

y entonces es más triste todavía

porque lo ves seguir, infiel al amo),

y a lo mejor aún llega alguna carta

con las señas del muerto

y hace llorar de puro no saber...

 

Después de morir uno, mientras uno

está muriendo, se abre

una ferretería, pintan una fachada

y el muerto ya es ajeno, y todo nos lo aleja.

 

Las yerbas del olvido

empiezan a crecer sobre su tumba.

20-III-74

 

Las tres cantigas

"Reina de los cielos, madre del pan de trigo".

(Gonzalo de Berceo, Milagros de Ntra Señora, 659 a.).

 

      I

Qué música tus manos, fina corza

del mayo más intacto, qué gesto de azucena,

qué iluminada crece la hierba donde pisas.

 

Eres la tesorera del silencio,

el sauce que se inclina a toda pena;

eres la que se queda fuera de las palabras;

sólo un nombre ojival puede nombrarte:

madre del pan de trigo, sí. La sombra

de una sonrisa tuya iguala a mil cerezos,

y es que hasta tu sandalia nazarena,

alondra cristalina, arpa de lágrimas.

 

Vienen del siglo XIII los mejores

ruiseñores y minian tu aleluya.

 

También aquí mi boca con sus costras,

mi voz, acostumbrada a hurgar entre basuras

con hambres vergonzosas,

intenta un vuelo azul y esta ramera rancia

también te dice Salve.

15/16-V-75

 

       II

Afuera las cuadrigas, los edictos de mármol,

los corros de reojo, los vivas insurrectos,

pero dentro la cal resplandeciente, el agua

justa en el cantarillo, la alacena sumisa

y un silencio mejor que el de los astros.

 

Afuera las palabras profundas, el progreso

sin duda, los debates en torno a los debates

y la filología con ropas de virtud,

pero dentro la escoba barriendo unas virutas,

la sonrisa volando sobre el puchero alegre,

la lámpara y su aceite precavido

y un silencio mejor que el de los astros.

 

Afuera los denarios, la nueva danzarina,

el circo clamoroso y los esclavos,

pero dentro el geranio risueño en su maceta,

el pan y el vino sobre la mesa, las honradas

herramientas, los lienzos en el arca

con membrillos bien sanos

y un silencio mejor que el de los astros.

 

Afuera las posadas, su tráfico políglota,

la púrpura y el crimen, los remotos

camellos y las jarcias afanosas;

afuera el mundo entero, pero dentro

una niña con gesto de tórtola asustada

que deja su costura de novia,

                                    que sonríe,

que dice inmensamente: Hágase en mí según

tus palabras y vuelve a su silencio,

mejor, mejor, mejor que el de los astros.

16-V-75

 

       III

Eres madre del pan, eres un cuenco

de leche hospitalaria, bien caliente;

eres humildemente la cerilla

que alumbra un apagón

                          de cuatro siglos;

eres la venda justa, eres paisana

de todo lo que amo.

La caricia

candeal de tus manos disuade cada lágrima

que congelada baja pecho adentro.

 

No me niegues a mí tu voz, la chimenea

de todos los viajeros del invierno.

16-V-75

"El que houiere sseso responda e diga amen"

(Libro de Apolunio, explicit)

 

Ciudad en mí

(Santiago)

«Ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo.»

(Rosalía de Castro, En las orillas del Sar, «Santa Escolástica», III, 1).

 

Yo no pude elegir: abrí los ojos

y la vida era lluvia y noche y piedra, y sólo

el húmedo reflejo de un farol gemebundo;

yo no tuve la culpa si invadieron mis sueños

las campanadas grises, el musgo, los paraguas

litúrgicos, aquellas nubes pétreas;

yo no tengo la culpa si esa melancolía

fue mi patria nativa, la costumbre

de mis años silvestres; y tampoco si ahora

llevo conmigo, dentro, aquella lluvia y lluvia

y lluvia que ponía

—...martes, miércoles, jueves...— pensativas

las piedras de Santiago.

28-XI-75

 

Se está apagando el fuego

Sólo cerrar los ojos y allí estaban

la “Kon-Tiki”, los sioux, Mowgli, Hillary y Tensing,

sequoias y pirañas... y era como estar lleno

de un verano de potros y acampadas y playas,

como llevar por dentro siempre las vacaciones,

y siempre con buen tiempo y campeonatos.

 

No sé qué sucedió: todo se fue nublando,

y yo también estaba más turbio y más silencioso,

más preso entre mi nombre y mis semanas,

y todo tan invierno y tan Pamplona,

y los libros, y el aire, todo gris, todo como

con un olor a gato o seminario.

 

En mí está apagando el fuego. Cualquier día

me moriré de asfalto y de bibliografía.

21/22-XII-77

 

Cerca del fuego

A mí dejadme así, cerca del fuego.

Yo sólo quiero que mi vida sea

como un pueblo humeando pensativo

—la nieve en los tejados—

con su mañana llena de balidos

y del olor caliente de la panadería.

 

Yo no quiero excelencias, ni mármoles, ni cifras.

Los libros no me sirven

si no me dejan contemplar la hierba.

Con esto me conformo, con el don de los días,

con los tenues manzanos florecidos,

con una voz sencilla que me diga

cerca del fuego cosas verdaderas.

14-XII-78

 

The end

Se acabó la película, muchacho. Esto es la vida.

Ya estás frente al azote feroz de la intemperie,

ya estás casado y calvo, ya saliste de aquellos

años—technicolor. Eso es la vida. Inútil

que te cuentes mentiras:

no sonará, borrosa, una trompeta

aliada. No llegará John Wayne

con el Séptimo de Caballería.

11-II-81

 

Donde el poeta se despide definitivamente del cotarro

A él

Adiós, adiós revistas, premios, antologías,

fulgores de El País y el Segundo Canal,

adiós generación del 70, divino

tesoro, te he perdido para nunca jamás.

 

Para ser comunista me falta la langosta

(que no es poco faltar)

y, como don Antonio, tampoco soy un ave

de ésas (menudos pájaros) del nuevo gay trinar,

y no versificando ni a la izquierda

ni debajo de nadie, ustedes me dirán.

 

Adiós entonces, fama, adiós obras completas,

adiós escalinatas hacia Carlos Barral,

adiós muchachos, nunca compañeros

de mi vida (a Dios gracias –y gracias además

a los sabios consejos sobre las compañías

que me dio mi papá–).

 

Pero todos felices: la Poesía

y yo tendremos más intimidad,

y vosotros qué gozo: en la carpeta

de Félix Grande un poco menos de original

y un poco más de alfalfa en los amenos prados

del Parnaso local.

5-IX-82

 

Raro asunto

Raro asunto la vida: yo que pude

nacer en 1529,

o en Pittsburg o archiduque, yo que pude

ser Chesterton o un bonzo, haber nacido

gallego y d’Ors y todas estas cosas.

Raro asunto

que entre la muchedumbre de los siglos,

que existiendo la China innumerable,

y Bosnia, y las cruzadas, y los incas,

fuese a tocarme a mí precisamente

este trabajo amargo de ser yo.

13-I-83

 

Alalá

Verás de nuevo el valle melodioso

rezumando verdores,

y el antiguo espesor de los carballos;

verás las humaredas familiares

subiendo como un rezo hacia la cúpula

azul del mediodía,

y de nuevo las tardes de campanadas líquidas

y dóciles mugidos, y el perfume

universal del heno ocupando las noches...

Verás de nuevo aquel

paisaje cristalino que es tu infancia.

 

Pero sólo si vuelves –piedras ruinosas, negra

ceniza despoblada–, pero sólo si vuelves

con los ojos cerrados.

15/16-V-83

 

 

Lecciones de Historia

(La larga marcha hacia ninguna parte)

 

 “Tacete unquanco, pallide viole,

e liquidi cristalli e fate senelle:

ei dice cose, voi dite parole”.

(Francesco Berni)

 

“Una obra de arte que no tenga valor artístico

carecerá de fuerza”.

(Mao- Tse- Tung)

 

INCIPIT LIBER

 

En el nombre de Dios -ojo: no del Gran Todo,

no del Gran Manitú ni el Punto Omega

ni del dios (Dios me libre) deseado

y deseante de ciertos camarotes de seda-,

en el nombre del Padre que fizo toda cosa,

en el nombre del solo

Dios verdadero, el Dios de los profetas

hirsutos y los vastos patriarcas,

el de Inés y Cecilia,

sexo débil más fuerte que todas las legiones,

el Dios que sostenía la sonrisa

de Tomás Moro bajo el hacha negra,

el Dios de Louis Pasteur, el de Gaudí, de Chesterton,

de los analfabetos como yo,

el Dios de las amebas, de los Tronos

y las Dominaciones,

del simún y el Museo Británico, comienzo

esta declaración, esta memoria

del desolado tiempo que he vivido.

 

Que Él ponga en mis palabras una chispa de

Su innombrable fuerza.

 

5-X-81

 

I

La segunda mitad del siglo XX

era más pertinaz que una sequía

de los años 40.

 

Tenían -¿cómo no!- las Cinco Vías

de Tomás, el inmenso aventurero,

tenían los ocasos de Granada, el acorde

de octubre en los hayedos de Zuriza,

tenían a Audrey Hepburn (y a Raquel Welch), tenían

el Cervino, Florencia,

la Sexta Sinfonía de Beethoven,

el cielo azul -que es cielo y es azul-,

el silencioso grito de un minuto cualquiera

de la Madre Teresa de Calcuta...

 

Tropezaban con Dios en cada cosa:

un niño: Dios; una gaviota: Dios;

una mujer que dice -yo también-:

Dios; un buen verso: Dios. Pero eran ciegos,

sordos, inexplicables,

y negaron a Dios como quien niega

el mar o las manzanas.

7-X-81

 

II

La segunda mitad del siglo XX

no tuvo Dios ni dioses, ni siquiera

un poste de colores como Caballo Loco,

que ser menos salvaje que hombre blanco.

 

Y vino lo que vino:

si Dios no existe, el hombre es un fosfato

(un fosfato que vota, miren qué delicado).

 

Si Dios no existe -déjense de bromas-

­no existen argumentos contra el horno

crematorio, el Gulag, la clínica asesina,

la bomba de neutrones, las Brigadas

Rojas, los Mao-Tse-Tung...

Si Dios no existe ¿quién me dice a mí

que no me cague en todos los restantes fosfatos?

Si Dios no existe, sálvese quien pueda.

Si Dios no existe, el Mandamiento Nuevo

es “jodeos los unos a los otros”.

 

Considerad, hermanos, con qué fidelidad

lo cumplió la segunda mitad del siglo XX.

6-X-81

 

III

La segunda mitad del siglo XX

la humanidad del hombre dimitió.

 

¿Para qué molestarse en decir no

con la palabra no? Mejor con metralleta,

John Kennedy, mejor con rifle, con pistola,

con granada de mano.

¿Por qué esperar al punto

final para acabar la discrepancia,

Bob Kennedy, pudiendo terminarla

con un tiro?

 

¿Por qué pedir justicia

con razones, pudiendo, Martin Luther,

pedirla con un kilo

de Goma-2?

 

¿Por qué perder el tiempo

en ser humanos, Aldo Moro, José María

Ryan, Manuel Expósito, almirante Carrero,

Anwar El Sadat, por qué, muertos y muertas

cuyos nombres se mezclan y confunden

en el olvido igual que las mandíbulas,

los zapatos, los trozos de chatarra, los dedos

en el súbito asfalto ensangrentado,

por qué perder el tiempo en ser humanos

pudiendo ser un cóctel Molotov,

un Cetme, una PO-3, un artilugio?

10-X-81

 

IV

La segunda mitad del siglo XX

llevó la compasión a un grado alejandrino.

 

Para ayudar al viejo de lentos sufrimientos,

nada tan tierno como asesinarlo.

 

Para que no haya niños de mirada famélica,

eliminar los niños.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX

el crimen fue la forma más sublime

de la filantropía.

4-X-81

 

V

La segunda mitad del siglo XX

proclamó la bandera de la paz y la vida:

la vida de Mick Jagger,

la vida de Alí Agca, la de Charles

Manson, la de Bokassa,

la de José Rodríguez, son sagradas;

la vida de las focas y la de las sequoias

y hasta la vida de los vietnamitas

son sagradas, etcétera...

Muy bien, señores,

pero mientras el Universo se llenaba

de palomitas rosas, mientras todos ustedes

hacían el amor y no la guerra,

en cada útero un Auschwitz, un Dachau, un Stalin,

un Führer, un Vietnam, un Paracuellos,

un negro y fiero y ciego bombardeo.

Todo legal, no sufra, todo a cargo

de la Seguridad Social, naturalmente.

 

Cinco, veinte, sesenta millones, ochocientos

millones de personas -Dios lleva cuenta exacta-

­asfixiadas, quemadas, trituradas

(con absoluta higiene y música ambiental

para que nadie diga).

Yo he escuchado sus llantos diminutos,

he visto sus milímetros de espanto,

sus deditos de leche desvalida

moviéndose en el cubo funerario.

 

Yo levanto estos versos como un volcán de rabia

y grito a las estrellas

que el mayor genocidio de este planeta fue

la segunda mitad del siglo XX.

9-XI-81

 

VI

La segunda mitad del siglo XX

fue una escena de cama

de dimensiones cósmicas.

 

El Arte fue la cópula,

la Cultura la cópula,

la Diversión la cópula

y la Revolución también la cópula.

 

Allí todo fue copula-copulae... Todo menos

la cópula, que fue

durante la segunda mitad del siglo XX

sodomita, enfundada, interrupta, egocéntrica,

auricular, estéril, solitaria,

informática, teledirigida,

only for women, multitudinaria,

etcétera, etcétera, etcétera...

De todas las maneras

inferior a los perros.

4-X-81

 

VII

La segunda mitad del siglo XX

se propuso llegar al Paraíso

ahorrándose el viaje.

 

Ser Agustín sin recorrer de bruces

todo el dolor que media

entre el robo de peras y la visión beatífica;

ser Francisco de Asís sin merecerlo

por el hambre y el no y el parecido

con los lirios del campo;

ser -ay- Juan de la Cruz sin noche oscura

ni cadenas voraces ni dolencia de amor;

ser María Goretti, pero llegando a un trato.

Ver a Dios sin limpiarse el corazón.

 

Para volar tan alto,

tan alto, les vendieron un atajo:

pastillas, sobrecillos, jeringuillas,

perfectos sucedáneos -pensaban- de la ascética.

Ascética sintética.

 

Una fumata, tío, y el éxtasis. Un sorbo

de este rollo y las ínsulas extrañas.

Un pinchacillo aquí y escuchas en diez pistas

el hosanna de oro de los coros angélicos.

 

Lo malo es que el atajo era mentira.

Lo malo es que aquel cielo era mentira.

Lo malo es que la puerta que Ferlinghetti & Dylan,

Limited (very limited) cantaban

los condujo -mentira, “Lasciate ogni speranza”-

­al Horror infinito.

8-X-81

 

VIII

La segunda mitad del siglo XX

fue amiga de los ríos y los quebrantahuesos,

de la ballena azul y los otoños,

de la gentiana Clusii y el Yosemite Valley.

 

Muy bien. Me apunto a todos esos bosques,

a las corrientes aguas

puras, al Aconcagua, a las aves ligeras;

me apunto a todo locus más o menos amoenus;

al lupus homini horno, si esto le hace feliz.

 

A lo que no me apunto es a después

de tanta historia con Mamá Natura

asesinar 1.000 niños ustedes ya me entienden.

 

A lo que no me apunto es a morir,

igual que Jimi Hendrix,

con catorce pinchazos diz que de paraíso

debajo de la lengua.

A lo que no me apunto ni borracho

es a clamar por la Naturaleza

con un dispositivo en la vagina,

una funda de plástico ya saben,

un kilo de pastillas en el alma

y millones de hermanos que no llegan

a especie protegida.

7-X-81

 

IX

La segunda mitad del siglo XX

dijo que la Verdad no era verdad,

que cada cual con su opinión, y todos

a ser homini lupus en paz y compañía.

 

No es verdad que hoy es martes,

no es verdad esta lluvia, no es verdad Paraguay

ni mi bigote ni sus estornudas

ni dos y dos son cuatro: todo son opiniones.

Usted hoy se ha comido un plato de opiniones

-perdón, una opinión

de opiniones (tampoco voy a imponerle el plato)-;

a usted, cuando se sienta,

le pica esa opinión que le ha salido

en toda la opinión.

 

Pero ¿qué digo usted!

Usted es solamente

una opinión. Yo soy una opinión.

Esto es sencillamente

una conversación entre opiniones.

6-X-81

 

X

La segunda mitad del siglo XX

atinó con la Llave

de la Sabiduría: un hombre, un voto.

 

El manejo es sencillo:

un drogadicto, un voto; un premio Nobel,

un voto; dos maricas, dos votos; un apóstol,

un voto; un loco, un voto; un cuerdo, un voto;

William Shakespeare, un voto; Pedro Pérez, un voto;

Santa Teresa, un voto; Charles Manson, un voto;

Platón, un voto; Claudia Cardinale,

un voto; usted, un voto.

 

Acto seguido

una rápida suma, y miren qué sencillo

fue para la segunda mitad del siglo XX

el Wahrheitserkenntnisweg.

5-X-81

 

XI

La segunda mitad del siglo XX

funcionó por razones

que la Raison jamás conocerá.

 

Pero yo sí conozco algunos casos,

freres humains qui apres nous vivez:

Andrés se hizo fascista por profundos

motivos de peinado,

Yvonne marxista porque las milongas

de los Quilapayún, Pedro bakuninista

por Margarita, Plácido católico

por, afición al órgano (en el mejor sentido),

Giambattista se hizo socialista

dicen que por la rima, Doña Pura

testigo de Jehová por una minipimer,

Juan y Pedro mormones por razones

de estricta sastrería.

 

Insondables abismos del organismo humano:

durante la segunda mitad del siglo XX

nadie fue calvinista por Calvino,

ni sartriano por Sartre, ni budista por Buda,

sino que por, o sea, que sentían

un no sé qué, que quedan balbuciendo

aquellos antropoides.

7-X-81

 

XII

La segunda mitad del siglo XX

fue mediocre también en la herejía.

 

Pensemos en los grandes

clásicos del error, profesionales

como Pelagio, Arrio,

Lutero, Hus, Calvino: arduos años en trato

con la Biblia y los Padres de la Iglesia,

orando en penumbras temblorosas,

pasando doctorados, sínodos, conclusiones...

De repente una idea infernal: el filioque,

la sustancia, distingo, de humanitate Christi...

Advertencia, Tractatus, advertencia, concilio,

más advertencia, insumisión, condena

y el final conocido:

pregonero, tambores, las calles agolpadas

y una fogata multitudinaria

cuyos fulgores crepitaban años

y años en las memorias campesinas

y se perpetuaban en trovos y consejas.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX

todo fue más chapuza: el padre Van der Buden

a base de ir en cueros entre los tulipanes

dijo no sé qué cosa (ni él tampoco

debió saberlo mucho). A Don Hans Kraus

le bastó con algunas mugres tercermundistas

de Der Spiegel. A Paqui Rodríguez, peluquera

de Mula (Murcia, España), se le ocurrió su cisma

bajándose el tirante del bikini

al borde de un cubata perezoso.

 

También incompetentes

para el mal. Ni siquiera merecían

el honor de una hoguera.

6-X-81

 

XIII

La segunda mitad del siglo XX

dio pasos de gigante.

 

Hubo no obstante algunos reaccionarios,

gentes que se negaron a avanzar con su tiempo

-una monja ruinosa de Calcuta, unos papas,

Escrivá, Solzhenitsyn, Lech Walesa,

Jérome Lejeune y otros,

sin olvidar los pérez con sus codos gastados

en el amargo roce de los lunes y martes

y unos pocos millares de silencios postrados

bajo la lucecita latiente del Sagrario-,

gentes insolidarias, no cabe duda,

gentes

reacias a vivir a cuatro patas

y a dar aquellos pasos de gigante

camino de la nada.

 

Nadie lo supo, y ellos sostenían

la máquina del mundo.

Luminosos rebeldes, ellos fueron

el rumbo de la Historia

durante la segunda mitad del siglo xx.

5-X-81

 

SALMO FINAL

Grandes son Tus hazañas, Señor, fuerte Tu brazo:

Tú salvaste a Tu pueblo de la lluvia de napalm,

de los tanques del Pacto de Varsovia,

de Nixon, de Jomeini, de Fernández Ordóñez.

 

Señor, Tú nos libraste de los que nos traían

la libertad en sus cañones, Tú

has sacado a Tu pueblo intacto de las fauces

de Kruschev, de la CIA, de Playboy, de Alí Agca.

 

Tu fuerza no la vencen los missiles

ni L 'Etre et le Néant

ni Gaddafi ni la Trilateral.

 

Tu amor no tiene fin, Señor: Tu pueblo,

que atravesó el desierto y el Mar Rojo,

también logró pasar -mayor prodigio-

­la segunda mitad del siglo xx.

7-X-81

 

TODA LA VERDAD SOBRE JUAN PABLO II

Qué sabrá él de la vida de la gente diaria

siempre retirado allá en lo alto del Vaticano

si apenas conoce nuestro mundo occidental

y casi nunca está en el Vaticano qué irresponsabilidad

tanto viajar de un sitio para otro

porque cómo podrá comprender otras culturas

si sólo conoce el mundo occidental

y lo que dice interesa únicamente a cuatro viejas

pero siempre se pone del lado del capital

y a qué viene todo ese fanatismo masivo de los jóvenes

ni que fuera los Rolling Stones

qué pesado siempre con los obreros los obreros

amargándonos la vida

tan conservador

que hasta se ha empeñado en imponer cambios

en las costumbres tradicionales de la curia

siempre tan débil dejándose influir por lo que dice el Opus

que viaje todo lo que le dé la gana a mí me es indiferente

y es tan autoritario que nunca tiene en cuenta lo que le dicen

y además no soporto que esté siempre viajando de un lado para otro.
 

Poema irónico en el que se presenta, de modo encadenado, todos los tópicos que contra Juan Pablo II se versaba entonces (quizás los mismo que ahora sobre Benedicto XVI), poniendo en evidencia a quienes le atacan.

6/7-X-82

 

 

 

Carmelo Guillén


 

1. De amigos ando bien
De amigos ando bien y me gusta enseñarlos
en álbumes de fotos y hacerlos coincidir
y que se den sus números de teléfono, que tengan
entre ellos un trato. De amigos ando bien
y hacen lo que quieren de mí, sin consultármelo,
que vienen a mi vida y me cogen el peine,
y se peinan, y me ponen los versos perdidos
de afecto, y se resbalan en este corazón
que es su casa. De amigos ando bien, si no yo
de qué iba a dármelas, de qué, si ellos suelen
mostrarme a las visitas y hacerme coincidir
con sus otros amigos, y andan ocupados en mí,
en si me peino, en si estoy o no cómodo, si salgo
en mangas de cariño o si llevo o no el cuello
rozado de quererles. De amigos ando bien
y me noto importante, tal vez algo más gordo
de ser feliz, por eso me quedan las camisas
estrechas y me sale un brillo en la mirada
sólo porque de amigos ando bien, si no vedme
sentado a dos asientos o intentando alcanzarles
la luna, que me son leales y culpables
de todo: de peinarme así, como más guapo,
y perderme en mis versos e irme de teléfonos
y fotos y visitas y dármelas de qué;
no sé, culpables, ellos, mis amigos. ¡En serio!

 

 





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