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fotos graciosas de hombres flacos



1. VIDA FAMILIAR

Haroldo Capurro Ruano (1882-1956) era perito contable y trabajaba en el (BROU) siendo su madre Ema Ruano de Arteaga y su padre, Luis Federico Capurro de Castro (1843-1905) (ver ), miembro del Primer Directorio que se instaló el 24 de agosto de 1896 teniendo como presidente el Dr. José María Muñoz y como vocales a los Sres. Manuel Lessa, Eduardo Rolando, José Ma. Irisarri, Federico Capurro, Juan Masa y Diego Pons. La primera sede del Banco estaba ubicada en la intersección de las calles Cerrito y Zabala.


Banco de la República Oriental del Uruguay
(BROU)

BROU


brou2

Fuente:


Elida Erlinda Etchegaray Etchepareborda (1885-1958)  y Haroldo (Papún) Capurro Ruano se casaron en 1908.

casamiento


Elida Etchegaray Etchepareborda

Elida Etchegaray

A Elida sus nietos la llamaban Mami y sus parientes Minguita porque resulta que los hermanos jugaban a las bolitas de vidrio de todos los colores pero a las azules les decían minguita como el color de los ojos de Mami. Ella decía de su nombre "las 4 E" (Elida Erlinda Etchegaray Etchepareborda).
Elida y Haroldo, llamado Papún por sus nietos, tuvieron siete hijos:

- Elida (Lila) (1910-1968) - Gilberto Pratt De María:

-- Gilberto (1938-2008) casado con
    --- Carmen Percovich: Lucía, Gilberto, Juan Pablo
    --- Beatriz Vallve
-- Olga (1936) casada con Alejandro José Nin Vargas (1933-2004): Alejandro, Verónica, Diego, Juan Luis, Guillermo
-- Ana María (Ani) (1943) casada con Eduardo Vidiella: Eduardo, Gonzalo, Martín
-- Inés (1944-2015) casada con Eduardo Gómez: Magdalena, Eduardo

- Pedro (Pacaco) (1912-1974) - Elina Ameglio:

-- María Elina casada con Carlos Deus: Charlie, Hector, Andrés
--Virginia casada con Miguel Pantazoglio: María
-- Pedro (Pepo)  (†) casado con Raquel de Souza: Agustina, Alejandra, Cecilia, Pedro, Carolina
-- Adriana casada con Guillermo Rafael Pérez Puig: Gabriel, Rafael, Florencia
-- Moira casada con Paul Schurmann: María Jesús, Paul, Moira

- Haroldo (Tato) (1913-1998) - Concepción (Chona) Alzola:

-- Haroldo casado con Marta Cabantous: Silvina, Patricia, Virginia, Nicolas
-- Jorge (†)
-- Daniel casado con Graciela Kosterlitz: Santiago, Valeria, Francisco, Leticia
-- Graciela casada con Carlos Codazzi: Martin, Adriana, Agustina, Rosina
-- Diego (†) casado con Teresa Caviglia: Marcela, Gabriela
-- Gonzalo casado con
    --- Ana Amorin: Mariela, Dolores, Matilde
    --- Andrea Gilardoni

- Susana (1914-1971) - Iván Pérez Gomar Cordero (1912-1967):

-- Iván casado con
        --- Elsa Mailhos: Raquel, Rosina, Eliana
        --- Margarita Roosen: Ivan
-- casada con Juan Pedro Labat:
---  Florencia casada con Fernando Cortabarría: Sofía, Maite, Juan y Theo
--- Andrés (†) casado con Valeria de la Peña: Francisco, Manuela, Juan Pedro y Felicia
--- Natalia casada con Fernando Luis Crosa: Matías, Felipe y Agustina
--- Santiago
--- Pablo (†)
-- Lucía casada con Jacobo Varela: Lucía, Diego, Rodrigo


-- Enrique (Quique) casado con
--- Mariana Penades Mintegui: Carolina, Agustina, Juan Ignacio
--- Pilar García Helguera (†)


- Mario (1917-2006), casado con:

-- (1921-1946)
    --- (Quela) (1941)
    --- Rafael (1943 † )
    --- NN (1944 † )
    ---   (1945) casado con Annette Fiek

-- (Maty) (1925-2017):
    --- Ema Matilde (Emita) casada con Ignacio Algorta: Guillermina
    --- Mario
    --- Pablo casado con María Juana Gari Arocena: María José, Juan Pablo, Rafael
    --- Martín casado con Mariana Labat: Felipe (casado con Raquel Alvarez), Martín, Manuel, Theo
    --- Rosina casada con Ricarco Barbé: Ana Inés, Virginia, Florencia, Gonzalo, Sofía
    --- Matilde casada con Raúl Ponce de León: Mariana, Miguel
    --- María casada con Ricardo Vecino Labat: Lucía, Pilar, Nicolás, Francisco

- Luis (Lucho) (1919-1999) - Raquel Touris Wilkins († 2006)
- Eduardo (1920-2004) - María Cristina Alvarez Storm († 2017)
    --- Eduardo casado con Erna Baethgen: Eduardo, María Lucía
    --- Carlos casado con Nora Ruiz:  Mariana, Isabel, Josefina
    --- Andrés casado con María Sara Echavarren Vazquez: Andrés, Ricardo, Ignacio, Mayte
    --- Juan Bautista (†) casado con Alicia Fernandez: Juan Bautista, Sofía, Guillermo
    --- Gabriel casado con Pilar Barcia: Gabriel, Alberto, Alfonso, Pilar
    --- Alvaro casado con Raquel Bazzano de León: María Cristina, Victoria, Alvaro José.

Rafael y Susana son, junto con Mario Etchegaray Iglesias, los autores de este sitio.

Elida Etchegaray (Mami) y sus hijos (1921)
de izquierda a derecha:
Susana, Pedro (Pacaco), Luis (Lucho), Elida (Mami) con Eduardo en sus brazos
Elida (Lila), Mario y Haroldo (Tato) (sentado)

mami con sus hijos


El matrimonio Capurro Etchegaray  vivió muchos años, como ya la mencionamos, con sus hijos en la casa quinta perteneciente al padre de Mami (Tatita), en la calle Asencio. Constaba de una casa espaciosa y un gran terreno, con pajareras y frontón. Allí se criaban perros perdigueros de la raza, que eran empleados frecuentemente por Papún y sus cuñados Etchegaray, todos aficionados a la caza.  En esa quinta vivieron hasta que, alrededor de 1940, hicieron construír la casa en la Avenida en el Parque de los Aliados (antiguamente llamado "el Campo del Chivero") hoy Parque.

A Papún le gustaba mucho comer bien. En el ensayo titulado "Es imposible escribir sin temas" que reproducimos en el, Papún recuerda a un "suculento y copioso estofado con bastante cebolla". A Mami le apasionaba el queso y el chocolate con menta. En las visitas dominicales que le hacían sus hijos y nietos, cuando llegaba el momento del almuerzo, lo más importante para Papún era que la sopera estuviera humeante. Adoraba mezclar lo dulce y lo salado. El postre obligatorio era un exquisito arrollado de chocolate con merengue.

Una anécdota trasmitida por Olga Pratt:

"Entraba en la comisaría de Durazno y el soldado le dice al comisario  "está don Eroldo", el comisario le dice al ordenanza, "no sea bruto, es don Haroldo, salga y vuelva a entrar"  El soldado sale, golpea nuevamente y le dice "está don Haroldo", el comisario le responde "dentra, nomás".


Casa Capurro Etchegaray en la Avda. Ricaldoni

casa Capurro Etchegaray


El matrimonio Capurro Etchegaray  viajó varias veces con sus hijos a Europa, en especial a Francia (París, ) y a Italia (Florencia). En París se alojaron en en el 8ème arrondissement a pocas cuadras de la Avenue des Champs Elysées y del Arc de Triomphe. Los hijos eran conocidos, según contaba Haroldo (Tato) Capurro Etchegaray, como "les petits sauvages" porque solían hacer estragos en las grandes tiendas.


De viaje a Europa
El puerto de Montevideo

Puerto de Montevideo

Fuente: http://www.e-transhotel.com/montevideo_antiguo.htm


Barco a Europa


Haroldo Capurro y Elida Etchegaray en Biarritz (Francia)
al fondo el


Biarritz

En auto por Europa (1923)
Lorenzo Etchegaray (adelante), Pedro Etchegaray (atrás),
Haroldo (Papún) Capurro y Elida Etchegaray (detrás de Papún)
y varias pasajeras

En auto

En  los Pirineos
Suiza


Album de cartas postales de Europa
de Haroldo Capurro y Elida Etchegaray

Postales de Europa


Cartes postales

Paris
Porte Saint-Denis (ver )

paris


Porte Saint-Denis (1908)

porte saint denis 1908


Fuente:


Saint-Jean Pied-de-Port
(ver )

Saint Jean Pied de Port


Escudo de Saint-Jean Pied-de-Port

saint jean blason

Reverso de postal


El hipódromo de San Sebastíán
(ver  )
 
hipodromo san sebastian


Postal enviada en Europa por Elida y Haroldo a sus
hijas Lila y Susana en París

Postal de Papun y Mami

Recuerdos de viaje: Caja de pipas

Cajad de pipas


Pipas


Haroldo Capurro Etchegaray (Tato) y Concepción (Chona) Alzola,
Elina Ameglio, Eduardo Capurro Etchegaray y María Cristina Alvarez Storm,
Luis (Lucho) Capurro Etchegaray y Raquel Touris Wilkins,
Mario Capurro Etchegaray y

familia capurro



2. LA CHIMENEA, LAS DIOSAS PROTECTORAS Y
"NI BUFAS NI TRAGICAS"

La estufa de la casa en Avda. Ricaldoni estaba adornada por dos figuras de genios protectores, los de la tradición romana (ver también ) que se encontraban originariamente en la quinta de la calle Asencio, junto a los cuales, especialmente en los meses de invierno, Papún solía hacer sus reflexiones, que revelan a un buen observador con mucho humor y que eran publicadas en diarios y revistas.

Estas anécdotas, escritas, como lo indica a menudo, no con espíritu de crítica sino de crónica, fueron luego recopiladas y publicadas por Papún bajo el pseudónimo H. Stance con el título "Ni bufas ni trágicas" (Montevideo 1940).


h_stance


Los artículos solían publicarse en el "Mundo Uruguayo" que era una revista editada por Raúl Capurro & Cia. Raúl Capurro Castells, un sobrino de Papún, era hijo de Juan Capurro Ruano (hermano de Papún) y Elina Castells. El Director responsable era Orestes Baroffio y el Director adjunto Julio Caporale Scelta. El administrador era Raúl Castells. Sobre la familia Castells ver


Juan Capurro, Elina Castells

Juan Capurro y su esposa Elina Castells Carafí, Blanca Castells Carafí y su esposo Luis Eduardo Pérez,
Adela Eastman y su esposo Jaime Castells Carafí

Agenda Capurro y Cia.
.


Mundo Uruguayo


Reproducimos en este sitio los artículos publicados en "Ni bufas ni trágicas" comenzando con la "Nota del Autor", la autodescripción del observador "Don Eligio" con sus "cincuenta años largos", sus reflexiones sobre sus experiencias, "propósitos, éxitos y decepciones" como autor las cuales revelan su carácter humorístico "sin acritud, ni mordacidad, ni amargo pesimismo", así como el capítulo dedicado a la mencionada chimenea donde algunos de sus nietos solían pasar horas esperando que saliera una salamandra del fuego. La anécdota a la que hace alusión el autor en estas reflexiones debe ser seguramente "El match de Mister Jones" que reproducimos más adelante (ver ).

El personaje "Don Eligio" tiene su historia. San Eligio (ca. 590-660), patrono de los orfebres (su fecha es el 1° de diciembre), nació en Chaptelat cerca de (Francia) alrededor del 590. Según cuenta la leyenda, se le apareció el diablo vestido de mujer y él, Eligio, lo agarró de la nariz con tenazas. De origen humilde, al servicio del (ca. 602-639), un rey miope y campechano, que solía ponerse la ropa al revés de puro distraído, Eligio elige la vida religiosa y es consagrado obispo de Noyon-Tournay (ver y ).

En el en Florencia, un edificio gótico construído originariamente para el mercado del grano y luego, en 1380, transformado en  iglesia, se encuentran en la fachada (obras de Ghiberti, Donatello y Giambologna). La escultura en mármol de "Sant' Eligio" data de 1415 y es obra del escultur renacentista (1380/90-1421). El nombre 'Eligio' proviene del latín y significa 'el elegido'.

Sant' Eligio
(Orsanmichele, Firenze)

Orsanmichele

Fuente:


En el capitulo de la chimenea de "Ni bufas ni trágicas" se encuentra una reflexión sobre la transformación de los ideales femeninos y familiares, un tema casi de trasfondo en las reflexiones de Don Eligio (ver más adelante el ensayo sobre ), así como un pasaje sobre la exigencia reproductiva en los "países totalitarios". El texto revela lo que muchas mujeres de hoy cuestionan: la relación aparentemente antitética entre el pensar y la femineidad. Pero la reflexión la hace Don Eligio frente a dos diosas, una reminiscencia de los según la mitología greco-romana hijas de  Hermes/Mercurio y Lara, protectoras del hogar: una que "ríe y no piensa" y otra que "sonríe y piensa". En este texto se encuentra una frase de Papún a menudo citada por algunos de sus hijos: las mujeres "son más atrayentes y seductoras bien vestidas que mal vestidas o desvestidas".

Las diosas lares en el altar de Augusto ("") en Roma

Ara Pacis Augustae

Fuente:


Su deseo, como autor, de que sus "sencillas producciones" puedan "despertar en el semblante de los lectores la expresión de una sonrisa espontánea" tiene muchas, sí, muchísimas posibilidades de cumplirse, siempre y cuando el visitante de este sitio, se tome el tiempo de leerlas. Seguramente que se encontrará con una "brisa fresca e incontaminada" y tal vez logre encontrar a su propio Don Eligio. El artículo a que alude en "Propósitos, éxitos y decepciones" es seguramente "Es imposible escribir sin temas" que reproducimos en el.


Nota del Autor

"¿Qué es lo que podría invocar como excusa de mi audacia?

Fué un pariente e impresor que me dijo, un día: ¿Por qué no recopilas en un tomito, esas notas que has publicado?

¿Cuántos ejemplares habrá que tirar?, me pregunté. Quinientos, tal vez. ¿No serán muchos? ¿Y dónde pondré tanto libro? Y en seguida recorrí con el pensamiento mi casa. Han de caber en el cuarto largo, me dije. Así se le llama a uno donde estudian mis hijos, que está atestado de roperos. Es posible que allí haya lugar; y que para algo, largo hízolo el destino; y luego, no faltarán inviernos fríos. La chimenea exige siempre mucho combustible.

Gran parte de esas sencillas composiciones, parecieron surgir en las tardes y noches invernales de ese fuego rojizo, en el silencio, mientras mi mirada un poco vaga e indecisa sentíase atraída por el chisporroteo travieso y burlón de las llamas inquietas. Se los devolveré en forma tangible; y, desde luego, prometo formalmente obsequiarla con el primer tomo que llegue a mi mano; y, también he de contar con la estrecha y forzada colaboración de parientes y amigos, que recibirán sendos ejemplares con corteses dedicatorias...

Estos fueron mis últimos argumentos que, como una rosada esperanza, podrán consolar del engorro a mi mujer.

Y así quedó resuelta la impresión y satisfecha mi un tanto osada vanidad, que algo de ésto también había en el fondo." (p. 5-6)

Haroldo Capurro

(H. Stance)


 

Don Eligio


"Don Eligio no es un artista, no es un poeta, no es un erudito, no es un pensador, ni con mucho menos, un filósofo. Es un hombre que vive, vaga, mira y observa las cosas, y los acontecimientos, siendo incapaz de profundizarlos. Cáusanle horror los abismos; así llámales él, a los ignotos y oscuros caminos que ahondan los temas. Dice que se pierde. Y así vive, recogiendo de la superficie, sin indagar su origen, las cosas bellas y las cosas buenas, las cosas amenas, que son las que siente y las que impresionan su cerebro ingenuo, bondadoso y clemente. La tragedia lo abruma. La maldad lo desconcierta.

No es un hombre grave; más bien, ligeramente risueño. Tiene una mirada despejada y con claridad se advierte en sus ojos verdes, franqueza, y reflejos de pensamientos de melancólico escepticismo, subrayados por un gesto ligero de indulgente ironía, que dibujan dos labios finos al borde de una boca grande, inquieta y simpática.

No es rico, no ama el dinero. Alienta, además a su vida, un fondo de raro optimismo: no habla nunca de felicidad; dice que la única manera de no sentirse infeliz es la de no pensar en esa concepción incierta.

Esta breve sentencia encierra todo el secreto de su sencillo espíritu filosófico.

La observación, a su manera, es su rasgo prominente.

Además, don Eligio, tiene cincuenta años largos, con experiencia adquirida. Es alto, delgado y calvo. Viste jaquet negro, un cuello exagerado, pantalón angosto. Usa gafas de carey y su aspecto general es algo sacristanesco.

Pero este sujeto tiene su debilidad. De sus observaciones resultan, a veces, crónicas y artículos que algunos diarios y revistas le han hecho la distinción de publicar. Esta circunstancia lo hace más humano, pues satisface un poco su orgullo y su vanidad.
Y ahora les confesaré: cuando don Eligio se me acerca, cosa que hace con cierta irregularidad, todo lo olvido, y me abstraigo en sus risueñas reflexiones, que me agradan porque las encuentro libres de acritud y maldad.

Es con estos simples relieves que veo y siento a este personaje, creado por mi imaginación y fantasía, que vive en mi interior, que me acompaña en mis paseos, en mis viajes, en mis desvelos, y siempre que encuentra a mi mente libre de preocupaciones; y por eso es mi amigo, lo aprecio y lo quiero.

Yo pienso que hay muchos hombres que albergan en su interior, un Don Eligio similar al mío; y digo similar, porque he visto que se presenta bajo múltiples aspectos y con distintas características: y así he podido observar que un médico, tiene aficiones de ingeniero paisajista; otro con un taller mecánico; un ingeniero decididamente músico; un empleado de banco, poeta; un honrado comerciante, pintor; un literato, marino; un abogado, coleccionista de rosas... y así infinidad.

Pues bien, todos éstos son otros tantos Don Eligios que engendra la inquietud de los hombres. Imaginarios mitos protectores, que suavizan la tensión de muchas vidas agobiadas por la monotonía de sus existencias de trabajo, que las gentes suelen criticar, y que debieran ser tolerados con benévola indulgencia.

Solamente hay que cuidar dos cosas: que Don Eligio no sea un Gargantúa, ni un Don Juan, porque lo verán, sus creadores, inexorablemente, alejarse en cuanto asomen en la vida las ingratas sombras del crepúsculo." (p. 7-9)


Propósitos, éxitos y decepciones


"Siempre he tratado de escribir mis temas joviales e irónicos, cosechados al azar y al margen de mi camino, con humorismo sin acritud, ni mordacidad, ni amargo pesimismo.
Siempre pienso, también, que la humanidad agita en su mente, casi sin tregua, pensamientos dolorosos, tristes y sombríos. La obsesión de las enfermedades, de las penas; las necesidades materiales de la vida, el trabajo, el desaliento, la ambición, la vanidad, la codicia, los errores cometidos, la inquietud del porvenir, y hasta el amor y todo lo complejo de nuestra imperfecta e impenetrable constitución fisica y moral, mantienen nuestros pobres espíritus inquietos, en una penumbra gris y monótona. Y no sé por qué experimento una grata satisfacción, cuando pienso que la lectura de mis sencillas producciones, pudiera despertar en el semblante de los lectores la expresión de una sonrisa espontánea.

Nunca he pretendido provocar una risa desmedida; no me anima ese propósito. Mi finalidad cólmase con sólo hacer sonreír; y, ni tanto, bástame el brillo que despiden los ojos animados por el reflejo interior de una idea amena y simpática.

Se me imagina, sin pretensión, ni vanidad alguna, que contribuyo, muchas veces, a quebrar la monotonía, el hastío de la vida, sólo sea por un instante, y a moderar la tensión y la nerviosidad de agitadas mentes por penosas preocupaciones, aunque sean solamente algunas; que alcanzo como mensajero oficioso, una suspensión de hostilidades, con sólo el pasaje ligero de una brisa fresca e incontaminada de impurezas.

Y ahora será muy fácil advertir, con lo dicho, y ya nadie podrá poner en duda, después de estas meditadas reflexiones, que he descubierto un procedimiento filantrópico ignorado; que no socorre con caracteres muy nutritivos, es cierto; que no hará engordar a nadie; ni contribuirá a que evite una pulmonía en invierno, algún pobre desamparado que ambule con poco abrigo; pero bien se podrá apreciar que es, asimismo, una abnegada caridad de orden espiritual, generosa y barata.

Ahora diré: ni para mí, ni para mis pobres menesterosos, los resultados de mis aspiraciones y de mis esperanzas, son siempre muy lisonjeros. Llenos graciosas encuéntrolos de inesperadas contradicciones. Ya me han reservado, mis producciones, algunas sorpresas, no trágicas, por cierto, cómicas más bien; y, en armonía con mi confesada inclinación altruísta, dos singulares casos voy a referir, vividos y ciertos, sin exageración alguna.

Escribí, un día, un relato picaresco, y se lo remití a una revista argentina.

Plublicáronlo ilustrado y elogiado con estas amables palabras: "El lector advertirá el estilo ameno del autor, la gracia del episodio, y el humorismo de buena ley con que ha sido tratado el tema". Estaba yo satisfechisimo. Parecíame ésta, una consagración definitiva.

MUNDO URUGUAYO, conoce el texto de esa publicación, y la reproduce.

El tema, como he dicho, era algo picante, y sin haberlo podido evitar, ponía un poco en ridículo debilidades de un distinguido gentleman inglés.

Un simpático y sagaz corredor de avisos, buen psicólogo, en vista de la gracia y del éxito alcanzado por el cuento, aprovecha esa brillante oportunidad para granjearse, con ese talismán infalible, las simpatías de un opulento comerciante sajón a quien deseaba contratarle un importante aviso.

Lo aborda y le insinúa la lectura del cuento que llevaba preparado, que el otro acepta gustoso; y confiado y alegre, espera el resultado de esa previa y risueña preparación de espíritu, indispensable, según él, para ofrecerle el contrario del aviso.

No bien terminada la lectura, vuélvese, el hombre y, ceñudo, le entrega la revista al obsequioso corredor, diciéndole en un tono despectivo: "Parece increíble que una revista seria publique semejante porquería".

Mi pobre amigo, desanimado y corrido, contábame este dramático episodio con cierta melancolía, pues ya no hubo forma de conseguir el aviso que tanto necesitaba. Y yo, también, en vista de mi fracaso, quedé algo desorientado.

Más tarde, publica MUNDO URUGUAYO, otra producción mía. Era alegre de todo punto de vista. Habíanme hecho elogios, yo creo, sinceros.

Subo al tranvía en esos días, y advierto cerca mío, pasillo por medio, a un caballero, así me pareció, que hojeaba, precisamente, el número que contenía esa chistosa publicación.

Veré, me dije, si se detiene en la página que lo transcribe, colmadas mis inocentes aspiraciones, aquellas de las sonrisas y de la brisa fresca e incontaminada, de que hablo en las primeras líneas, aquí, al principio.

De reojo yo lo observaba. Estaba bien trajeado; pero me llamaron un poco la atención unos dedos muy gordos y una mano, en general, gruesa, tosca y ordinaria, y sospeché un mal presagio; pero prosigo.

Detúvose en la tercera o cuarta página. Leyó con aire indiferente, me pareció, treinta o cuarenta líneas de un bonito artículo, bien escrito, sentido, fino y emotivo, publicado sobre Juana de Ibarbourou, y pasó de largo, para hacer un alto, en seguida, en la página que contenía mi relación.

Yo lo seguía espiando con disimulo, con cierta curiosidad y placer. Pues bien: el hombre empezó a leer, también con aire indiferente, y a medida que iba avanzando lo veía cada vez más serio. Es cierto que yo hablaba en él, de las secreciones de las glándulas, de las funciones fisiológicas del epitelio, de Marañón, y de otras cosas un pcco raras; pero al fin, no era para tanta gravedad. Y así extremáronse las cosas y contrayéronsele los músculos de la cara, con extraordinario asombro mío, hasta llegar a una expresión de dolor y casi de rabia. Yo estaba humillado.

No alcanzó a leer ni la tercera parte de la página y siguió de largo dando vuelta las hojas con manifiesta brusquedad, para detenerse extasiado en presencia de unas deliciosas y semi desnudas estrellas de cine, que por fin, y ante sus indiscutibles encantos, le hicieron aflojar esa horrible tensión provocada por mi jovial narración.

Recorridas seis o siete cuadras más, hizo parar, el sujeto, el tranvía; mete la revista en el bolsillo, y al salir por la puerta delantera, y en tanto lo seguía con la vista desconcertado, se agacha y recoge, del pescante, media bolsa de papas, que echa groseramente al hombro, y una damajuana de vino.

Nadie podrá imaginar el suspiro de alivio que salió de mi pecho. Era el epílogo del drama. Esos inocentes tubérculos y esa graciosa damajuana,  objetos de todo punto indiferentes para todos, resolvieron mi doloroso enigma, me iluminaron, fueron una revelación tranquilizadora para mi atribulado espíritu." (p. 11-16)


Don Eligio y su chimenea


Muchas son las personas que ignoran, en este país, todo el agrado que puede proporcionar el alegre y acogedor fuego de una chimenea, desdeñada por el progreso como procedimiento de calefacción anticuado y en desuso.

En cambio, para mí, en las tardes y noches invernales, tiene un atractivo encantador e irresistible, ese hogar con la trémula y primitiva llama de leña; fenómeno atávico, posiblemente, cuyas raíces podríamos encontrar en el ancestral culto del fuego.

Me parece, además, algo así como el regazo hospitalario de una casa. Su sola presencia es una promesa de reposo. Es un refugio. Consuela y recrea. Con algún silencio a su derredor, siéntese uno predispuesto a la reflexión íntima; y yo, me propongo, ahora, divagar sobre la chimenea de mi casa, y guardar como recuerdo de mi pensamiento errante, sin rumbo, en este momento, estas deshilvanadas líneas, nacidas al calor de su confortable lumbre en una noche de agosto inclemente.

Dos atrayentes cabezas de mujeres jóvenes, casi de tamaño natural, descubriendo el nacimiento de sus gráciles hombros, asentadas sobre sendas columnas rectangulares de granito azulado, de cierta altura, decoran esa chimenea de ladrillo rústico, sin revocar, de líneas armónicas.

Con singular concepción quiso representar el hábil y original escultor, dos dioses lares. Dos divinidades secundarias, dos genios protectores del hogar en la mitología romana.

En raras familias existe, por estas latitudes, lo que realmente constitutía el hogar en otras épocas, y no muy remotas todavía; y escasa tarea les ha quedado a esas dulces y pacíficas deidades paganas.

Y se comprende sin mayor esfuerzo. No se constituye un hogar con un solo hijo, ni con dos, liberal y máxima concesión de fecundidad, generalmente acordada por error, a las mujeres de nuestro tiempo.

La aspiración más anhelada de perfección femenina, culmina en una silueta fina, ágil, de carnes duras, flexibles e intactas, y es de toda evidencia que la maternidad conspira bárbaramente contra ese ideal de la época.

Las mujeres quieres ser finas, delicadas; y los hombres así lo exigen, también. Entonces se alcanzan los mayores sacrificios; las privaciones, el dolor, hasta la salud se pone en segundo término... Y, en realidad, no debemos censurarlas, desde que ningún hombre –ahora– experimenta el menor placer en abrazar a una ballena, y vano propósito sería el pretender reprimir, y menos suprimir, esas expresivas y satisfactorias conmociones amorosas.

El antiguo y popular dicho "Gordura es hermosura" es una atrocidad incomprensible. La grasa y el tocino han dejado de pertenecer, decididamente, a la complicada farmacopea de los estimulantes amorosos.

El problema es más serio, para las mujeres, de lo que parece a primera vista. Muy lejos estamos de las remotas épocas de los intolerantes iconoclastas. Vivimos en el culto de la imágnes femeninas más perfectas y estupendas que ha conocido la humanidad. La selección de las bellezas de cine, que accionan frescas y risueñas en la pantalla, constituyen un término de comparación terrible para las mujeres.

Además, se han suprimido las sayas largas, y en muchos casos hasta las cortas, y han de presentarse al natural, en verano, en las playas. Y como se comprenderá, los hombres que no son muy torpes, con esta estimulante y agradable clínica moderna, han alcanzado conocimientos anatómicos serios y saben apreciar lo que es un cuerpo de mujer.

Todo esto no es una fábula, y estará muy bien; pero suprímanse los hijos en el hogar y éste habrá perdido el noventa por ciento de su carácter primitivo.

Agréguense todas las demás circunstancias que nos rodean, tientan y apasionan: espectáculos públicos a toda hora, el cine que ha formado legiones de fanáticos que asisten diariamente, revelando una indomable resistencia cinematográfica. Los deportes, los autos que facilitan las rápidas y cómodas evasiones; y hasta las ligeras bicicletas, cuyo uso se está divulgando milagrosamente entre las mujeres, y muchos otros atractivos que encierran, en sí, con un poco menos de rígida moral, el germen de la inquietud y de la libertad, y fácil será comprender el descalabro sufrido por los hogares de otro tiempo.

Yo no sabría qué pensar a este respecto. No me abriga un espíritu de crítica sino de simple observador. Pero, a la verdad, que aquellas respetables familias eran verdaderos establecimientos de reproducción solemne e intensiva, con diez o quince hijos, donde requeríase que las mujeres fueran gordas y robustas, ya que se les exigía a esos heroicos y temerarios organismos, el máximo de rendimiento. Aunque parece, según las últimas noticias, que en este delicado momento histórico, este proceso humano reproductivo a marcha forzada, que deben realizar las mujeres al unísono con la fabricación de cañones, aeroplanos y demás máquinas mortíferas, ha llegado a ser uno de los ideales más halagüeños, en el que cifran las más bellas esperanzas de glorias guerreras futuras, los férreos conductores de los países totalitarios.

Pero, vuelvo a mis simpáticos dioses o diosas, que me acompañan cotidianamente con discreto silencio.

Mis diosas, que tienen el inmenso encanto de su juventud imperecedera, sonríen. Sin ser bellas, son agraciadas y de líneas normales. Una de ellas se peina con raya al medio, coqueta, con dos rodetes que le ocultan las orejas. Su mirada se pierde en línea recta, y sonríe, casi ríe, sana y francamente, con una alegría simpática y comunicativa. Ríe y no piensa.

La otra es muy distinta. Usa melena, algo despreocupada. Adviértese en su semblante una expresión de particular inteligencia. Baja su mirada, mira de soslayo. Dibújase en sus labios una sonrisa complaciente, benévola, con alguna ironía y un leve reflejo de amargura. Esta sonríe y piensa.

Téngoles a ambas vivísima simpatía; pero las mujeres que no piensan mucho, máxime cuando son bellas, resultan adorables y profundamente femeninas. Viven guiadas por los impulsos más delicados y emotivos de los sentimientos. El corazón prima sobre el cerebro. No en balde el amor se anida en el pecho. Y en cuanto se ponen a pensar seriamente, se alejan fatalmente de su sexo, y esto será siempre, para ellas, un acontecimiento funesto.

Además, una mujer que sea decididamente femenina, tiene que pensar en vestirse bien, y si lo hace con conciencia, poco tiempo le ha de quedar para pensar en otras cosas serias. Y deben insistir en vestirse bien, porque siempre son más atrayentes y seductoras bien vestidas que mal vestidas o desvestidas. Aunque puede ser que para algún nudista yo esté exagerando un poco.

Y bien; en tanto que discurro sin rumbo orillando estos intrascendentales temas, sentado delante de mi chimenea, advierto que el fuego quiere extinguirse. Apago la luz. Sólo queda iluminada la estancia por la lumbre de la leña que parpadea agitada. Las sombras obscuras proyéctanse inquietas en las paredes que las guardan prisioneras.

Levanto la vista y paréceme que mi diosa pensativa quiere acentuar la expresión de su ironía, mientras mira de reojo estas cuartillas, que yo, algo incomodado, doblo y guardo. Pero ya están escritas. Se ha cumplido mi inocente propósito; y por esta noche, esto es todo." (p. 23-28)



3. LA IGLESIA CATOLICA


Papún era agnóstico como lo dejan entrever algunos de los textos de "Ni bufas ni trágicas". Mami era muy católica. Sobre este tema ver también el "Don Eligio en un bautismo".

El Oficio del Domingo
con la iniciales de Elida Etchegaray
El Oficio del Domingo


En el living de la casa en la Avda. Ricaldoni había un mueble en madera al que le decían el "Prie-dieu". Se trata de un reclinatorio con una talla de la Virgen y con muchos cajones disimulados, que los nietos se divertían para descubrirlos.

Por más detalles sobre el origen de este tipo de mueble cuyo nombre data en Francia de principios del siglo XVII, ver.

El "Prie-dieu" era muy apreciado por Mario Capurro Etchegaray quien lo heredó.

Prie Dieu


4. EL VIAJE A LAS CATARATAS DEL IGUAZU


En cuanto a viajes, además de varios realizados a Europa, Mami y Papún disfrutaron mucho de su visita a las en 1936. Reproducimos impresiones de ese viaje contadas por "Don Eligio" en un capítulo de "Ni bufas ni trágicas".

Iguazu1


Cataratas del Iguazú
Foto de época

Iguazu


Haroldo Capurro Ruano
Hotel Iguazú
1936

Hotel Iguazu


Don Eligio en su viaje al Iguazú


"La primera etapa, Montevideo-Buenos Aires, no me sugiere nada de particular. Ninguna novedad. Tengo que saludar a gentes que conozco, y que no me interesan mayormente.

Yo quiero caras nuevas, ideas nuevas, nuevos panoramas en este breve paréntesis de mi vida ordinaria. Amo lo ignoto, lo imprevisto, la sorpresa. Pero ya en el trasbordo al buque que debe conducirnos al Alto Paraná, las cosas cambian. Ya estoy en lo desconocido en absoluto. Las fisonomías no me acusan reminiscencia alguna. Provincianos, algunos porteños. Emigrantes europeos, nórdicos o esclavos, de ojos claros, con expresiones de sorpresa. Mal vestidos, sucios, pobres, con caras rudimentarias; gorros pequeños con prolongadas viseras no exentas de alguna comicidad.

Pregúntoles a dónde se dirigen. Al Paraguay, me contestan, a poblar tierras vírgenes. Son los desheredados de la fortuna; pero los más fuertes. Los que tienen más valor. En cada uno de estos colonos adviértese el drama que soportan, y el dolor y la esperanza en la mirada. Esta misma demostración de alegría y de coraje, significa la selección de los mejores; las semillas más fértiles que pierden las naciones de origen, que se arraigan en tierras de promisión, que formarán las nuevas razas en un conglomerado más vigoroso.

Dejamos el puerto de Buenos Aires rumbo al Norte. La proa de nuestro barco quiere enfocar el Paraná.

Llega la hora de la comida. Somos seis en mi mesa. Tres mujeres, tipo pueblo de campo, vestidas con dudoso buen gusto. Caras risueñas, feúchas y ostensiblemente mal perfumadas. Dos hombres las acompañan. Por la conversación, deduzco que son todos de Formosa. Yo guardo discreto silencio. Uno de los caballeros impone su oratoria. Nos entera que sale del hospital donde estuvo cuarenta días, y desarrolla con una insistencia terrible el detalle de sus vicisitudes hospitalarias. Sentíame algo torturado, y no bien terminó la comida, con un saludo cortés, me alejé para no volver más; y aunque no conozco a Formosa, ni había oído hablar jamás a una persona de Formosa, téngoles, ahora, a esa gobernación y a sus dignos habitantes, un invencible temor.

En seguida una sólida provinciana, con una cara redonda como un queso, se instaló en el piano. Sin resuello y como si guiara un carricoche, por un camino de campaña, dando un tumbo aquí y otro allá, nos enjaretó, con la máxima gravedad, un tango, una rapsodia de Listz, O sole Mío, La donna e mobile, algo de Albéniz y no sé cuántas cosas más. Todo esto dió motivo a nutridos aplausos que enardecieron sus bríos, y a que un pasajero se acercara con cierta precaución a la puerta, diciéndole a otro: "Venga a oír a madame Cortot".

Apareció también el caballero que cuenta cuentos verdes, rodeado de señoras que quieren alejarse y que no se alejan; pero que nerviosas, lo oyen, se escandalizan y se sonrojan.

Quedó así comprobada, una vez más, la observación que había hecho tiempo atrás. Y es que la de que, en todo viaje, a bordo, siempre hay una mujer que toca mal el piano y un señor que cuenta cuentos verdes.

Contamos también entre nuestro pasaje al político típico del Río de la Plata. Simpático, de mirada vivaracha y sagaz; que toma mate y usa, alrededor del cuello, un ponchito de verano con carácter de bufanda. Dos elementos que significan confianza, modestia, democracia, patriotismo y hasta desinterés, de gran utilidad y sugestivos para alcanzar la simpatía y el voto de los electores en nuestras campañas.

Tampoco faltó la atrayente y distinguida porteña de rizada cabellera rubia, que paseábase sobre cubierta, ceñidas sus delicadas y sinuosas formas con un elegante pijama de un excitante y provocativo color rojo escarlata, acompañada de su inseparable perrito Pomerania. Los niños encantábase con el cuzquito cuidadosamente abrigado, en su mantita con bolsillos. Las mujeres, en particular las casadas, criticábanla con ironía. Los hombres, algo más indulgentes, sentíanse ligeramente inclinados a contemplar las atrevidas indiscreciones del pijama escarlata, que aprobaban con expresiones de disimulada complacencia, y que, sin duda alguna, daba una nota amena y de risueño colorido.

Otra dama en extremo simpática y atrayente, declaró que tenía la friolera de veintitrés perros, que los adora y que les llama sus hijos (no tiene otros), enseñándome una foto en la que se advierte su interesante figura rodeada por toda esa jauría.

Y como es de suponerse, también figuró la señora que alimenta una pasión frenética por el bridge. Jugó todo el viaje de ida, y yo pienso que estaba deseando terminar con las cataratas y demás paparruchas, para poderse dedicar sin molestias a su juego favorito, la verdadera ilusión de su vida. Nada podía iluminar su semblante de emoción y frenesí como la descripción de un reñido partido de bridge.

Y mientras se desarrolla a bordo esta sencilla comedia sin argumento, el vapor sigue su ruta.

Hemos pasado el Rosario. El Paraná, muy vasto y turbio, no ofrece hasta ahora sino una costa llana y un panorama muy extendido.

Yo me dejo llevar por ese río sereno, mecido en un estado de beatitud y tranquilidad encantadora.

A Corrientes llegamos. Esto significa otro trasbordo para los pasajeros que se dirigen al Iguazú.

Somos veintidós. Cupido nos obsequia con cuatro parejas de novios, fresquitos, en su luna de miel. Y apareció lo imprevisto para mí. Encontrábase mi camarote rodeado y sitiado por esos ocho infelices mortales. Una pareja de cada lado y dos al frente. Mi inquietante posición causábame bastante nervosidad. Invoqué con fervor la protección de Morfeo, y  conté con el cansancio, con el mío, no con el de ellos, que fué para mí, en esas noches aciagas, auxilio inexorable.
Entre tanto habíamos alcanzado el Alto Paraná. Aquí las cosas cambiaron. Descubrióse en sus márgenes otra vegetación. La flora exuberante y lujuriosa. Ya entramos en la región semisalvaje, y hasta los pueblitos y los puertos evocan con sus nombres la idea de los primitivos guaraníes: Ita, Yahapé, Ipapé, Itapí, Apipé...

Al día siguiente dejamos a Posadas al sud-oeste. La neblina invade el Paraná durante la noche. Densa, la bruma se desprende de la selva. La navegación se hace imposible. Fondea el buque aprisionado en esa red impalpable. Es necesario esperar que aclare. Solamente el sol, en la mañana, desgarra esa cortina y se observa, entonces, sobre el río de plata, la agitación de infinidad de tenues gasas blancas movidas por la mano invisible de alguna hada milagrosa, que las recoge con ademán delicado, para reintegrarlas a la selva virgen, su guarida misteriosa.

Brilla el paisaje esplendoroso. Ya a esa altura el río no tiene más de doscientos metros de ancho. Refléjanse en él las dos márgenes de altos barrancos que decora una selva enmarañada y áspera. Apretados y cubiertos los árboles de enredaderas y lianas, empinados unos sobre otros, curiosos, espejan en el río sus caprichosas siluetas dejando en el centro una senda clara. El silencio nos rodea. Sólo la sirena de nuestra embarcación rompe alguna vez la quietud y la calma, y contesta, en el acto, con un eco hostil, como alarido de fiera irritada, la selva oscura en la lejanía.

Sumido estaba yo en lo más hondo de esta poética y romántica evocación, cuando se apareció una bondadosa y sensible señora para mostrarme el retrato de una perrita scottish-terrier que se llama Negra. Y me dijo, no sin cierta emoción: "Mire si no es un amor mi Negrita querida, si no dan ganas de comerla". Yo la miré. Me pareció un bicho negro y peludo, y pensé, entre mí: es cuestión de gustos. También me hizo saber, la misma, que tenía un hijo, de ella, no de la perra, pero de éste no me dijo cómo se llamaba ni me mostró retrato alguno.

Y con ésta son tres las damas que revelan sus incontenibles y exaltadas aficiones caninas.

Y luego, Puerto Aguirre. Y de aquí a las cataratas tan sólo veinte kilómetros.

De su magnitud y belleza, qué podría decir yo que se aproxime a esa!

Forma el Iguazú en lo más recio de la selva una curva graciosa que se ensancha antes de las caídas. Es una frente límpida y serena de mujer, que plácida mira el infinito. Caen las aguas a raudales al llegar al borde y piénsase en el nacimiento de las cabelleras rubias de veinte diosas de los ríos y de las fuentes, de veinte Nereidas, que sueltan sus maravillosos rizos esponjados. Son copos que riega el rocío de un pulverizador milagroso, y que sin cesar se esparce, en partes copioso y en otros tenue, como una nube blanca que oculta el fondo del abismo, del que sólo nos alcanza su ronco fragor.

Y para colmar el milagro de ese esplendor, el espectro solar, la descomposición de los rayos del astro rey, en infinidad de arcos de la paz, nitidos, pequeños y grandes, que aparecen y se ocultan en un juego infantil, dándole al conjunto la inmensa grandeza del himno más luminoso y armónico que la naturaleza de nuestro planeta pudo elevar al cielo.

Y todavía, y cuando el viajero se aleja, y entre la selva oscura y por encima de ella, percíbese una nubecilla verde y roja que, agitándose suavemente cual un sedoso y tenue pañuelo de colores, se despide con su único lenguaje de exquisita cortesía.

Y luego, a bordo de nuevo.

Un drama nos acechaba. En una noche oscura; el ruido de un choque. Unos gritos desesperados. Nuestro vapor retrocede. Baja una lancha que equipan cuatro hombres. Escudriñan las tinieblas en el río. Se oyen algunas voces. Regresan doce. Ocho de ellos empapados, lívidos, tiemblan azorados. Todo esto en el espacio de diez minutos. El barquito embestido desapareció en las profundidades del Paraná. Se cuentan los hombres. Falta uno, dicen. Eramos nueve. Un muchacho paraguayo que estaba enfermo y arropado en su poncho, fué el triste tributo de esa brevísima tragedia.

Y en marcha de nuevo. La vida también aquí ya quiere llegar a una normalidad. Ya son pocas las novedades. Los novios más tranquilos. El repertorio de cuentos verdes algo agotado y las curiosidades satisfechas, apagan un tanto los bríos de todo el pasaje. Recién cae el telón y algunos episodios confúndense un poco en mi memoria. Es el tiempo que sigue su marcha inmutable en su acción destructiva.

Queda en mi mente como punto principal, culminante e indeleble, la inmensa belleza de las cataratas, obstinándose en surgir, también, con frecuencia, la visión fugaz y nítida de aquel diablillo travieso e inquieto ceñido en su pijama escarlata.

Es la mujer, el eterno y adorable femenino, que no tolera posiciones de segundo plano, que exige su puesto de honor, que no cede su cetro, que se hace presente y se impone siempre en la mente de los hombres en sus infinitas y tentadoras manifestaciones.

De mi Diario de Viaje. Agosto 1936." (p. 55-63)



Iguazu2


5. LA MUSICA Y EL TEATRO


Elida y Haroldo gustaban mucho del teatro y de la música clásica y solían concurrir sobre todo al y al Sodre a disfrutar obras de teatro, conciertos y la ópera. Mami tocaba el piano y le enseñaba a Susana Pérez Gomar, su nieta y co-autora de este sitio, la Bagatelle en a-Moll "Für Elise" (Para Elisa) (1810) de


Beethoven


Comienzo de "Für Elise"
para escuchar la música presione

Für Elise

Fuente:


A Papún le encantaba que Mami tocara el piano. En el living de la casa de Ricaldoni había un piano de cola. Papún y Mami poseían una gran colección de discos con música clásica de 78 RPM (vueltas por minuto). Cada disco duraba unos cinco minutos.  El long play de '33' se introdujo después de la guerra. Ver más.

Disco

Sús clásicos  preferidos eran las sinfonías de, siendo la sinfonía No. 6 llamada "La pastoral" la que dio el nombre a la estancia.

En el articulo que reproducimos a continuación relata Don Eligio un concierto en el Sodre donde pudo escuchar la de Beethoven llamada "Sinfonía del destino" (escuchar el comienzo) así como también el "Carnaval" de y la obertura del "Barbero de Sevilla" de (escuchar ). No le gustaba para nada el "" de.

Papún poseía un aparato para ver slides en tercera dimensión. Los nietos miraban sobre todo las del infierno con demonios terroríficos de ojos verdes brillantes. Esto les costó más de una pesadilla.

En su ensayo "Es imposible escribir sin temas" (ver más adelante cita Don Eligio el aria del Chevalier Des Grieux del tercer acto, escena segunda: "Ah! Fuyez, douce image" de la de t (1842-1912) estrenada en París en 1884. Escuchar la melodía.

Su hijo Eduardo heredó la pasión por la música y era un excelente guitarrista. De joven solía tocar el órgano en la iglesia de Atlántida.
También ofrecemos el texto "El mendigo hechicero" en el que Papún cuenta la historia de su amigo andaluz que pasaba frente a su casa tocando en su "organillo de manubrio" "un pasodoble y una jota. Otro pasodoble y otra jota, siempre los mismos". En este ensayo se perciben algunos tonos meláncolicos a los que aludimos en el

Organillero
Palermo (Buenos Aires) 1900

Organillero

Fuente:


Las tres horas de las tardes invernales en Montevideo


"En esta vida moderna, se nos ha presentado un problema diario que yo considero de cierta importancia; y es el de cómo se pasan esas tres horas interminables de seis a nueve de la tarde, en invierno, dado que en verano nuestras risueñas playas nos amparan generosamente.


Antaño se terminaba el trabajo a las seis. Luego, una media hora de paseo o de charla con los amigos en una esquina, o en el café, breve término, y en seguida a la mesa.
Se comía – ahora parece que poco se come – a las siete o siete y media. A las ocho y media era necesario estar vestido para ir al teatro, o para alguna reunión de casa de familia, o en el Club, etc.


Ahora, lo poco que se come, nadie lo come antes de las nueve; y de las seis a las nueve son tres horas largas, larguísimas, interminables.


Es cierto que tenemos de tarde los teatros y los cines que bastante nos alivian. Secciones con denominaciones de aperitivos, aperitivos espirituales. Y todavía, como práctica social, las reuniones de damas y caballeros, en los cafés y en las confiterías, donde se ingieren los reales aperitivos burldos, porque las gentes no se resignan a pasar solitarias en sus casas el tiempo que les queda antes de la comida, ni a dejar de gustar los agradables y perniciosos licores.


Yo, como todos, sigo la caravana, naturalmente.


El sábado me invitaron para un concierto vespertino en el "Sodre", a palco. Resolvía la tarde, y además acepté la invitación porque era a palco.


No soy un aficionado muy entendido, debo confesarlo. Puedo apreciar algunas cosas; pero hay otras que son para mí imposibles de entender, verdaderos misterios, a pesar de mis tenaces empeños. No digo ligeramente, como la mayoría de las personas, que no son buenas ciertas producciones, porque alguien me enseñó que debía decir que no las entiendo. Y para convencerme, un erudito y distinguido caballero, en París, discutiendo ese tema, me dijo: "Le voy a leer una página estupenda de las cosmogonías de Sócrates". Y me la leyó en griego. Naturalmente, no comprendí nada. Y le repliqué: "¿Por qué está en griego?" Me la tradujo, y tampoco la comprendí. Esa demostración era la evidencia. Uno puede comprender las palabras, de la misma manera que siente las notas aisladas, pero no alcanza al fondo del asunto, su belleza íntima.


Ahora les explicaré por qué prefiero ir a palco a los conciertos. Porque cuando los temas son enigmas impenetrables, para mí, y bravos, retrocedo lentamente, y sin hacer el menor ruido, para el antepalco, y me escabullo, gano la calle en un momento, respiro libremente y siento en el acto cierto alivio.


Esto no es posible hacerlo en otra localidad cualquiera. En los conciertos hay que observar un silencio religioso. Se cierran todas las puertas en cuanto comienzan las ejecuciones. Aparece, al menor ruidito, imperceptible, un letrero sobre el proscenio, de color rojo vivo, que le dice al público, "Silencio". Y de este letrero imperativo, se hace, yo creo, un poco de abuso. he presenciado, más de una vez, en ciertos momentos en que el público se siente realmente poseído de entusiasmo, ya con las manos en alto, con vehementes deseos de estallar en aplausos, aparecer, con el efecto de una ducha fría, helada, el letrerito de marras que repite, "Silencio". Y lo peor es que ya después no aplauden lo mismo. Se les entibia el entusiasmo y se advierte claramente que aún están bajo la impresión de la ducha fría.


Bien: en este último concierto, oí con placer el Carnaval de Berlioz, la Quinta Sinfonía de Beethoven y la obertura del Barbero. Todas composiciones a mi alcance.
El teatro estaba espléndido. Lleno de mujeres elegantes, de semblantes, en general, satisfechos. Las mujeres que están elegantes siempre tienen caras más felices que las que no lo están, y aunque no entiendan mucho se divierten. En cambio, los hombres, como yo, en cuanto no entendemos, nos aburrimos. Y no creo que haya duda alguna, que una mujer bien vestida, con un traje que le siente bien, no se aburre nunca. Por eso le decía, yo, a una señora que me confiaba un poco avergonzada, que no sentía tanto como antes la música: "Será, señora, porque usted no se preocupa, ahora, tanto de sus vestidos como antes. Hágase hacer un lindo vestido en una modista cara, y cómprese un modelo de sombrero bien a la moda, vaya luego a un concierto, y por difícil que sea, se dará usted cuenta en seguida, que el espectáculo es otra cosa".


A mí me sucede, en cuanto no comprendo, que mi atención se fatiga, y entonces mi pensamiento se escapa de la sala, huye. Y esto me pasó el otro día en cuanto empezó el concierto de violín acompañado con la orquesta.


Era muy difícil para mí entenderlo. Yo comprendría perfectamente las inmensas dificultades que vencía el ejecutante. Pero las veía, no las sentía. Veía claramente que aquello imponía un esfuerzo enorme, y además era largo. Y el concertista sudaba y sudaba. Tres o cuatro veces tuvo que secarse el sudor que le corría por el cuello, la frente y las manos.


Entonces yo pensaba en estas cosas, pues se había presentado otra vez el caso de las cosmogonías de Sócrates y me era imposible seguirlo.


Terminado ese número del programa, correspondía a continuación el Bolero de Ravel. Dos amigos míos, excelentes melómanos, me había dicho que en cuanto empezara el Bolero de Ravel ellos se iban del teatro, porque les parecía insoportable. Le comuniqué esta opinión a mi huésped, en el palco, y él me contestó que si no fuera por las señoras que acompañaba, él también se iría. Y yo, como tenía confianza con ellos, en cuanto sonaron los primeros acordes, siguiendo mi vieja táctica, retrocedí lentamente y gané la calle. Había salvado el peligro. Llegué a mi casa, me dejé caer sobre un sillón, estiré mis piernas, y al calor de un alegre fueguito compuse esta croniquilla. Y así, dí por transcurridas satisfactoriamente las tres horas temibles en esta tarde. 


Pero es el caso que este es un problema que se nos presenta diariamente. ¿Y cómo podré resolverlo mañana, pasado... todos los días?" (p.145-149)



El mendigo hechicero


Entreabro los ojos. Son las ocho. Vuelvo tardíamente a la realidad de vivir. Desperezo, con cierta fruición, mis miembros entumidos; pero paréceme que no tengo el espíritu muy bien dispuesto.

¿A qué aspiro? ¿Qué pido? ¿Qué quiero? Bien no lo sé. Noto en mí, esta mañana, una tendencia sombría y esa opresión, esa inquietud, que nos impulsa a exigir de la vida siempre más de lo que buenamente nos brinda.

Sin embargo, una previa y ligera indagación atmosférica, a través de los vidrios de mi ventana, revélame la existencia de un sol radiante que alegra los árboles y las flores de mi limitado panorama, y esto me reanima un poco.

Oigo, en seguida, el risueño y a la vez melancólico sonido de un organillo de manubrio. Es mi amigo, el andaluz, en la calle, que se acerca; propietario legítimo de ese primitivo y descalabrado instrumento musical fabricado con trozos de caña. Suele visitarme. Somos amigos.

Sabe, el humilde, que lo recibo con agrado. Sabe, también, que a esa hora estoy afeitándome en el cuarto de baño. Esta higiénica dependencia de mi casa, antigua, casi vetusta, tiene una ventana a la calle, muy baja, de reja.

Y sabe además, y sobre todo, que por un convenio tácito, yo entreabro automáticamente esa ventana cuando oigo que se aproxima, para alargarle la mano con algunos centésimos.

El andaluz, con su concierto matutino, que inflamará la cólera de los noctámbulos, me inunda de alegría. Alimento una viva simpatía por ese pobre hombre, a quien considérolo, además, un amuleto eficaz, de virtud insuperable. Aunque ésto es ya algo de mi fantasía.

Cambiamos los buenos días, y cierro en seguida la ventana. Un pasodoble y una jota. Otro pasodoble y otra jota. siempre los mismos, constituyen su no muy vasto repertorio musical, un tanto desafinado, con tiempos irregulares; pero con sonidos suaves y dulces como silbos de aves cantoras.

El pobre andaluz es viejo; tiene una cara bondadosa de víctima resignada. Tiene, también una cotorra paradita sobre ese miserable organillo que lo sustenta. Compañera inseparable, humilde y simpática como él; desdichada y cautiva pitonisa, saca la suerte, y de vez en cuando injerta, siempre a destiempo, sus importunos, estridentes y desafinados chillidos, entre las notas de esas alegres composiciones del folklore español.

Se aleja el andaluz y su órgano. Me visto y me desayuno, y a la calle. No quiero penas, no quiero preocupaciones, a lo menos por esta mañana. Vino el andaluz. Me pondré mi armadura de bondad, de tolerancia, de filosofía...

Camino unas cuadras y llego a la esquina con el propósito de tomar el tranvía.

Siéntome más optimista. Iníciase el sortilegio del mendigo hechicero.

De pie a mi lado, advierto a una negrita joven. Tendrá veinte o veinticinco años. Qué hermosura! Pero, no la negra; su juventud. La negra es atroz. Madre prolífica, ostenta dos pequeños vástagos de bronce. Parecen mellizos y mamones. Uno en cada brazo. Flacos, los chicos. Macilenta, ella. Encantada los contempla con su aspecto casi famélico, y les sonríe mostrándoles sus blancos dientes, a los dos monitos, que se agitan un poco al sentir la trasmisión del calor de esa mirada que ellos solos aprecian, comprenden y festejan.

Serán el fruto, seguramente, de un idilio de amor. El amor hace prodigios; pero cuando pienso en este poema voluptuoso, me estremezco. Aquí tiene que haber actuado también dulcemente un Romeo. ¿Y cómo será?  No quiero saberlo. Sólo puedo afirmar, una vez más, en este caso, que Cupido es a veces un monstruo. Alcanza todos los extremos. ¡Hasta dónde es capaz de lanzar sus flechas divinas!

Pienso, en seguida, que en el sorteo de nuestras existencias, pudo haberme tocado un número semejante en este mundo.

Bien o mal, podría, el Omnipotente, haberme ubicado entre la categoría de los negros o de las negras. Pude, perfectamente, ser, yo, un negro, como podría haber sido abogado o prestamista, lo que, nada de ésto, por suerte, tampoco lo soy; o ser la negra, y tener que amamantar, entonces a los dos negritos... Me espanto otra vez.

Excítase mi mente y paréceme que he orillado un abismo traidor. Estoy aterrado. Quiero huir; mas la voz del mendigo detiéneme y me dice: Ahí tienes otra vida, obsérvala con detención. ¿De qué te quejas?

Sobrepónese con energía mi pensamiento a esas oscuras y tenebrosas imágenes.

Mírome mis manos blancas y limpias. Salto de alegría y de dicha, y al comprobar la verdad de mi ruin impotencia en esta vida, siento ansias de gritar. ¡Ya nada quiero! ¡Nada pido! ¡Soy un hombre feliz! (p. 51-54).


6. TENACIDAD Y AUDACIA


Reproducimos a continuación un texto en el que Papún alude a la vida en casa de sus padres, Luis Federico Capurro de Castro y Ema Ruano, discurriendo sobre dos virtudes clásicas, la tenacidad y la audacia, la andreia de los griegos y la virtus romana, ejemplificadas en el cocinero gallego Evaristo y el aviador norteamericano (1902-1974) y... su gato. Más de Don Eligio como filósofo en el.

Charles Lindbergh

Charles Lindbergh
Fuente:

Papún cita a la una estatua que él había admirado personalmente en el en París. Es curioso que no reflexione sobra la paradoja que en la tradición greco-romana la tenacidad y la audacia sean virtudes eminentemente masculinas.


La Victoria de Samotracia

Samothrace Louvre

Fuente:
Ver también aquí:


La Victoria de Samotracia no simboliza en realidad a la audacia sino que personifica, como lo dice su nombre, a la victoria (en griego nike) como atributo de la siempre pensativa  y deliberante diosa. En la hay un famoso templo dedicado a la   (nike aptera). El escultor había creado para el una famosa escultura de "Atenea Parthenos" sosteniendo una nike alada en sus manos.

La "Atenea Parthenos"de Fidias

Atena de Fidias

Fuente: http://fr.wikipedia.org/wiki/Phidias
(ver también )


Tenacidad y audacia


La bondad de las ideas que conciben los hombres, tiene un valor relativo, en cuanto a su trascendencia; todo depende de la tenacidad con que se sostienen.


¿Qué les parece esta sesuda sentencia?... Pero no se alarme, el lector, no tengo el agresivo propósito de hostilizarlo en tan grave tono de magister dixit; aunque, un poco en serio, creo que es uno de los resortes fundamentales que llevan al éxito y al triunfo.


Claro está que hay además muchos otros factores, sin excluir la ciega fortuna, la inteligencia, la preparación técnica, la capacidad práctica, etc., que colocan al hombre en envidiables posiciones; amén de la ausencia de escrúpulos, el engaño, la hipocresía, el servilismo, el robo, la traición, tan de moda ahora y otros no menos estoicos, solapados y utilitarios atributos, que con astuto y bien disimulado artificio, suelen dar fuerza y dinero, y por tal, fingida e interesada consideración.


Mas, las dos manifestaciones excelsas, que llevan al éxito, que me conmueven, me sorprenden, me subyugan y me encantan, son la tenacidad y la audacia. Me parecen, en el fondo, de esencia ideológica, nobles y heroicas.


La primera constituye el triunfo infalible y doloroso, a largo término, a paso lento, con la propiedad noble del acero, firme y resistente; la otra, la audacia valiente, es la victoria brillante, gloriosa, o la desaparición y el aniquilamiento con el consiguiente ignominioso olvido. Y para los espíritus nobles, de ideales ardientes, son ambas, áureas virtudes, extremas y opuestas, y no exentas, con frecuencia, de cierta comicidad.


Voy a referir un ejemplar caso de tenacidad que registró mi memoria desde hace muchos años.


Había una ve, en casa de mis padres, un hábil, bondadoso y simpático cocinero, gallego. Llamábase, Evaristo.


Un día, obedeciendo quién sabe a qué impulso recóndito, recogió un trozo de caña. Con éste, al parecer inofensivo, tallo nudoso, ingenióse e hizo, él mismo, con un fierro candente, una flauta. Luego ensayó su sonido, que lo cautivó.


Por supuesto, no conocía ni una nota de música. No obstante, fué, para él, ese momento, una inspiración del numen. Orfeo se introdujo y se instaló definitivamente en ese cerebro inculto. Decidió, Evaristo, que debía llegar a ser un gran flautista. Peregrina ocurrencia para un cocinero.


La violencia de su inclinación fué más fuerte que todo, que la cocina, que su mujer, que la hija; porque también tenía mujer e hija.


Con algunas economías compró, más tarde, una flauta auténtica que acariciaba con amor; y desde ese día, había quedado tácitamente establecido que en nuestra casa no se podría comer. O crudos, o recocidos, o fríos, llegaban los cotidianos y domésticos alimentos a la mesa, en homenaje a esa impetuosa inspiración artística. Ese ilustre flautista tocaba siempre, de día, de noche, entre plato y plato, a toda hora. Era el más alto exponente de una tenacidad feroz. No quería fortuna, no quería amor, no quería cocina, no aspiraba a nada; él únicamente anhelaba con ansias insaciables, sólo comparables a la exaltación religiosa del más fanático cenobita, a tocar la flauta; e iluminado por su rutilante estrella flautera, vivió feliz, desde ese momento.


Después de muchos años de constante dedicación, llegó a tocar en los cinematógrafos y en los teatros. Y ahora, viejo caduco, con más de setenta y cinco años de edad, prosigue, soplando siempre, sin desfallecer, con el mismo candor pueril, su sonoro y exclusivo ideal.


Creo haber traído con felicidad, un indubitable caso de tenacidad, modesto y elocuente, y deseo justificar ahora, mi profunda admiración por los audaces.


Lindbergh, me servirá de ejemplo. Este volátil y heroico súbdito norteamericano, es el caso más extraordinario de osadía quese me ha dado observar en mi vida, y merece algún análisis.


Es delgado, alto, altísimo. Pálido, rubio, con ojos claros y dulces, de suave mirada infantil, casi inocente. Nada revela en su exterior, osadía e impetuosidad. Y, sin embargo, el que haya cruzado el océano impresionante en toda su inmensidad, cómodamente instalado en un transatlántico, a buena marcha durante seis o siete días, sin parar de dia ni de noche, rodeado de agua y cielo, y observe un aparato del tipo que usó Lindbergh, podrá imaginar lo que significa de grandioso y casual el éxito de la fabulosa e inconsciente proeza de ese prolongado personaje y de su gato. Pues sabido es que se introdujo en su frágil aeroplano con un desgraciado e inocente felino, y llegaron amos, después de un ininterrumpido vuelo de treinta y seis horas, desde Nueva York al continente europeo, vivos, ilesos y exhaustos.


Pues bien, esta es la emocionante victoria del coraje; de los sentimientos sobre la razón; del corazón sobre el cerebro, impulso sublime, genialmente simbolizado en la Victoria de Samotracia, que Lindbergh debe haber conocido y sentido profundamente; y sin duda alguna habrá sacado a priori, de zu hazaña, las mismas revelaciones que a mí me sugirió, un día, que atentamente la admiraba en el Louvre.


Obsérvese con detención esa magnífica escultura griega, hecha trescientos años antes de la era cristiana en conmemoración de una gran batalla, y se verá en ella, el símbolo perfecto de la osadía y del empuje.


Sobre la proa de una nave, en actitud de avanzar resultamente, ha sido tallada esa figura de mujer robusta y valienta. Cúbrela una túnica que agitada por el viento, adhiérese al cuerpo y permite descubrir su torso de atleta, el avance firme de su pierna derecha, y su rígido muslo. No puede haber más movimiento en una inmóvil estatua de mármol. Desplegadas las alas, con el pecho saliente y agresivo, que invita a la acción, parece estar diciendo, "adelante"; y para colmo de simbolismo quiso el destino perfeccionarla en su misión. La  mutiló arrancándole la cabeza; y se advierte claramente, que afirma, con su recia actitud, más ahora que antes, decapitada, una idea que puede sintetizarse en breves palabras: "Para vencer no es necesaria la cabeza; y aun mejor es sin ella; el osado ejecuta y no piensa; valor y adelante".


Esto es lo que debe haber convencido a Lindbergh. Y el coloso venció, y no cayó al mar, ni al abismo ignominioso del olvido, y plenamente justíficase el asombro y la admiración que el mundo, atónito, le tributó, alcanzado que hubo el éxito.


Y luego, parece que ha sustituído al inocente gato por una mujer, su mujer, no menos inocente que un gato por ser mujer, que tampoco ha de tener mucha cabeza, lo que, por suerte, no es inconveniente para el caso, que lo acompaña impasible y sonriente, en todas sus temerarias y descabezadas empresas." (p. 33-37)



7.

Los Capurro Etchegaray poseían una hermosa casa de vacaciones en el de la que disfrutaron también sus nietos.

En "Ni bufas ni trágicas" describe Papún dos viajes en ferrocarril a Atlántida, a una velocidad de ochenta kilómetros por hora, uno en el "Aguila Verde" "en primera clase" y otro en el "Aguila Azul". Los Capurro Etchegaray tenían un azul. El chauffeur se llamaba Renovato.

Estación Central de Ferrocarril
construida por el Ingeniero Luis Andreoni
inaugurada el 23 de junio de 1897

Estacion Ferrocarril

Fuente:

En su viaje en tren a Atlántida, Papún reflexiona sobre los nuevos medios de comunicación, en especial la radio, cuyas molestias de entonces son muy similares a las actuales. El texto incluye sabrosos comentarios sobre ropa interior femenina marca "Evva".

Es interesante observar que Papún, siempre del lado del progreso, piense que para solucionar el problema del ruido producido en el vagón por la radio se podría inventar otro aparatito que lo aislara a uno de toda clases de ondas "cortas y largas" y "que nos conecta y nos desconecta a voluntad". Esta idea es hoy realidad - con otras consecuencias.

Reproducimos también un texto con el título "Nudismo y pudor" en el que Papún se muestra defensor acérrimo del pudor como valor moral, visto desde una perspectiva que hoy llamaríamos tal vez romántica, poniéndose un poco irónicamente del lado del clero y de la policía!

Una nota al márgen: en este ensayo dice Don Eligio que, según la Biblia, Eva, después del pecado, se cosió un delantal de hojas de higuera y no de parra como se suele creer. En realidad, en el relato del Genesis (cap. 3, verso 21) dice Moisés que Yahvé mismo les hizo a Adán y Eva  vestidos de pieles. Un dios modisto, entonces y... seguramente debería de estar fresco!

Sobre la historia del ferrocarril en el Uruguay consultar de Marcelo Benoit. Ver también una foto de la Estación Central de Ferrocarril.
Sobre Atlándida ver: Federico Bonsignore Caro: , WorldPress 2011.


Casa de Atlántida de la familia Capurro Etchegaray (ca. 1964)
Rambla y 12
Casa Atlantida
Casa de Atlántida hoy (2008)
casa atlantida 2008
Atlántida ayer y hoy
Atlantida
Fuente:
Un viaje en el Aguila Azul


Veraneo en un balneario del Este, y suelo viajar en auto, pero sugestionado, no hace mucho, por el anuncio de unos nuevos coche-motores, que han bautizado con los simpáticos y sugestivos nombres de "Aguilas Blancas" y "Aguilas Azules", me decidí a cambiar de vehículo y a ensayar ese nuevo método de locomoción. Como soy por temperamento progresista, marcho en las avanzadas.


El itinerario decía y dice que salen los "Aguilas" a las nueve y media. Puntual, a las nueve y veinticinco estaba en la estación. Le pregunto al jefe si el tren salía a esa hora.
– Sí, señor – me contesta;  – pero hoy viene algo retrasado.
– ¿Mucho? – le pregunto.
– Sí, bastante.

– ¿Pero siempre – insisto – ha de venir a la hora?

– A veces.


Estas fueron sus últimas palabras. como se comprenderá, quedé algo intranquilo. En fin, el coche llegó a la diez. Es decir, pasan, o más bien se deslizan, los "Aguilas" en parejas, a corta distancia uno de otro y sólo paró en la estación un azul. Experimenté en ese momento una pequeña decepción. Habíame hecho la ilusión de viajar en el blanco. Me parecía más bonito: sentíame, esa mañana, con espíritu romántico, un tanto iluso, todavía algunos débiles retoños, aunque efímeros, aparecen por incidencia. Tuve que resignarme y aceptar el azul; creo que es igual al blanco, sólo diferénciase el color del plumaje. Me encajo, pues, en el azul.


Estribo, cómodo. Primera impresión, óptima. Moderno. Limpio. Agradable. Velocidad excelente. Marcha perfecta. El atraso es pequeña cuestión de organización. Demora ocho o diez minutos en cada parada. Sobre una hora de viaje, media de atraso. Pero esto es un detalle sin importancia; es sólo cuestión de paciencia, y se comprenderá que si me he decidido a escribir, no ha de ser en balde ni para resolver tan nimio y limitado asunto. Mi finalidad tiene más vastas proyecciones.


Había omitido, hasta ahora, la profunda impresión, el choque, que experimenté al penetrar en el "Aguila". Una radio, sí, señores, una radio a toda máquina, potente, violenta, estridente, bárbara, irritante, agresiva, que no paró ni un solo momento de atormentarme durante una hora y media. Llevaba un libro que deposité sobre una mesita, y así quedó, sin ni siquiera intentar abrirlo, piadosamente vigilado, a la par de otros. Esas poderosas voces parecían salir del fondo del vagón y de abajo del asiento en donde se había sólidamente instalado una señora enorme de gruesa. No era posible leer.


Emboqué, de entrada, un corito de una opereta; a continuación, dos o tres anuncios reclames; en seguida, "Lucevan le stelle", un tango, un pasodoble, más reclames, y así sin resuello, a las nueve de la mañana. Recién había tomado el desayuno.


El Fernet Milano – repitió por lo menos treinta veces el speaker – limpia el intestino, es aperitivo y digestivo. La ropa interior mejor es la de jersey marca Evva, con dos v, así la pronunciada. Presiona el speaker, con singular insistencia, la v en Eva. Un recauchutador, palabra nueva, y el recauchutaje, también, y no sé cuántas cosas más, indispensables para la vida moderna. No me quedaba otro recurso que mirar el paisaje y vagar con el pensamiento sobre los temas que con tanta insistencia me ofrecía la radio.


La obsesión del Fernet Milano me impresionaba un poco; pero deseché esa idea en el acto. No me atraía la limpieza del intestino, ni el aparato gastro-digestivo y conexos. Y juré, en venganza, no probar el Fernet Milano en mi vida.


Prefirió mi fantasía rondar la ropa interior marca Evva, y mitigaba mi suplicio pensando en mi vecina de enfrente, joven y bella figura, y veíala, en mi risueño pensamiento, en graciosa actitud con una elegante combinación de jersey. Pero en seguida sugirióme el anuncio marca Evva, una seria objeción. Debe referirse, el anunciador, indudablemente, a la Eva de la fruta prohibida, a la más célebre, me dije. Y si se refiere el anunciador a esa Eva –y no puede ser otra– el título no tiene afinidad alguna y es absurdo. Eva nunca usó ropa interior ni de jersey ni de otro tipo. La Biblia dice que después del barro en que nos ha metido, porque antes vagaba completamente en cueros, digo, después del pecado, se dió cuenta de su desnudez y se cosió un delantal de hojas de higuera, un modesto delantalito, y como se comprueba de hojas de higuera; y puntualizo este detalle que desvirtúa la creencia general con respecto a la hoja de parra, dejando constancia de esta secular y honesta gloria de la higuera.


A mí me parece que Eva debió haber hecho también un soutien. Soy partidario del soutien, y francamente si se le hubiera ocurrido, con toda facilidad, aprovechando algunas de las infinitas variedades de hojas que tiene la naturaleza, sencillamente, con un hilito y dos hojitas, pongamos las de geranio, que son bonitas y olorosas, colocándonos en el extremo mínimo, hasta la del filodendro, según el caso, estaba perfectamente resuelto el asunto.


Pero las cosas habían sido dispuestas de otro modo. En seguida después del pecado, apareció Jehová, que se paseaba por el huerto en el Edén, llamó a Adán y a Eva, descubrió el desaguisado, les dió un tremendo reto, condenó a todo el linaje, e "hízoles a Adán y Eva túnicas de pieles y vistióles". Por lo visto, no le pareció bastante decente el delantal. (¿Que dirá ahora si ha visto a algunas de nuestras bañistas?) Y hete aquí que en un momento, como quien no quiere la cosa, la mujer condenada a sufrir, el hombre a sudar para ganarse el pan, y Jehová, que con la confección de las túnicas, echa la simiente de ese temible y afeminado gremio de los modistos que contribuyen con indiscutible eficacia a que las mujeres sean cada día más adorables y más caras.


Una nota descomunal, final de una romanza –debía ser un do de pecho– me hizo temblar en el asiento. La sostuvo, el muy bruto, por lo menos durante dos kilómetros de marcha. No podía moverme, no podía sallir del vagón, no era posible tirarme por la ventanilla, marchaba el motocar a ochenta kilómetros y una mano férrea invisible me tenía allí apretado en mi asiento, sin escapatoria posible.


Mi divagación paradisíaca se disipó por completo. Sentíame impulsivo. Resolví, en el acto, enrolarme en alguna de esas sociedades o ligas que existen contra los ruidos; pero en seguida pensé; no puede haber nada que se oponga al progreso, todo será inútil y al punto brilló la chispa en mi cerebro. La única manera de defenderme, en estos casos, sería la de inventar un aparatito eléctrico, pongamos un sombrero, un collar, unas caravanas, lo que sea más conveniente, que se aplique a la víctima, con una llave que lo aisle de toda clase de ondas cortas y larga, que nos conecte y nos desconecte a voluntad; que nos libr de los coros cursis, de los anuncios, de "Tosca", de esas charlas grotescas, y de todos los ruidos inoportunos que nos revientan los tímpanos, de manera que cuando queramos leer con tranquilidad, en casos semejantes, tengamos el derecho de hacerlo sin estar obligados a oír a la fuerza a  todas esas porquerías, de la misma manera que cuando uno no quiere ver algo que le desagrada tiene la facultad de hacerlo con sólo cerrar los ojos.


La idea queda lanzada, así, a cuatro vientos, y no dudo que encontrará a algún filántropo que la llevará a la práctica en defensa del buen gusto y del aparato auricular de la humanidad, sin exclusión de las desdichadas víctimas que tienen la necesidad de viajar en el "Aguila Azul". (p. 17-22).


Un viaje en el Aguila Verde


"Quiero advertir al lector, que no invento ni exagero; y que no es el espíritu de crítica, sino el de crónica, el que me guía al escribir este artículo.


Se trata de una amena hora de viaje en un coche-motor, entre Montevideo y Atlántida; de una hora teórica, bonificada, ordinariamente, por el espíritu generoso de la empresa, y los felices signos que caracterizan a esta época de abundancia y excedentes, con un suplemento de tiempo que oscila entre diez y treinta minutos, por el mismo dinero y sin recargo alguno. En este viaje, sólo nos acordaron veinticinco minutos más.


Aguila Verde le llamaré al coche-motor que me cupo en suerte. No estoy seguro de esta denominación; pero como hay otros similares, aunque de distinto plumaje, que se les llama Aguilas Blancas y Azules, creo que a éste le corresponde ese título, pues tiene el sugestivo tinte de la dulce esperanza.


A las seis menos cuarto de la tarde, de un día de fuego y pesado de este mes de Enero, entraba, lento y silencioso, mi Aguila Verde, a la estación del Ferrocarril Central, a colocarse en su sitio de arranque.


Quince o veinte pasajeros lo esperaban, y se precipitan, entre ellos, yo, con el fin de conseguir ubicación conveniente.


El coche estaba ardiendo. Parecía un bollo recién sacado del horno. Había pasado toda la tarde expuesto a un sol canicular, cerrado y protegido del viento entre los galpones de la empresa.


Nos sentamos en esa hornalla y se abrieron todas las ventanillas, pero quiso aumentar nuestra desventura, una máquina que rugía abrasadora, andén por medio, con un poder de irradiación impresionante.


Así empezó nuestro viaje. Sudando a mares.


Estos coches motores, constan de primera y de segunda. Esta última, con doble capacidad de la primera. No tienen nada más que una sola puerta, tal vez por aquello que "casa con dos puertas es mala de guardar". Para entrar a la segunda es indispensable cruzar por la primera.


Nos encontrábamos todos sofocados, tratando de no ahogarnos, sobrero en mano, sacos abiertos y dándones un poco de aire con cuanto venía a nuestras manos.


Yo puedo asegurar, que la atmósfera de aquel vagón repleto era realmente mortificante.


Por fin se mueve nuestro independiente coche-motor. Pensaba respirar un poco, cuando veo que se le ocurre a la dama que dominaba la ventanilla, cerrarla, porque el viento le desordenaba el peinado, que ella arregló cuidadosamente.


En cada estación subían más gentes, las que, después de haberse embretado, de pie, en todo espacio libre que quedaba en segunda, invaden la primera para hacer lo mismo, sin reparo alguno.


Aquello era ya un mazacote de gentes de ambos sexos, y se podía advertir, desde el lustroso moreno de origen africano, de cabellera rizada, hasta el lácteo, lacio y rubicundo nórdico europeo, toda la gama de los tonos epidérmicos, y de todas las edades, desde el niño de pecho hasta el venerable anciano de más de cincuenta años. Y si debemos estar a la declaración que hizo en alta voz un caballero, a quien varias personas saludaron con el honroso y académico título de doctor, y cuya veracidad no se debe poner en duda, esa sección de primera, tenía una capacidad para diez y seis personas y éramos treinta y ocho.


Se levanta, en Pando, la dama que tenía a mi lado, y la sustituye en el asiento una madre joven y fecunda, con tres niños más. Ya éramos cinco en este reducido espacio.


Ubica, la madre, a uno de los chicos en su falda, a otro de pie lo recuesta en ella y coloca al tercero sentado entre ella y yo.


El estado de compresión a que yo estaba sometido, era máximo.


El chico que estaba de pie se puso pálido, y repetía ciertas contracciones toráxicas amenazando un desborde que me tenía preocupado. La valiente mujer alentó la resistencia del muchacho, y por suerte no pasaron las cosas a mayores.


El otro chico de siete u ocho años que me separaba de la mujer, solía poner su manita abierta y ardiente sobre mi pierna. Yo no le veía la cara que se ocultaba debajo de un sombrero de brin algo sucio y desflecado: sin embargo, yo presentía una maniobra oculta. Y en efecto, esa manita, a pensar de la constante y secular lucha que sostienen las madres con los niños, realizaba en las fosas nasales de su dueño, una labor inmensa, dejando deslizar, luego, su travieso dedito por mi pantalón, con astuto disimulo.


Por suerte tenía yo en mi mano un ejemplar de un periódico antidictatorial, combativo y bien escrito. Y ahora se verá hasta dónde puede alcanzar la acción valiente y bien orientada en un momento oportuno, del periodismo independiente.


Doblé ese diario con cuidado, y cuando apareció la mano cautelosa de regreso de su exploración, con no menos disimulo, le opuse como una lanza, la punta de mi rollo, y pude comproar que se batía en franca derrota, algo fastidiada.


Pero estaba en libertad. Y a veces la libertad es fatal. Esa mano libre, volvía en seguida, ágil e inquieta, a su improba tarea, cual mariposa a su flor.


En lo más recio de nuestra solapada, silenciosa y original contienda, nos encontrábamos, cuando nos sorprende un estruendo formidable. ¡Patatrac...! Y en seguida se mezcló, a las ya violentas y ácidas emanaciones que nos envolvían, una mayor y más penetrante. Algo se le había caído a un pasajero que estaba de pie. Era una botella que derramó todo su contenido por el piso del vagón.


Unos decían que era caña, otros, alcohol de quemar, otros guindado, otros fernet, una vieja apergaminada dijo que era aguardiente con no sé qué yuyo para el "romantismo". Era evidente la disparidad de opiniones, y se notaba cierta inquietud entre la concurrencia. Al fin, se agacha un señor y levanta, por el cuello, el cuerpo mutilado, inerme e inerte de la víctima que aún conservaba una etiqueta que decía "Oporto". ¡Cómo sería ese oporto! Pero todos comprobaron la verdad y se tranquilizó el ambiente.


Por suerte, pocos momentos después, había dado término a mi desdichado viaje, y a empujones, chapaleando oporto y pisando vidrios, me abrí camino y atravesé esa atmósfera suculenta y espesa, y pude respirar, por fin, en el andén de la estación de Atlántida, unas bocanadas de aire puro, tan ansiadas por mis narices y mis pulmones torturados sin piedad, en ese viaje "de primera clase"." (p. 111-115)


Nudismo y pudor


"En una estampa de una antigua edición mitológica greco-romana, que hojeo, por incidencia, adviértese al numen pagano, Júpiter, en el Olimpo, sentado en su trono, soberbio y poderoso.


Tiene a su diestra a una mujer, fuerte, de serena mirada, la Justicia. A su izquierda, una frágil doncella, ataviada cual antigua tanagra, con una simple y pundorosa túnica griega. Encarna, esta última, una deidad de todo punto adorable. El Pudor. Son dos sugestivas divinidades alegóricas de artística cepa helénica.


Yo no sabría decir si la justicia impera aún en este planeta, y mucho me temo lo contrario; pero asevero, sin titubear, que el pudor, ese don divino que protegía a la mujer como un tenue velo, despreciado y escarnecido, en franca derrota encuéntrase.


La contemplación de la vida cotidiana en nuestras playas, en la última estación, nos ha dado una pauta decisiva a este respecto.


Cabe, en estas líneas, una brevísima referencia para los hombres. El espéctaculo que nos ofrecían era repelente. En desagradable promiscuidad se pasean, hércules, efebos, altos y bajos, gordos y flacos, con sus trajes de baño desprendidos y el torso descubierto. Viejos adiposos, deformados por las afrentas del tiempo, con vientres abultados, pechos hundidos, verdaderos macacos adultos, se lucen con cierta indecorosa inconsciencia. No puedo dejar de aplaudir la última disposición policial que obligó a los hombres a cubrir un poco más sus grotescas humanidades.


En cuanto a las divinas mujeres, ya es otra cosa. Se ha llegado a un punto en que no saben éstas, qué descubrir, o cómo descubrir lo poco, lo poquísimo, si cabe esta denominación. Bien ceñido al cuerpo, visten, un diminuto pantalón, el que con cinco centímetros escasos de pierna ya acordó la libertad definitiva a los poderosos muslos. Observándolas de atrás, adviértese la emancipación total de la espalda. De frente, lo absolutamente indispensable con dos cintitas; débiles cancerberos, no muy incorruptibles, pareciéronme. Pero no del todo satisfecho con esto, nuestras bellas sirenas, tiéndense indolentes en la arena, sueltan las cintas y recurren a sus delicadas manitas, que sostienen, entonces, con negligente vigilancia, gracia y coquetería incomparables, esa frágil protección.


A duras penas resiste el pudor su terrible combate, atrincherado en los últimos baluartes, a lo menos por estas tierras; pues todos sabemos que en Alemania, y en otros países nórdicos, en sociedades especiales, practícase el nudismo absoluto, y Dios nos ampare de semejantes extremos. No me atrevo, ni quiero pensar lo que será aquello. Una familia por demás honorable y distinguida que sea, en su vida ordinaria, en una fiesta, en una recepción, debe ser algo atroz.


Por suerte en nuestro medio ya se ha entablado la lucha. El obispo y el jefe político, el clero y la policía, defienden con ahinco, aunque no con gran eficacia, la moral. Predica el sacerdote en la iglesia; ataca esa costumbre disoluta; hace sentir el imperio material de su autoridad hasta los confines de sus dominios, las puertas de sus templos, y obliga a las mujeres a que se cubran sus tentadoras desnudeces en los recintos sagrados. Pero no bien terminan las ceremonias, corren, nuestras devotas, risueñas y descocadas, a ponerse ese pseudo traje de baño y se encaminan a las playas.


Más allí, seguramente, debe erguirse, de pie, Satanás, procaz corruptor, irónico y satisfecho, para proseguir con el Creador, su solapado combate, donde, como siempre y sólo están en juego, se pierden y se ganan, nuestros míseros y débiles espíritus.


Yo creo que el ángel caído está en un error y la iglesia también. Demasiada carne relaja. Y además, de cien mujeres que se desnudan a nuestra vista y provocan el examen de su cuerpo, noventa y nueve nos causan una desilusión. Son los noventa y nueve que sobre cien tienen las piernas demasiado cortas.


Pero, allá, allos, se las arreglen con su contienda. Yo, por mi parte, rindo fervoroso culto al pudor. Siento profundamente el encanto y la belleza de los valores espirituales. No me declaro, ni partidario del clero, ni de la policía. Posiblemente por espíritu de rebeldía en ambos casos. No tolero tutelas espirituales e irrítame la fuerza y la violencia; y sin embargo, en este caso, dispuesto encuéntrome a asociarme a esas dos fuerzas casi omnipotentes, y a marchar, prendido del brazo, con un cura al lado y un guardia civil del otro, para luchar en esta gloriosa cruzada; por el pudor, como valor moral; por la belleza espiritual que encarna, y porque anhelo sorprender, algún día, como emblema de nuestra victoria, excitada por la audacia de una mirada indiscreta, a una bella mujer sonrojarse." (p. 29-32)



En la playa
Enero de 1948
En la playa
En Atlántida
Haroldo (Tato) Capurro Etchegaray: segundo desde la izquierda
Susana Capurro Etchegaray: quinta desde la izquierda

En_Atlantida


En el golf de Atlántida

golf de atlantida


En Atlántida (1934)
de izquierda a derecha
arriba: Elida (Lila) Capurro Etchegaray, Gilberto Pratt, Federico García Capurro,
Eduardo Capurro Etchegaray, Martínez Haedo (?),?, Elvira (Pachola) Boix Micoud,
abajo: Jacobo Varela Capurro, Niní Traverso,?,?, Mario Capurro Etchegaray,
Iván Pérez Gomar, Susana Capurro Etchegaray

Atlantida 1934

de Capurro en Atlántida
Marzo de 1945

Raquel Fonseca


Playa Carrasco
playa carrasco

Playa Pocitos

playa pocitos



8. "REBOLEDO", "LA PASTORAL" Y "VALLE EDEN"


Durante muchas temporadas, desde 1915 a 1940,  los Capurro Etchegaray  iban a la estancia de Pedro Etchegaray (Tatita) en estación Reboledo (Dpto. Florida). Con un casco de unos doce dormitorios, allí se reunían con muchos otros familiares y se participaba de las labores de la estancia, además de efectuarse numerosas cabalgatas, baños en el Río Santa Lucía Chico y otros paseos.


Elida (Mami) y Totota (María Esther Etchegaray de Sosa Días)
con sus hijos en Reboledo

Reboledo


En el patio de la estancia de Reboledo
Graciana Sosa Días, María Esther (Totota) Etchegaray de Sosa Días, Reynaldo Sosa Días,
con los hijos de Elida (Mami) Etchegaray : Haroldo (Tato), Susana (?), Pedro (Pacaco)
al fondo perdices cazadas

Reboledo1


Trabajos de campo en "Reboledo"
Elida y Haroldo (a la derecha)
reboledo trabajos
Pescando en el arroyo Cuadra
Susana Capurro Etchegarary y Mario Capurro Etchegaray
Estancia "La Pastoral" (Dpto. Durazno)
ca. 1930

Susana y Mario Capurro Etchegaray


Los Capurro Etchegaray iban a menudo con sus hijos y nietos a la estancia "La Pastoral" (Dpto. Durazno). Durante los viajes a la estancia Papún contaba a sus nietos que las grandes piedras grises que se veían al costado del camino habían sido originariamente elefantes!
Papún en los bretes de "La Pastoral"
papun en los bretes
 

En "La Pastoral" existía un gran carruaje tirado por varios caballos al que le decían "el breck" y que se solía usar para hacer paseos hasta el arroyo Cuadra o a alguna cañada.

Estancia "La Pastoral" (Dpto. Durazno)

La Pastoral


Haroldo Capurro y Elida Etchegaray
Desayunando en "La Pastoral"

Mami y Papun en La Pastoral


Don Eligio en la Sierra de los tambores
"Valle Edén"


María
Sierra de los tambores


"En una de mis salidas a campaña me encontré, un día, al abrigo de una enramada agreste, apoyada a un rancho de piedra, rústico, que se destaca solitario en el centro de un valle de esa sierra desierta, armoniosa y sombría.

Iluminaba todavía el paisaje, a esa hora, y a flor de tierra, en el occidente, un sol, cruzando entre los claros de los cerros, con miradas de soslayo, sus últimos destellos de una luz ya más débil, más pálida.

Absorta e incierta, mi vista sentíase atraída por tanta seducción, vagando al azar de una perspectiva a otra.

Era un proscenio encantador de belleza, de quietud melancólica y de silencio.

Sólo planeaban, alas tendidas, sin esfuerzo, ocho o diez oscuros cuervos, dibujando con obstinación en el espacio, elegantes espirales concéntricas, guiados por su instinto, que había descubierto una tentadora carniza.

Se advertía una manchita blanquecida movediza en la cuenca del valle, allá, abajo.

Era una madre inquieta, la ovejita de la fábula, que todavía empeñábase en defender a su cría, en vano ya tendida exánime a su lado.

Salvo la angustia de ese pobre animal, todo era sosiego. Ya se habían recogido los hombres y las bestias. Todo era poesía, y poesía sentimental, menos María...

María era una peona cocinera, criolla pura. Pelo y ojos negros. Ni alta, ni baja. Ni joven, ni vieja. Ni gorda ni flaca. Acusa una modalidad indiferente; constante y claro estado de ánimo. Sin embargo, su expresión podría llegar hasta ser agradable, si no tuviera que soportar la afrenta que le infiere la ausencia de sus cuatro incisivos superiores. Cuando sonríe descubre desagradablemente una encía roja, que limitan como mojones blancos, sus dos colmillos aún firmes e intactos.

Y para tener una imagen más completa, agréguese a todo esto su adelantado estado de gravidez. Asoma una evidente exageración, de su cuerpo angosto una barriga denunciadora y puntiaguda. Usa un vestido negro, muy liso y tirante, abrochado adelante con grandes botones, que se empeñan, con decididos y loables esfuerzos, por detener el desborde de su desproporcionado contenido.

Rompo el silencio para decirle:

– "María, está usted por tener otro hijo.

– "Sí señor", me contesta.
– "¿Pronto?"
– "Pronto, sí, señor."

Y como si yo supiera que no era casada, le pregunto:
– "¿Y quién le jugó este chiste? Fue Juan Ramón, sin duda." (Juan Ramón es el capataz).

– "No, señor, me contesta, Juan Ramón es un hombre serio. Fue ese loco de José." (José es un muchacho alegre, atolondrado y domador). Qué iba a hacer ¡bah! si es un loco ése... ¡Bah!
– "Pero usted tiene muchos hijos y no son todos de José, insisto yo."

– "No señor, tengo bastantes. Ocho. Los cuatro primeros son de un padre, tres de otro y este último... pero ¡bah!... míos, míos no tengo más que dos; una chica de ocho años y otra de catorce meses."
– "Pero, ¡cómo! ¿los otro seis no son suyos?"

Y ella me contesta con la misma indiferencia casi ingenua y casi distraída:

– "Sí, digo, ¡bah!... los tuve; pero ya no son míos, los dí. Todavía hace pocos días le di uno de tres años a una vecina del pueblo..."
Callamos, se hace de nuevo el silencio. Vaga mi pensamiento, ahora, como mi mirada.
¿Qué idea tendrá esta pobre mujer de su conducta en la vida? Se repite en mi memoria su frase "¡Bah! qué iba a hacer, si es un loco ese José..." Es José, el loco.

Y los hijos, ¿se pueden regalar así con esa indiferencia?

Atrae mi atención de nuevo la sierra y aquel pobre animalito en su desesperada y angustiosa defensa por su cría...

María se fué de la estancia y volvió un año más tarde. Dice que le agrada el pago.

Tuvo una chica, de José, se la dió al padre.

Pero mi pobre ingenua estaba otra vez encinta. Plácida e indiferente, como siempre, hacía su trabajo.

Yo pasé unos días en la estancia y no hice alusión a su estado.

Regresé a Montevideo y volví dos meses más tarde. María ya no estaba encinta, a lo menos aparentemente.

Me informó el capataz que se había ausentado durante una semana y que había vuelto con otro niño.

Ya estaba trabajando de nuevo, y entablé con ella la siguiente conversación:

– "Me apercibo, María, que ya tuvo familia."

– "Sí, señor."

– "¿Y qué fué, varón o mujer?"

– "Una gurisa, señor."

– "Es el noveno hijo."

– "No, el octavo."

– "Pero si usted me dijo la vez pasada que ya había tenido ocho."

– "Sí, pero me equivoqué en la cuenta." (Un error puede tenerlo cualquiera)

– "¿Y ésta, también es de José?"
– "No, señor, ésta es de allá del Queguay."
– "¿Y es gordita, sana, usted la cría?"

– "No, señor, a mi no me gusta criar... esta es guacha."

Y me indicaba una mamadera que tenía a su lado, mientras la pobre gurisita bien arropada en su cunita, con sus ojitos negros, vivos y brillantes, miraba de reojo a esa madre tan singular." (p. 71-75)


9. EL CLUB DE GOLF DE PUNTA CARRETA


Papún fue co-fundador en 1922 del en Punta Carretas. La primera comisión directiva estaba integrada por Haroldo Capurro como presidente.


Socios fundadores del
sentados, desde la izquierda: Julio Castells, Haroldo Capurro (Presidente), 
Dr. Jose Pedro Urioste y Leo Dally,
De pie, desde la izquierda: Joaquín Serratosa  Cibils (Secretario),
Frank C. Pearson y Allen O. Crocker

papun_golf

(fuente: )


Haroldo Capurro Ruano (sexto desde la izquierda, de pié)
seguido de sus hijos Pedro (Pacaco), Haroldo (Tato) y Mario

golf


En "Ni bufas ni trágicas"  se encuentran dos relatos de una partida de golf que reproducimos a
continuación. En el primero de ellos reflexiona Papún sobre la relación entre ocio y trabajo y la
'cuestión social'.

Muestra además su extensa cultura en el campo de la pintura con alusiones a , y
de las letras, citando al poeta italiano "rebelde y mordaz" apodado
"Trilussa" (1871-1950) "el único escritor italiano que se atreve a desafiar al Duce y su régimen",
la mitología greco-romana con el mito de y y... el golf. Papún poseía una gran colección de
libros de arte entre los que se encontraba uno de Corot. En su casa había también cuadros al óleo
con paisajes campestres y de ciudades italianas adquiridos tal vez en alguno de los viajes a Europa.

El segundo relato es de un humor fino y de aguda observación en el contexto de un deporte proveniente
de las Islas Británicas en vías de acriollarse en el


Club de Golf

Golf de Punta Carreta



Don Eligio asiste a un interesante
match de golf

Cultivo la amitad de un hombre maduro que aprecio y distingo; pero juega al golf. Ese apacible y silencioso deporte lo apasiona, y quiso que yo presenciara el desarrollo de un match en el que él intervenía con carácter de uno de los principales protagonistas, y no pude rehusar su cortés invitación.

Condújome a un parque encantador. Me presentó a su compañero de juego; un correcto gentleman. Ambos tenían todas las exteriores, simétricas y ordenadas características de los perfectos caballeros.

Pretendieron que yo fuera juez en esa pacífica contienda.

Dos muchachos con sendas valijas de cuero, surtidas de variados y brillantes instrumentos, seguíanlos de cerca.

Empuña, mi amigo, con galano continente, una de sus herramientas, si así puede llamárseles sin irreverencia. Coloca una nívea pelotilla sobre el césped, y zuuuuuunt... con acción impetuosa y veloz, sacúdela y lánzala al espacio infinito.

Procede el otro contrincante, con otra pelotilla y con prolegómenos semejantes; y zuuuuuuunt... con violencia inaudita, parece también, que quisiera violara los secretos de los ignotos y misteriosos dominios del firmamento. Y sumidos en un silencio religioso, en marcha pausada, animados de un tenaz espíritu de persecución, en pos de las pelotillas, se laeja la sosegada caravana, compuesta por los dos gentlemen, los muchachos y yo, a corta distancia, respirando hondo una brisa matinal, tibia y perfumada.

A la verdad, no se penetra bien en el primer momento de qué se trata; pero en seguida no pueden figurarse el irresistible interés que despierta ese extraordinario deporte.

Las evocaciones bellas y variadas, serias y risueñas, acuden en tropel a nuestro espíritu. Magníficas, dilatadas y aromáticas praderas, verdes y húmedas, limitadas por sombríos grupos de árboles, trajeron a mi mente los paisajes de Hobbema, de Ruysdael, de Corot... Sobre todo de este último, insuperable maestro y cultor de la poesía de la paz, del sosiego agreste.

¡Y cómo no habían de evocar esas frondas densas y salvajes las divinidades agrestes de la Mitología greco-romana! Pan, el voluptuoso, cornudo y caprípedo dios de los bosques. Y por asociación de ideas, las leyendas doradas. El juicio de Midas que quiso repasar mi memoria.

Había una vez un rey frigio que se llamaba Midas. Era todavía en los tiempos heroicos en que Apolo, el magnífico y gallardo dios de la armonía, y Pan, el subalterno dios de los bosques, andaban por este mundo.

Pan osó desafiar a Apolo y llegaron a una lid en la que Midas debía fallar como juez supremo.

Pan hizo vibrar su flauta de siete carrizos. En seguida, acompañado de su lira, cantó Apolo sus melodías divinas. todo el mundo convino en que el triunfo correspondía a Apolo. Mas, el monarca acordó la victoria al dios de los bosques.

Saliéronle, en el acto, a Midas, como por encanto, dos orejas de asno.

Pan fué a esconder su vergüenza a los montes. Midas trató de ocultar sus orejas debajo de la corona. Pero un turiferario de ese rey, advirtió el suceso, y corriendo fué a una lejana y pequeña pradera, entre la selva, cavó una fosa y enterró su secreto. Pero como la verdad no se puede ocultar, brotaron alrededor de la fosa algunos rosales que agitados por el viento, siguen diciendo a todo el mundo que Midas tiene orejas de asno.

Y así solazábase mi pensamiento. Miraba, luego, el cielo azul, las aves, los insectos...

Cantaba un grillo... Sería el Grillo Rengo de Trilussa. El poeta rebelde y mordaz. El único escritor italiano que se atreve a desafiar al Duce y su régimen.

Yo no me apoyo más que en una pata
–decía el grillo– pues que la faltante
quedó presa en el nudo de un bramante
para mi suerte ingrata.
Cuando advertí que estaba prisionero
enlazado, en poder de un rapazuelo,
sólo pensé, más pronto que ligero,
volver a mi jardín en nuevo vuelo.
Fué el dolor grande... mas la redentora
gotita que en rubí tiñó la herida
cual chispa al sol brilló libertadora.
¡Y Dios bendecirá en la humanidad
Cada gota de sangre así vertida
para escribir la voz de Libertad!


Una carretera gris y polvorienta, orilla el parque por uno de sus costados. Encorvado el dorso, tostado por el sol y sudoroso, en alto el pico que dejaba caer con rítmico ademán, accionaba un obrero en un desmonte.

A nuestro paso, levantó la cabeza y me observó. Me impresionó la expresión de su resignada conformidad, y trájome a mi memoria esta elocuente fabulilla:

Un pequeño jumento, viejecillo flaquito y con sobrados arreos, arrastraba penosamente el carrito de un verdulero. Todos los días hacía el mismo recorrido en un pequeño pueblito, y entanto su dueño defendía el sustento de ambos, discutiendo con su modesta clientela el precio de las hortalizas, el burrito, dotado del buen sentido que aguza la ignorancia, muchas veces, en los hombres, y en los asnos inteligentes, meditaba silenciosamente.

Pasaba siempre frente a una granja donde un cerdo holgábase satisfecho en su paseíto matinal, o tendido al sol, rechoncho, ostentaba el brillo de la piel de su rosado y voluminoso vientre.

El jumento mirábalo de reojo, el pasar, diciéndole: "Esa vida no puede durar" y seguía sumiso sin más emulación que los improperios y la fusta. Y así, repitiéndose su estribillo, pasaron muchos días, semanas y meses. Mas un día no apercibió el borrico al cerdo. Levantó la vista, y suspenso de un paraíso abierto de par en par, estaba, y muda e inerte su pobre cabeza, sin pena de nadie. Mirólo el jumento, y variando el estribillo exclamó: "No te decía yo que esa vida no podía durar!"

La mirada del obrero, habíame parecido una advertencia personal y buscaba excusas; mas en ese momento, interrumpía mi inquietante meditación, la oportuna terminación del match.

Los dos mudos adversarios habían recobrado como por encanto el uso de la palabra. Presencié un cálido y sólido apretón de manos. Pidiéronme mi opinión como árbitro. Recordé la aleccionadora leyenda del rey frigio y me excusé por no encontrarme aún suficientemente instruido; pero les dije que el deporte parecíame lleno de interés y... y no me dejaron continuar. Verbosos estaban: "Y jugándolo", agregó uno de ellos, "subyuga y apasiona", con mi decidido asentimiento.

Pocos momentos después, cómodamente instalado en el auto de mi amigo, retirábame encantado de haber tenido la oportunidad de apreciar en esa gloriosa mañana, la interesante técnica de ese inspirado deporte." (p. 139-144)


El match de Mister Jones


Links de Golf. Punta Carreta. Montevideo.


"Presentaré, desde luego, a los actores que lucharon en este curioso partido de golf, para referir, en seguida, sus singulares derivaciones.

La primera figura, míster Jones. Distinguido ingeniero británico, muy culto, muy educado y flaco, flaquísimo. Lo más flaco posible. Cara enjuta con innumerables arrugas, gafas de metal y un gacho de color verde dudoso terminado en punta.

En segundo término su compañero de juego. Un señor, inglés clásico, serio, impasible, que sólo actúa, para el caso, en carácter de acompañante necesario.
Luego, dos caddies. Criollitos de ojos vivarachos y traviesos.
Por último un perrito foxterrier. Tiene fachita de bastardo, con las características bien marcadas de su raza.

Bien manchado. No es feo ni lindo. No parece joven ni viejo. No es alegre ni triste. No tiene nombre y nadie sabe su origen. Es un elemento errante que se presentó en los links de nuestro golf, violando, con absoluta falta de respeto, la disposición "Dogs not allowed loose in the links", que quiere decir, más o menos: "No se permiten perros sueltos en los links". Duerme debajo del cobertizo de las máquinas y come quien sabe dónde. Es el tipo del perfecto bohemio. Lo vemos aparecer con frecuencia en el tee del hoyo N° I. Se sienta, observa, y no sabemos, obedeciendo a qué razón, repentinamente se levanta y sigue, con su rabito parado, a una pareja de jugadores, a un trotecito uniforme y pausado. Con prudencia y seriamente. Cuando los jugadores llegan a un green, el cuzco se detiene y espera, para dirigirse luego, detrás de los caddies, al tee del hoyo siguiente.

Por otra parte, nadie lo molesta, y es muy posible que esa actitud de espectador pacífico lo haga respetable.

El día de este suceso deportivo, el animalito siguió a nuestra pareja. Pero me había olvidado de completar la personalidad de míster Jones, y lo voy a hacer ahora, pues lo considero indispensable.

Mr. Jones no es un hombre joven, tiene seguramente más de sesenta años, pero se conserva ágil y es fuerte. Es decir, relativamente fuerte. Sus músculos mueven con holgada facilidad su liviana estructura general. Es un jugador mediocre y caminador incansable; mas ha llegado el momento de descubrirle su defecto. Mr. Jones tiene un punto débil. Todos los hombres tienen uno o más puntos débiles, y en particular después de cierta edad, y el de Mr. Jones, sólo hablaré del que viene al caso, es importuno y se advierte fácilmente. Con frecuencia se detiene, nuestro amigo, durante el partido, se inquieta denotando algún malestar, y luego de mirar a su derredor, con cierto recato, como corresponde a su arraigado y proverbial pudor británico, lo vemos que se arrima sigilosamente a algún árbol y alivia su molestia. Por suerte, para él, la cancha de Punta Carreta está plagada de árboles, y esta circunstancia facilita y encubre el desahogo de sus imperiosos y repetidos impulsos.
Pues bien, seguiré mi relato. Al finalizar el primer hoyo, un caddie le dice a su compañero "all square" (nada hecho). ¿Qué quería decir con eso? No podía referirse al match de golf; míster Jones había perdido el hoyo. Pues es muy sencillo, lo voy a explicar. Mr. Jones durante el trayecto recorrido, no pudo contener su impaciencia, y el perrito, siguiendo una secular, ridícula e incómoda modalidad canina, de la que los perros hacen uso y abuso, lo había  imitado. Y aquí la chispa. Los caddies reparan los hechos, encuentran un filón, descubren su recreo y su timba, y como se encontraran a una distancia prudencial de los jugadores, entre risas y chacota, formalizan su apuesta, uno a favor de Mr.Jones y el otro a favor del perro.
El partido se siguió desarrollando en condiciones normales y con lucha brava. Los perros son fuertes en ese terreno y su contrario no le iba en zaga, como lo probó en todo momento, tenaz adversario. Mas, al finalizar el hoyo N° 15, un caddie le dice al otro, en voz baja: "dos arriba, Mr. Jones", pero no en tan bajo tono que no lo oyera el interesado, que se apresuró a corregir honradamente al caddie, diciéndole: "uno arriba". Se refería, naturalmente, al match con su golfer contrario, ignorando la maniobra oculta de los pillos. El muchacho guardó un silencio prudente, pero miró a su compañero que le cruzaba, al punto como un relámpago, con un signo de asentimiento, una sonrisa socarrona por debajo de la amplia visera de una gorra inmunda que tenía embutida hasta las orejas.

El partido terminó sin otras incidencias. Los muchachos, con una alegría contenida y bien disimulada, no perdieron de vista ni a míster Jones ni al perrito. El control fué perfecto.

Terminado el hoyo N° 18, Mr. Jones agradeció a su compañero, cortésmente, el amable rato que habían pasado, y juntos, en animada conversación, se encaminaron al Club-house.

Los caddies se retiraban con las valijas, y sin detener su marcha, mientras uno decía: "Págame los diez centésimos; Mr. Jones uno arriba", el otro, alargando el brazo con evidente desgano, entregaba la moneda, mirando de reojo con un gesto despectivo al perrito, ya tendido en el césped con aire distraído, inconsciente de vergonzosa derrota.

Entre tanto, en esa tarde serena, un majestuoso sol de brillo rojizo, perseguido por las sombras de su eterna ruta, se hundía lentamente en las aguas turbias de nuestro inmenso Río de la Plata." (p. 45-49)


Rio de la Plata
Uruguay

Fuente:


10. DON ELIGIO EN EL TRANVIA


Papún era un buen observador de la vida diaria como lo demuestra el texto  "Don Eligio en el tranvía".
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Don Eligio en el tranvía


"Que el tranvía es un carromato con la ligereza y la agilidad que caracterizan a los paquidermos, ya nadie lo duda. Pero, hasta no hace mucho, una malograda disposición municipal, recientemente derogada, en vista de las continuas protestas del público, hacíame más llevadera mi asidua concurrencia a ellos, pues había descubierto una derivación inesperada, agradable y de cierto interés.

Me refiero a la ordenanza que imponía la obligación de descender por la plataforma delantera; y la nota interesante me la brindaban, desde los asientos, también delanteros, la observación de las extremidades inferiores, que era, en un continuo y apeñuscado pasar, todo lo que permitía ver, de las pasajeras y los pasajeros, la limitada distancia que imposibilitaba la apreciación de conjunto.

Era un desfile que el azar nos ofrecía, a veces con caracteres risueños, otros dramáticos, con frecuencia sugestivos y otras veces grotescos.

Es cierto que el campo de observación, en las mujeres, nos ha sido un tanto limitado, en estos últimos tiempos, con las polleras laragas; y es indudable, que unos años antes, habría sido más interesante, cuando la moda y el pudor – que suelen andar desavenidos – en una retirada, que yo pienso estratética, habían decidido hacer retroceder los baluartes de la defensa a una insegura y peligrosa posición a la altura de las rodillas. Pero, en fin, todavía nos queda un margen razonable para amables comentarios.

En general se puede comprobar, una vez más, que las mujeres que presumen, insisten en los zapatos ajustados. Seguramente con uno o dos centímetros menos de lo indispensable. Y esto nos revela todo el sacrificio y el tormento que es capaz de resistir el bello sexo, no obstante las imperfecciones que revelan, muchas veces, con evidentes y poderosas huellas.

Se sigue usando los tacos altísimos, que las obliga a caminar como si lo hicieran en un terreno en violento descenso y temblando, en posición insegura, que parecería evidenciar la indecisión del camino que tienen que seguir. Y sin embargo, así temblando y todo, las vemos, en la vida, dar los pasos más valientes y arriesgados con una osadía que asombra.

Se pueden advertir los calzados graves y serios, que revelan la viudez bastante avanzada, el desaliento en las mujeres que han perdido toda la esperanza, la virtud llevada al extremo.

También los abandonados, que no se limpian nunca. Los exóticos, que ponen de manifiesto la fantasía y el mal gusto de sus dueños. Y en fin, al detenerse en la observación, en ese original escenario, algo del carácter y de las modalidades podría deducirse de sus numerosos actores.

Detrás de unos pies delicados, ágiles y jóvenes, con elegantes calzados de afilada silueta, coronoados por un tobillo fino como armónica base de una pantorrilla bien torneada y sugestiva, aparecían, inesperadamente, ofreciendo un violento contraste, unos pies rechonchos, embutidos en zapatos ordinario, que a duras penas contenían sus prisioneros inflamados. Los tobillos, que estaban revestidos con un capa de grasa flácida, desbordándose al margen de un pliegue, me hacían estremecer excitando mi pesimismo, sin quererlo, con deducciones aterradoras.

Nos hablan, los pimeros, de los privilegios que la fortuna acuerda a sus escogidos; los segundos, de la injusticia inicua e incomprensible.

En seguida unos pies de hombre. De algún humilde. Pies que ya no discuten dimensiones. Resignados con su destino. Con zapatos grandes. Han tenido otro dueño. Sobra material en abundancia. Toman, entonces, la forma de embarcaciones y realizan su última travesía. Son los que solemos ver en las postrimerías, destrozados; no ya en pares, sino sueltos, huérfanos, en algún terreno baldío, entre cascotes, cacerolas oxidadas, latas de conservas, palanganas y otros enseres de uso doméstico inservibles, o en boca de algún cachorro que corre y juega con ellos hasta el cansancio, sacudiénlos a dentelladas para abandonarlos, luego, en sus tristes reflexiones y añoranzas.

Quizá acudirá el recuerdo de haber rozado torpemente, a instancias de su dueño audaz, y por debajo de una mesa, el pie delicado de una dama, que como electrizado, se retira, en un salto atrás de felino herido, dejándolo confuso y avergonzado.
O en otra oportunidad, que lanzado al espacio, con la velocidad inicial de un proyectil e investido de la delicada misión de argumento final y decisivo, pasó raspando la cabeza del adversario de su dueño, estrellándose contra la pared.

O también, el recuerdo de las horas felices de reposo, pasadas en la puerta del dormitorio de algún hotel de lujo, con sus dulces compañeras, tendidos en cuadrigas de graciosa línea, provocando miradas oblicuas y sonrisas de simpatía de las gentes que pasaban... y no sé cuántos más.

No sería posible cerrar esta breve divagación, ni rozar siquiera un tema semejante, sin traer a la memoria los más célebres zapatos que ha conocido el mundo. Los que deben haber vencido en popularidad las botas de siete leguas del ogro de Pulgarcito y al seductor y diminuto zapatito de la Cenicienta. Dirígese mi alusión a los que están ya grabados en la mente de toda la humanidad, que nos hablan, a la vez, de toda la tragedia, la melancolía y la comicidad que persiguen la vida de un impenitente y en extremo simpático vagabundo. A los que supo crear la extravagancia de ese genial actor, Chaplín, el que en su excepcional destino, y en su obstinado empeño de representar el exclusivo y silencioso papel de un miserable, alcanzó a ser millonario." (p. 95-99)


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11. EL CASAMIENTO VISTO POR DON ELIGIO


En "Ni bufas ni trágicas" Papún describe lo que es un casamiento visto por Don Eligio, comenzando por el noviazgo visto como "el estado ígneo y nebuloso premarital" pasando por el juez y el sacerdote hasta llegar al momento de "desenvolver el paquete".

Reproducimos fotos de la boda de Mario Capurro Etchegaray con Raquel Fonseca Piaggio (1921-1946) publicadas en el "Mundo Uruguayo". Más información sobre Raquel Fonseca de Capurro se encuentra.

Boda de Raquel Fonseca Piaggio con Mario Capuro Etchegaray
Noviembre 20 de 1940, 17 horas
Boda Fonseca Capurro


Boda Fonseca Capurro2
Raquel Fonseca de Capurro
con Raquel (Quela) y Rafael (1945)
Raquel Fonseca

El casamiento visto por Don Eligio


"Todos saben perfectamente lo que es un casamiento, naturalmente. ¡Quién no sabe lo qué es un casamiento! Y además el diccionario lo define: "Acción y efecto de casar o de casarse"....

Dicho así nomás, parece una pavada, una zoncerita sin importancia ni consecuencia. Casi todos lo hacen. Y sin embargo, para mí, que he presenciado muchos casamientos y vigilado su acción y efectos como dice el diccionario, se me hace siempre una catástrofe.

El hombre se suele casar por diversas razones. Para formar un hogar tranquilo, por ambición, por vanidad, por razones sociales, por interés, de puro idiota, y hasta por exclusivo amor, algunas veces.

Ahora bien; la mujer, ya no es así. Sólo la lleva una encarnizada finalidad que se culmina al cazar a un hombre, que lo aprisiona luego con la inexorable exigencia de que le debe estar eternamente agradecido, y creer y pensar que es la más dichosa solución que pudo alcanzar en este encantador planeta y que con nadie pudo ser más feliz que con su no menos encantadora mujercita.

Pero, veamos, generalizando: el hombre trabaja; no mucho en este país, pero al fin trabaja. Necesita una compañera plácida, bondadosa, dulce, que lo secunde en esta lucha cruenta por la existencia. Busca un alivio, y por extraordinaria contradicción hace un esfuerzo sobrehumano para conserguir el dinero que le permita vivir con tranquilidad al lado de ese ser tan adorado que es la mujer que él cree que ha sagazmente escogido. Está por llegar a la meta. hay que ponder la casa, hay que alhajarla. La novia trae generalmente a la casa, camisones y otras prendas íntimas y delicadas, transparentes y de la menor duración posible, y vestidos y más vestidos. Nunca se acuerda de las cacerolas, de la sopera, de los platos, de las escobas, del jabón y de infinidad de otras cosas higiénicas y no higiénicas de las que tendrá que hacer uso, fatalmente, a los cinco minutos de haberse casado. Todo ese prosaico e indispensable material doméstico lo debe llevar el hombre que no sabe nada del asunto y que son de exclusiva administración de la mujer, que con frecuencia, tampoco sabe nada.

Con todo, el hombre se encuentra encantado. Gallardo y alegre, respira hondo, se siente feliz. No ve nada de eso, ni lo quiere ver. El amor, en sus variadas y exaltadas manifestaciones, esa cortina de humo que rodea a la mujer como a un "destroyer" en marcha para la batalla, sólo le permite ver de esas dulces criaturas los ojos lánguidos, que lo acarician –aunque con frecuencia también lo acarician con las manos– su figurita elástica, el sonido de una voz afectuosa, las sonrisitas y los demás encantos más o menos ocultos en esta época.

Estos son los prolegómenos del accidente, lo que vulgarmente se llama, el noviazgo, y que yo denomino, creo con más propiedad, el estado ígneo y nebuloso premarital.

Los torpedos aparecen más tarde y una vez que las autoridades legales y eclesiásticas ajustaron las ligaduras con todas las formalidades cuidadosamente previstas.

Los acontecimientos se extreman. Llega el momento de la boda. La novia se baña y se viste de blanco. El novio se baña y se viste de negro.

La familia y las relaciones los rodean y se visten en general lo mejor que pueden. Ahora lo que no sé es si todos se bañan. Emociones y lágrimas.

Aparece el juez. Se pone una banda con los colores de la bandera nacional, cual un ancho vendaje, cruzado en el pecho o ciñéndole la barriga. Esto lo caracteriza, le da jerarquía, importancia y arrogancia.

Hace algunas preguntas que turban a la pareja. Por ejemplo, a la muchacha, si lo quiere al hombre como marido. Se suelen ruborizar pero contestan invariablemente que sí.

Lo mismo al hombre. Luego, con el mismo tono de autoridad, les recuerda los artículos del Código, puntualizando la fidelidad recíproca, y entonces se perciben las sonrisas irónicas de los desfachatados que nunca faltan en esos casos; les recuerda que la mujer debe obediencia a su marido y vuelven ciertas disimuladas manifestaciones de hilaridad de los escépticos experimentados; y, por último, que el hombre debe protección a la mujer, y ya todos se ponen serios. La palabra protección es muy elástica, se comprende, entonces, hay que ver lo que cuestan y no deberían estimularlas.

Terminadas estas formalidades legales, aparece el sacerdote casi siempre. Las mujeres y una parte de los hombres quieren la aprobación de este intermediario virtuoso y solemne. Y aquí podríamos entrar en el terreno de los sentimientos espirituales en que yo no me quiero meter ahora; pero, además, las mujeres, saben que esta segunda ceremonia consolida algo más la posición alcanzada no sin duros sacrificios, esfuerzos y privaciones, y las tranquiliza un poco para el futuro.

Y después de esto, el hombre es definitivamente marido, alcanza ese título un tanto desprestigiado, y la mujer es ya esposa, un título superior que significa la meta de su conquista alcanzada.

Y en este estado de cosas le entregan al hombre a su compañera y sale con su paquete debajo del brazo y se encamina hacia su casa para desenvolver ese paquete.

Lo que tiene adentro, sólo Dios lo sabe. Es necesario que pase algún tiempo, para poder ver más claro. Por de pronto, que se oculte la luna de miel. Esta situación puede durar unos días, un mes, dos... todo depende del entusiasmo que tengar por la luna y por la miel; pero al fin un día se extinguen fatalmente los entusiasmos como si hubiera llegado el cuerpo de bomberos.

Pasarán algunos años, vendrán los hijos y mil complicaciones, y luego veremos que la perfilada, ágil y elegante silueta del "destroyer" que ocultaba la desvanecida cortina de humo, se ha transformado en un imponente acorazado, que sin cesar bombardea con la metralla de sus exigencias, siempre imprescindibles, a aquel que en un tiempo fué gallarda y joven figura de varón. Este, impotente entre tantas agresiones, resignado, pelado, flaco y barrigón, resistirá estoicamente y sin defenderse, las andaradas cotidianas de los cañones de quince pulgadas par entregarse al final, emprendiendo el largo viaje, dejando a su compañera que le sobrevivirá quince o veinte años, llorosa de pena, triste y satisfecha, por toda la felicidad con que supo rodearlo durante toda la vida.

Pero todo esto no será ni ha sido nunca un obstáculo para el matrimonio, y así es que vemos hombres que no se desalientan y reinciden obstinados hasta tres y cuatro veces, posiblemente por espíritu deportivo, o quizá, también, por una invencible y explicable curiosidad de descubrir lo que contiene adentro cada paquete." (p. 89-94)



12. NIETOS Y BISNIETOS
DON ELIGIO EN UN BAUTISMO


En "Ni bufas ni trágicas" Papún relata el bautismo de su primera nieta, Olga Pratt, hija de Elida (Lila) Capurro y Gilberto Pratt. Olguita fue bautizada por el P. Domingo Tamburini, párroco de San Juan Bautista (Pocitos). Papún era el padrino de Olguita. Cuando la fue a anotar el Padre Tamburini le dijo que no la bautizaba porque no tenía nombre de santa. Entonces Papún se fue a la Catedral, pidió el Santoral y allí encontró una santa rusa llamada Olga. Se lo llevó al Padre Tamburini, el cual no tuvo más remedio que ponerle Olga a secas. El Padre Tamburini era enjuto y campechano. El fue quien año tras año, los 8 de diciembre, bendecía las aguas desde la playa Pocitos.

Equiapostólica Princesa Santa Olga
11 de Julio según el Calendario Eclesiástico

Santa Olga

Fuente:

Don Eligio reflexiona sobre la relación entre la Iglesia Católica y la riqueza. Desde entonces "la comprensión de las masas", o su incomprensión, se ha agudizado. El cambio de "política" de la Iglesia Católica ha tenido lugar en parte y en algunas partes más que en otras.


Don Eligio en un bautismo


"Se dice que el bautismo es  una institución de origen egipcio. Nadie está bien seguro, aunque en la India, desde tiempos inmemoriales, purificábanse en la aguas del Ganges.
Pero de que sus raíces remóntanse a muy remotas épocas, pruebas abundan.

En la antigüedad, practícabase por inmersión, y era el símbolo de la purificación por el agua cristalina, y lo es todavía.

Y también se dice que asimilaron esa práctica los hebreos en su larga perigrinación por el desierto.

En la Sagrada Escritura, el Antiguo Testamento no menciona el bautismo, es cierto; y en cambio el apóstol San Juan, lo practicaba, pues bautizó en el Jordán al Redentor.

Era común en los primeros siglos del cristianismo recibir el bautismo en la agonía; ahora, es costumbre administrar ese sacramento pocos días después de nacer. Y por una serie de evoluciones, que dieron motivo a infinitas controversias entre los más reputados teólogos, desde San Agustín, Santo Tomás, los papas Eugenio IV, Alejandro VII y muchos otros, se ha llegado a practicar por la Iglesia, en la forma que todos conocemos.

Yo tuve el agrado de presenciar hace algunos días esa solemne ceremonia. Una bebita angelical de redondas y sonrosadas mejillas. Un pequeño séquito. La madre risueña y orgullosa; brillantes los ojos y encendido el semblante. La plenitud de un organismo en su augusta misión, que asume sola la responsabilidad de otra vida.

El padre modestamente satisfecho. Yo encuentro que los hombres en estos casos desempeñan un papel un tanto secundario. El mérito que les alcanza es mezquino, no hay duda, pero, en fin...

Pues bien, la satisfacción es compartida generalmente, en mayor o menor grado, también, por los abuelos y por todos los ascendientes. Todos se atribuyen alguna participación en el asunto, cuando se advierten en el vástago cualidades que lo hacen digno de admiración. En cambio cuando perciben defectos, nadie quiere cargar con la responsabilidad del fracaso, aunque no falta nunca entre los vivos o extintos antepasados, alguno que ostentara las mismas fallas, y que debe soportar, entonces, el peso de las críticas de sus desgraciadas e involuntarias intromisiones.

Un templo en construcción. Las iglesias están siempre en construcción. Es una normal anomalidad.

¿El estilo? Indefinido. Una mezcla de todos, es la característica de nuestra tierra; como la raza que la habita. En realidad no hay raza ni estilo que la caractericen todavía.

En el interior, obreros y andamios, que predisponen mal a la devoción. Sería por eso, que todos hablaban en alta voz.

Un sacerdote enjuto, nervioso, locuaz, criollo activo, que tampoco dice su presencia, mayormente, al espíritu.

Entramos al bautisterio. Un libro grande para inscribir la criatura.

¿Cómo le van a poner? interroga el cura. Olga, contesta  la madre. ¡Sólo Olga!, exclama.

Exige otro nombre. El abuelo y padrino, un poco viejo, que no exterioriza un aire de excesivo fervor religioso, recuerda que en la familia ya se le ha puesto un apodo –cuando no– y se atreve  a decir en voz baja: Piringa. Se advierten algunas sonrisas y el cura frunce el ceño. Quiere un nombre de iglesia. Se hace un pequeño silencio. María, dice el cura. Y fué por María. La beba se llamará Olga María.

Cargó con ella la madrina, y a la pila. Se inician los latinismos.

La beba con ostensible irreverencia duerme y bosteza una y más veces. El cura prosigue. Le sopla en la carita para que se retire el espíritu inmundo que la domina. La beba hace una mueca. Le toca las orejitas y la nariz con los dedos mojados en saliva (esto no me agrada), y parece que la beba piensa como yo, pues demuestra una ligera tendencia a impacientarse. Le pone sal en los labios con los mismos dedos. No quiero pensar en los dedos...Y tanta asepsia las pobres madres con el chupete! Pero en fin, excítanse las glándulas salivares de la boquita, se percibe un franco desagrado y al ratito devuelve otra vez.

Yo no creo que fuera por efecto de la sal, más bien por efecto de la gula. Ya había pecado. El único pecado capital que tolera su inofensiva y tierna edad. Un poquito de agua fría en la cabecita que la estremece y se terminó la ceremonia. Y ya limpia del pecado original y exorcisada del demonio que la poseía, dice el sacerdote: "Y ahora ya tiene alas". ¡Pobrecita! Que me perdone ese hombre sagrado, yo creo que ya las tenía.

Volvimos a la nave central. Nos explica el clérigo, el desarrollo y las preocupaciones de su acción en las mejoras. Nos habló de un artista que trajo de Florencia, del precio de los mosaicos, de los "vitreaux". De todo como si fuera cosa propia. "Me cuesta", no decía. "El decorador es carísimo, y ese oro que cubre los capiteles"...

Yo oí, en un momento dado, al padrino que le decía a una señora: "Hacen mal en decorar con tanto oro esas columnas. Luego no será de extrañar si llegan los revolucionarios y les tiran bombas".

Y tal vez tenga razón. Hace algunos años vi en la puerta de una iglesia en Europa, a un grupo de mendigos, leprosos famélicos, y en el interior la imagen de una virgen que me deslumbró con el brillo de las joyas que la rodeaban. El contraste era en extremo violento.

Yo pienso que esas cosas ya no se van a poder hacer. La comprensión de las masas ya ha cambiado mucho. Tal vez no se va a poder predicar la caridad desde el púlpito, dejando a los miserables con las manos tendidas en las puertas de los templos, mientras en su interior se atesoran riquezas inútiles. ¿No sería prudente cambiar de política?...

Se despidió la comitiva. "Que Dios se la conserve, señora" fueron las últimas palabras del sacerdote.

Y por último, en la casa, los consabidos dulces, sandwichs y el chocolate.

La bebita fué objeto de amables piropos. "Si parece que tuviera tres meses, cuando no tiene más que uno". Esto a esa edad es un requiebro. No será lo mismo más tarde, cuando alcance los treinta años, si le llegan a decir que representa sesenta. ¡Qué explosión!

Ya habían transcurrido más de dos horas. Con imperativa protesta se hace sentir la chicuela, reclamando lo único que realmente le interesa en esta vida, por ahora. La madre se la lleva, y se inicia la retirada general. Cámbianse, sonrientes, los padrinos, al saludarse, los ya en desuso y apolillados títulos de comadre y compadre; y para terminar esta breve croniquilla, creo que no desentona, dado el tema que trata, un "Y aquí paz y después gloria". (p. 39-43)



En la antecámara del dormitorio de Mami y Papún había un fauno. Cuando los nietos entraban a ese cuarto la pregunta infaltable era ¿el fauno está hoy triste o contento?

Fauno

Elida Etchegaray (Mami) y sus nietos (1951)
de izquierda a derecha, de arriba abajo
Gilberto Pratt Capurro
primera fila
Ana María Pratt Capurro, Haroldo Capurro Alzola, Ivan Pérez Gomar Capurro, Daniel Capurro Alzola, 
María Elina Capurro Ameglio, Virginia Capurro Ameglio, Susana Pérez Gomar Capurro
segunda fila:
Ema Capurro Fonseca, Diego Capurro Alzola; Mami con Martín y Pablo Capurro Fonseca, Olga Pratt Capurro con Juan Capurro Alvarez (?),
Raquel Capurro Fonseca  con (?) y  Mario Capurro Fonseca
tercera fila:
Carlos Capurro Alvarez, Eduardo Capurro Alvarez, Graciela Capurro Alzola, Inés Pratt Capurro, Lucía Pérez Gomar Capurro,
Diego Capurro Alzola, Pedro Capurro Ameglio, Rafael Capurro Fonseca

nietos
Papún con dos nietos
Papun y nietos
De colegio
Susana Pérez Gomar, Rafael Capurro, Lucía Pérez Gomar, Ivan Pérez Gomar
(ca.  1953)
de colegio
Los nietos de Mami y Papún ya grandecitos
primos capurro

Elida Etchegaray (Mami), Susana Capurro Etchegaray y Susana Pérez Gomar Capurro
Montevideo (Calle 18 de Julio)
Fotomontaje realizado por Susana Pérez Gomar Capurro

Susana Perez Gomar

Susana Pérez Gomar Capurro de Labat y Juancho Labat
Estancia "Valle Edén" (Dpto. Tacuarembó)
1972


Susana y Juancho

Susana y Juancho unos años más tarde
Twin Towers, New York


Susana_Juancho_NY


Esposas y maridos de los nietos de Mami y Papún

primos y consortes

La tercera generación
bisnietos de Haroldo Capurro Ruano y Elida Etchegaray

primos_capurro


Sofía Cortabarría Labat
nieta de Susana Pérez Gomar Capurro de Labat

Un deber de colegio: La historia familiar en inglés

"My great grand grand grand grandfather's name was Juan Baptist Capurro who married Prudencia de Castro. Juan Baptist came to Uruguay to buy earth. He bought a beach that was called "Capurro Beach" because he wanted to make a port. He had two children: Juan Alberto and Luis Federico. Luis Federico married Ema Ruano de Arteaga Gómez. They  bought a field that now is called Villa of Santa Lucía. They had 9 children the third one was Haroldo Capurro Ruano married with Elida Etchegaray Etchepareborda. They lived in the villa of Santa Lucía. They liked to travel to Europe with all his hijos.Tuvieron seven children, fourth was Susana Capurro Etchetgaray married with Iván Perez Gomar Cordero. They had four children the second is my Mima grandmother (Susana). She is a painter and artist and had four children and the first one is my mother called Florence."

 

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13. DON ELIGIO EN EL CINE


Don Eligio reflexiona sobre el cine haciendo referencia a las estrellas de su época tales como "las incomparables piernas de Ginger Rogers", a "la sonrisa angelical y la suprema gracia infantil de Shirley Temple",  "la perfección helénica del cuerpo de Bárbara Stanwyck" y... "las creaciones geniales de Walt Disney con su ratón Mickey, Pluto, los chanchitos..."

Don Eligio alude también a las "estrellas" de la política: con sus "posturas teatrales" y sus "poco tranquilizadoras mandíbulas duras y caninas" y a, imitado ridículamente por, en (1940), la primera película sonora de Chaplin (ver también ) cuyo discurso final reproducimos en este capítulo. Ver más.
Citamos algunas de las películas de la época tomando como referencia.

Películas con Ginger Rogers:
- Honor entre amantes ("Honor Among Lovers" 1931) Estreno 1932 en el cine Ariel
- Que no lo sepa papá ("Vivacious Lady" 1938) con James Stewart. Estreno 1938 en los cines Rex y Ariel

Películas con Shirley Temple:
- Seamos optimistas ("Stand Up and Cheer" 1934). Estreno en 1934 en el cine Ariel
- El hombre de sus sueños ("The Bachelor and the Bobby-Soxer" 1947) con Cary Grant. Estreno en 1948 en el cine Trocadero.

Películas con Barbara Stanwyck
- La novia secreta ("The Secret Bride" 1935). Estreno en 1936 en el cine Rex.
- Carne y  fantasía ("Flesh and Fantasy" 1943) con Charles Boyer. Estreno en 1944 en el cine Trocadero.

Películas con Charlie Chaplin
- Tiempos Modernos ("Modern Times" 1935). Estreno en 1935 en los cines Rex y Ariel
- El gran dictator ("The Great Dictator" 1940) con Paulette Goddard. Estreno 1941 en el cine Trocadero.

Sobre la historia del cine uruguayo desde 1898 consultar donde se puede leer bajo el título "Auge, caída, coproducciones. 1935-1948" lo siguiente:

"La aparición comercial del cine sonoro, sumió en una aguda crisis a todas las cinematografías latinoamericanas, que carecían de recursos para el recambio tecnológico. En Uruguay, esto se vio agravado por la casi inexistencia de infraestructura, que hacía difícil incluso rodar películas mudas. Habrá que esperar en consecuencia hasta 1936 para poder ver y oir la primera cinta sonora uruguaya, que fue "Dos destinos", producción de los estudios Ciclolux dirigida por Juan Etchebehere y protagonizada por Pepe Covi y Tina Lova.

El resultado es un curioso drama realizado en condiciones precarias, que vale en todo caso como testimonio documental del Montevideo de los años treinta. No hay que olvidar que esta película es contemporánea a la dictadura de Gabriel Terra, en consecuencia, narra la sacrificada vida de un jovencito proveniente del medio rural, que contra viento y marea hace la carrera militar, y culmina con previsible boda con la muchachita buena del pueblo. En la banda sonora -y como no podía ser de otra manera- se escuchan todo el tiempo marchas militares ejecutadas por la Banda del 4to. Batallón de Infantería."

Fuente:



Don Eligio en el cine


"Llego del cine, satisfecho. Presiento algunas sonrisas irónicas de gentes superiores. Con qué poco se conforma este hombre, dirán algunos. Pero no importa.

Me suelo ubicar algo atrás, en las últimas filas, y quiso el azar, hoy, que se acomodaran, una a cada lado mío, en muelle actitud, dos señoras blindadas con sendas pieles amorosamente perfumadas.

Era deliciosa esa semi oscuridad, esa inocente proximidad, esa fragancia...

Ahora bien, les diré; yo prefiero que no haya gente muy joven al lado mío. He solido observar que son algo intempestivos y fuera de lugar, ciertos suspirillos que acompañados de murmurios, de leves succiones, astutamente protegidos por la oscuridad, se intercalan, a veces, en el fragor de una batalla, en los atracos de los gangsters, en el momento más patético de un naufragio, o cosas por el estilo, causándome, sin poderlo remediar, un temblor, o más bien un trastorno nervioso en la emotividad del suceso que presencio.

Mas hoy no fué así. Esas dos señoras no tenían necesidad aparente ni urgente, con seguridad, de recurrir a esos deshogos amorosos, pues estaban acompañadas de caballeros que respetaban las distancias razonables y convenientes que distinguen, con evidencia, a las parejas casadas de las solteras.

Otra cosa voy a decir. Yo no concurro sino a los cines caros, a los más caros. La experiencia me ha aleccionado, esta vez, a tiempo.

El precio, desde el punto de vista higiénico, que es el único fundamental para mí en lo que puede referirse a diferencias de clases, decide y selecciona la calidad del público. No hay duda. En el teatro, por ejemplo, el público se ve y se mira. En el cino el público no se ve; en cambio, se aspira, se respira y se suspira. (Y algunos afirman que también se toca; pero esto no reza conmigo ni me molesta.) Y es en esas inevitables funciones fisiológicas de los pulmones, donde está el riesgo. Y si se duda, concurran en un día de fiesta a uno de esos cines baratos, cuando está la sala repleta y salpicada la platea de inquietos y simpáticos muchachos, muchachitos y muchachones, y sabrán decirme luego la diferencia que existe entre los bálsamos aromáticos y las emanaciones pérfidas.

Salvados, con algunos centésimos más, estos inconvenientes, del aparato respiratorio, yo encuentro que el cine tiene virtudes muy apreciables.

Es el más deleitoso y dulce soporífero que ha ideado el hombre. Es el sueño y el ensueño programados, organizados, mecanizados y sincronizados...

Para que la ilusión sea más completa, aconsejo entrar a la sala cuando ya están apagadas las luces.

Se inicia el milagro al encontrarnos en la oscuridad, como si se hubieran cerrado los ojos, y en el acto se siente uno mecer gratamente en los brazos de Morfeo.

Se ilumina la tela y comienza el ensueño.

La ilusión del cambio del medio ambiente es completa, lo que ya no es poco.

Es cierto que desde el punto de vista auditivo, aunque los sonidos musicales son buenos, está todavía bastante lejos de la realidad; porque la voz no se ubica en el personaje que la emite, surge de abajo, de arriba, del costado, no se sabe de dónde; porque suele ser brutal; porque no hay matices suaves; porque un suspiro parece un bufido; la respiración de todos es asmática; los pasos groseros; el cierre de una puerta es un escopetazo y mucho más...

Pero el escenario, en cambio, en su infinita variedad de decoraciones, es grandioso.

Viaja uno en transatlánticos acompañado de viajeros exóticos, comtemplando mares bravíos. Hemos conocido el polo, los trineos, los esquimales, el ecuador, con su vegetación lujuriosa, la selva, las fieras, las serpientes, las montañas, y sus más altos picachos cubiertos de hielo. Nueva York, Viena, Londres, París, Roma... Un laboratorio científico, los hospitales más modernos, las fábricas. Pero todo esto en movimiento, en la inquietud de la vida. Tan pronto estamos en un cabaret elegante contemplando el repiqueteo mecánico de máquina de coser, que en sus zapateos impecables, nos muestran las incomparables piernas de Ginger Rogers, y todas las perfecciones de las demás piernas. ¡Y qué piernas! O presenciamos una danza española que sólo puede animar el alma, el talle, el andar y el cuerpo de una chula andaluza, arropada en su mantón; o la sonrisa angelical y la suprema gracia infantil de Shirley Temple, o nos extasiamos ante las posturas teatrales y las poco tranquilizadoras mandíbulas duras y caninas de Mussolini, o las cómicas actitudes de Chaplin, y las no menos ridículas y malas imitaciones de este último, en Hitler. O nos sentimos atraídos por la gracia exquisita en los ademanes y en el andar, de las artistas francesas, perfeccionadas por la distinción de su raza y de su medio, o el paso seguro, la agilidad y la fuerza que engendra el deporte en las mujeres americanas, o la perfección helénica del cuerpo de Bárbara Stanwyck y toda esa selección de los más estupendos ejemplares femeninos que ha producido la humanidad. Y también el mundo a través de las edades. Egipto en la época de los faraones, Roma en la de los césares, Paris en 1830 con George Sand, Chopin, Dumas, Hugo, reunidos en la redacción del Fígaro. Las creaciones geniales de Walt Disney con su ratón Mickey, Pluto, los chanchitos... Bien se alcanza la seducción del cine en ese desfile heterogéneo e infinito, a pesar de las cintas idiotas, de los grotescos detectives, y de las dolorosas transformaciones que suelen hacer algunos bárbaros de argumentos de interés real.

Al fin, cesa el efecto del narcótico. Se ilumina la sala. Aparece la luz. Es la ilusión de haber abierto los ojos. Es la realidad de un despertar. Se esfuman las imágenes. Se desvanece el ensueño. Vuelvo a la vida, a mi mundo, a mi vida de tan limitado horizonte..." (p. 101-105)



Benito Mussolini

Benito Mussolini

Fuente:


El Gran Dictador

El Gran Dictador

Fuente:


DISCURSO DE EL GRAN DICTADOR   (Charles Chaplin 1940)

(Discurso final de Chaplin, un barbero judío al que las circunstancias han llevado a ocupar el papel de dictador, caracterizado por Hitler)

«Lo siento, pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie sino ayudar a todos si fuera posible: judíos y gentiles, blancos o negros. Tenemos que ayudarnos unos a otros, los seres humanos somos así.

Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos. La buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas. Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado nosotros. El maquinismo que crea abundancia nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco. Más que máquinas, necesitamos humanidad, más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros. Ahora mismo mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, a millones de hombres desesperados, a mujeres y niños victimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oírme, les digo: ¡No desesperéis! La desdicha que padecemos no es mas que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano.

El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá. ¡Soldados, no os rindáis a esos hombres que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué pensar y qué sentir, os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como a carne de cañón! ¡No os entreguéis a estos individuos inhumanos! ¡Hombres-maquinas, con cerebros y corazones de máquinas! ¡Vosotros no sois máquinas, no sois ganado! ¡Sois hombres! ¡Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones! ¡No el odio!. Sólo los que no aman odian. Los que no aman y los inhumanos. ¡Soldados, no luchéis por la esclavitud, sino por la libertad! En el capitulo 17 de San Lucas se lee: «el reino de Dios esta dentro del hombre» No de un hombre ni de un grupo de hombres, sino de todos los hombres, ¡en vosotros! ¡Vosotros, el pueblo, tenéis el poder! ¡El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad! ¡Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa de convertirla en una maravillosa aventura!

¡En nombre de la democracia: utilicemos ese poder actuando todos unidos! ¡Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres el trabajo y dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Con la promesa de esas cosas las fieras alcanzaron el poder pero mintieron: no han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. ¡Los dictadores son libres solo ellos pero esclavizan al pueblo! ¡Luchemos ahora para hacer nosotros realidad lo prometido! ¡Todos a luchar para libertar al mundo, para derribar barreras nacionales para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia! ¡Luchemos por el mundo de la razón! Un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad. ¡Soldados, en nombre de la democracia, debemos unirnos todos!.

(Final de la película: voz en off de Chaplin sobre el rostro en primer plano de Hanna/Paulette Godard)


14. DON ELIGIO EN EL ESTADIO

Don Eligio reflexiona sobre un deporte eminentemente uruguayo: el fútbol (Ver ). Comienza relatando una visita al Parque Central, sede del Club Nacional de Football, pues "todavía no existía el Estadio Centenario" así llamado por haberse inaugurado a 100 años de la jura de la Constitución. Este fue inaugurado el 18 de julio de 1930 (Ver ). El estadio del Parque Central fue sede de la Copa Mundial de 1930 en la que Uruguay le ganó a la Argentina 4-2 en el final que se jugó en el Estadio Centenario (Ver ).

Sobre la historia del Estadio Centenario ver el texto de César di Candia () que comienza así:


"Durante la década del veinte la ciudad de Montevideo vivía en pleno ataque de colosalismo edilicio. Por esos años se habían erigido el Hotel Carrasco en febrero de 1921, el Monumento a Artigas en 1923, el Palacio Legislativo en 1925, el puente sobre el Santa Lucía en 1929. Faltaba un estadio de fútbol gigante, acorde con las glorias acumuladas por los futbolistas amateurs que habían logrado los campeonatos olímpicos en 1924 y 1928. Pero además, un Campeonato Mundial que sirviera de marco a su inauguración. Ambas cosas se lograron en un tiempo asombrosamente breve.

En febrero de 1929, la delegación del club Nacional de Fútbol integrada por José G. Usera Bermúdez y Roberto Espil presentó en la Asociación Uruguaya de Fútbol un proyecto reclamando para Uruguay la sede del primer Mundial profesional. La AUF hizo suya la idea, la presentó al Congreso de la Confederación Americana y allí fue aprobada por unanimidad. En mayo del mismo año, la FIFA eligió a Montevideo como sede de un evento internacional jamás disputado al que habría que hacer coincidir con los festejos del centenario de la Constitución de 1830. Quedaban catorce meses y todo por hacer."

Por los datos ("mis dos hijos mayores, entonces nueve y diez años") la ida al Parque Central a la que se refiere Papún al comienzo, data del año 1922 cuando él tenía unos 40 años. Fue el "el entusiasmo deportivo de los muchachos" (Pacaco nació en 1912 y Tato en 1913) el que lo "arrastró" al Estadio. A Papún no le gustaban las "aglomeraciones". Salió del Estadio "arrastrando por una mano" a Pacaco "que pudo resistir los estrujones de la avalancha en que nos vimos envueltos en un momento dado".

En 1933 o 1934, unos doce años más tarde, concurre sólo al Estadio Centenario, el cual no quedaba lejos de su casa de la Avda. Ricaldoni.

Pero el espectáculo, como bien lo dice Papún, "no está solo en el field, sino también en el público". Una verdad más verdad que nunca hoy en día.


Estadio Centenario

Estadio Centenario

Fuente:


Estadio Centenario
Inauguración 1930
Tribuna Olímpica

Estatio Centenario1

Fuente:


Un match de futbol en el Estadio
Impresiones de un profano


"Hacía próximamente doce años que no presenciaba un match de futbol. Concurrí, en esa época remota, mi última vez, a la cancha del Parque Central. Todavía no existía el Estadio Centenario.

Jugaban, como el domingo, Nacional y Peñarol. Mis dos hijos mayores tenían, entonces, nueve y diez años. No entiendo ese deporte y no me agradan las aglomeraciones; pero el entusiasmo deportivo de los muchachos, me arrastró a esa contienda.

Ya, desde entonces, concurría una pueblada a cada partido, y de éste no tengo sino un solo recuerdo. Salí de la cancha con el menor desmayo, al hombre, colgado como un trapo, arrastrando por una mano al mayor, que pudo resistir los estrujonesde de la avalancha en que nos vimos envueltos en un momento dado.

Mis ardores deportivos por el fútbol, que ya no eran muy grandes, quedaron definitivamente extinguidos desde entonces.

Y ahora, a instancias de mis amigos, que siempre me hablan maravillas, volví; pero esta vez solo.

A las tres y media, animado con un espíritu pacífico, me encontraba en la boletería. Me habían aconsejado la Tribuna América; pero no había entradas. Ni una. Asómbrense por lo que esto significa. En esa tribuna se alojan perfectamente varios miles. Me ofrecieron una platea, y la acepté, y no me arrepiento; me encontré bastante bien.

Cuando uno entra, el espectáculo es realmente asombroso. Estaba el Estadio maciso de gente. Cincuenta mil personas agitadas e inflamadas de entusiasmo. Llegué en el preciso momento en que entraban los campeones al field.

En las gradas es generalmente mayor el número de hombres, y el fondo es oscuro; pero algunas partes encuéntranse salpicadas con los tonos vivos de los vestidos de nuestras bellas, que le dan, entonces, un colorido de risueño atractivo.

En la platea hay muchos bancos para sentarse; pero las gentes no se sientan en los bancos. Siéntanse en los respaldos y ponen los pies en los asientos. Es una práctica general. Yo hice otro tanto. Con preferencia se paran porque ven mejor; pero eso no dura. De atrás gritaban: "Sentarse... qué se creen, que son transparentes... melones!" Yo le pregunté a mi vecino si eso de los melones era para nosotros, contestándome, el interpelado, y señalándome una tribuna sombría que tronaba amenazadora: "Y eso no es nada, allá en frente, lo bajan de un naranjazo, si uno se para".

Con esa advertencia, opté, en el acto, y en previsión de algún proyectil anónimo, por quedarme sentado.

No hay duda de que el deporte es varonil y hasta elegante en ciertos momentos. Yo no sabía bien lo que iba a presenciar; pero la multitud me contagió un poco de su emoción, y confieso que durante el partido, se me crispaban las manos, muchas veces, cuando las ciudadelas amenazaban una caída, de cualquier bando que fueran.

No puedo hablar de técnica, porque no entiendo. Sin embargo se observa que hay una evidente contradicción entre la contextura de los jugadores y las características principales de la finalidad del juego, que debe ser a base de agilidad y destreza. Del torso a los pies, de aspecto pesado. Hacen la impresión de no estar hechos para la velocidad, sino para la fuerza y la resistencia.

Las manos no las usan nada más que para cometer infracciones, que son penadas en el acto por el juez, o para ataque o defensa personal; aunque para esto último, también se utilizan, con indudable éxito, los pies; lo que demuestra, con frecuencia, que no se practica el deporte en una forma muy caballeresca.

Yo admiro al juez. Tiene que ser heroico y veloz. Veloz en toda la extensión de la palabra. Corre siempre como un gamo, de un lado al otro del field, con un pito en la boca, y con la mirada fija en la pelota. Toma resoluciones rápidas, fulminantes, instantáneas, porque así lo exige el juego.

Todo lo que le dice el público al juez es inaudito. Yo creo que recibe más diatribas e insultos anónimos un juez en medio match de futbol, que cien personas normales en toda su vida. En las localidades en que yo me encontraba, que son las más distinguidas, según me dijeron, había un caballero bien vestido, fuerte, con una voz potento de tenor abaritonado, de pie, que se desahogaba protestando contra el juez, con indirectas y alusiones que alcanzaban siempre a la madre del pobre hombre; más bien a la virtud de la madre, que ese mismo violento e intransigente espectador, hacía extensivas también a las madres de los jugadores. ¡Pobres mujeres!...

Alguien que estaba a su lado, le dijo, "Mire que hay señoras"; pero él, le contestó que era la verdad, que eran unos burros, y siguió impertérrito.

Dos señoritas que no estaban muy lejos de ese ingenuo caballero, no olvidarán, de seguro, su suave estribillo.

No hay duda que la gama de adjetivos, que se puede aprender es extensa; a veces soeces y otras graciosos. Nadie se contiene.

El espectáculo, como se ve, no está sólo en el field, sino también en el público. Yo me daba vuelta con frecuencia para oír y ver vociferar a las mujeres. Es increíble el estado de nerviosidad que las invade.

Pude observar desde mi posición, un poco baja con relación a las gradas, mirando para arriba, a las bocas de par en par abiertas, en actitudes sostenidas, de las mujeres, en un estado de paroxismo extraño. Y, entre paréntesis, se advierte que es deficiente el estado bucal de la concurrencia, con mucho oro y huecos oscuros. Traslado este dato a los dentistas por si les interesa.

La excitación es extraordinaria. Gritan a desgañitarse. Más las  mujeres que los hombres. Las linfáticas y las anémicas tórnanse lívidas y ojerosas. Las sanguíneas se inyectan. En genral todas desmejoran. Las viejas gritan como las jóvenes y parecen más viejas. Las feas más feas. Las contracciones faciales son extrañas y a veces asustan. Aparece el subconciente y el inconciente en una forma terrible. Un observador sutil creo que podría advertir el fondo peligroso de más de una mujer. Si yo fuera mujer, confieso que trataría de contenerme. Pero todo es en vano. Nombran a los jugadores a gritos, animándoles. ¡Varela! ¡Gestido! ¡Choquita! A este último le dan un diminutivo cariñoso. Había una señorita monísima, que al final quería gritar y ya ronquita, sólo le salía un Choquita, pobrecita, que más parecía un cacareo de gallito chacarero anémico, que una exhortación a la victoria.

Y como todo termina en este mundo, terminó también el match, sin que hubiera vencidos ni vencedores. No hicieron ni un goal: pero una parte importante del público aplaudía y ovacionaba un triunfo. Yo no comprendía lo que pasaba. Entonces le dije a un muchachón que estaba a mi lado: ¡A qué tanto alboroto si nadie ganó! Y él me contestó, con ademán despectivo, y en ese tono peculiar de los muchachos del pueblo: "El qué, que nadie ganó... qué sabe usted de fobal".

Tenía razón. Expliqué esta contestación, más tarde. Resulta que era la final de una serie, cuyo empate constituía la victoria.

El escándalo y la gritería era infernal. Sombreros, carteras, bufandas, gorras, pieles, pañuelos, pañuelitos de todos colores, banderas, banderittas, banderolas, todo agitábase en manos nerviosas.

Y a todo esto la banda ya había entrado en el field. Los jugadores vencidos desaparecieron como ratones en sus cuevas. En cambio los vencedores, con una bandera enorme desplegada y tendida horizontalmente, seguían con aire de triunfo, a un paso cortito y acompasado, a esa bandada y, al compás de una marchita, se dieron una vuelta saludando y recogiendo los laureles y las aclamaciones de sus delirantes partidarios.

La multitud se retiró en perfecto orden, y el acto no fué para más."  (p. 121-126)


15. DON ELIGIO Y LA PESCA
Don Eligio reflexiona sobre la pesca de caña comenzando con pescas de otros tipos. 
La frase latina: "homo homini lupus" ("el hombre es un lobo para el hombre")
es una famosa del poeta romano (ca. 250-184 A.C.).
Este es un dicho auténtico de Papún con relación a las relaciones 'pesqueras' entre seres humanos o, más específicamente, entre varones y mujeres:
"No es posible que hayan muchas mujeres que se resistan al amor, si están previamente bien cebadas"

Puerto del Buceo


Pueto del Buceo


Un concurso de pesca

"Las gentes, en general, malvadas y envidiosas ridiculizan a los pescadores; y con señalado y perverso ensañamiento, a los pescadores de caña.

Hay infinidad de definiciones y chistes destinados a estos beneméritos e inofensivos deportistas, con alcances malevolentes, como si se tratara de seres obtusos, dignos de compasión.

Pues, yo, aunque no pertenezco a ese paciente gremio de los pescadores acuáticos, los admiro. Más, pienso que un pescador debería ser el mundo emblema de la humanidad. Y si prestamos un poco de atención, nos apercibimos que el hombre desempeña, en esta vida, espiritual y prácticamente, por una extraña paradoja, el triple y contradictorio papel de pescador, de pez y de pescado.

¿Quién no anda por esas calles de Dios a la pesca de algo? Un negocio, un cliente, una mujer, un hombre, un empleo, una jubilación, una idea, unos pesos, un objeto de arte, un libro, un amigo que lo invite a almorzar...
¿Y quién no anda cuerpeando algún anzuelo? ¿Y quién no resulta pescado, más de una vez?

Todos esos correctos caballeros que se estacionan en la calle Sarandí de seis a nueve, tienen la impávida y silenciosa actitud de los pescadores. Pasan las damas alegres y apetitosas, que podrían ser muy bien los peces; delicadas y esbeltas cual pejerreyes, o redonditas como pampanitos. Aunque no siempre son ellas los peces, pues suelen ser también pescadoras. Mas, en este terreno, se tropieza con cierta dificultad para descubrir cuál es el pescador y cual el pescado. Sólo al final, el cataclismo matrimonial nos revela clara y duramente la verdadera posición de la víctima. Menos mal que con el divorcio, se ha descubierto un procedimiento que permite sacarse el doloroso anzuelo después de haberse comido la carnada, y esto no deja de ser un alivio en esta especialidad de pesca.

Pero yo no quiero referirme a la variedad infinita de pescas, más o menos solapadas, que practican los hombres entre sí. Ya lo sabemos: "Homo homini lupus". Sólo quiero hablar de un concurso de pesca de caña que tuve el placer de presenciar hace algunos días.

Habia advertido, publicado, un meditado trabajo con el título de "Reglamente para el concurso de pesca", que debía realizarse en este mes.

Como yo tenía verdadero interés en presenciar tan divertido y alegre certamen, lo lei, naturalmente, con suma atención, y previamente, para poder ir bien preparado.

El reglamento consta de catorce suculentos articulos, así no más, como quien no quiere la cosa; como los catorce puntos de Wilson. Y para que el lector se entere de este prolijo e interesante  trabajo, voy a citar a los más serios particularers.

Empieza diciendo que el concurso es individual y pueden tomar parte en él todos los aficionados nacionales y extranjeros, y eso está muy bien; hubiera sido realmente odioso y antipático excluir a los extranjeros, sobre todo teniendo en cuenta que la inscripción era gratuita.

Dice que los concursantes usarán una caña que tendrá como máximo dos anzuelos, y como mínimo uno. Esto último del mínimo, a la verdad, no lo dice, pero yo creo conveniente aclararlo, pues no sería poca afrenta para los demás competidores si se presentara alguno sin anzuelos. Y en seguida hay una limitación muy importante. "En ningún caso la línea podrá ser más larga que la caña".

El lugar del concurso está dividido en espacios de un metro cincuenta y los participantes deberán ocupar el centro del mismo –no se escapa detalle– y tienen que tener la caña en posición que no moleste. Excelente medida para la concordia y armonía de esa inspirada familia pesquera.

Luego se puntualizan que no pueden abandonar el sitio, y si por alguna razón imperiosa tuviran que hacerlo, lo harán pidiendo permiso al comisario del sector. Bien dispuesto. Como en la escuela. La disciplina ante todo.

No se toleran ayudas y se prohibe cebar antes de empezar la prueba. Magnífica previsión. Si a los pescadores de la calle Sarandí, pongo por caso, se les permitiera cebar antes de la prueba, a las muchachas que pasan por allí, está claro que el éxito sería para el cebador. No es posible que hayan muchas mujeres que se resistan al amor, si están previamente bien cebadas.

Se inicia la prueba con un tiro de mortero. ¡Pum! y se termina en la misma forma. ¡Pum!

El pescado deberá ponerse a espaldas del concursante y el que obtenga el mayor número de piezas ganará el concurso, y en caso de empate el Comisario decidirá la forma de desempate. Este es un problema que si no pica debe tener bemoles para su solución.

Pero, en fin, esto es lo fundamental, y con esta preparación previa me encaminé hacia la muralla sobre la costa del mar.

Aire salino, puro, respírase. Se advierten indumentarias variadas y sin pretensiones. Muchos tirantes a la vista. Es un deporte que no exije traje apropiado. Exento de elegancia y eminentemente democrático. Todos se sientan en el suelo.

Desde el primer momento se presiente claramente que se trata de un espectáculo agradable, tranquilo, húmedo y moral. Altamente moral. Nunca he visto en el mundo, nada más rigurosamente moral que un pescador en sus funciones, un pez o un pescado. No despiertan en ningún momento, esos tres elementos, separados o conjuntamento, el más ligero pensamiento impuro.

Todo es silencio y atención. No hay violencias. Las miradas ansiosas, se concentran en las boyas. Si la boya se sume o si no se sume. "That is the question". Si se sume se anima el pescador. Si no se sume, al fin resulta un tanto monótono el juego; pero los sostiene la esperanza a esos dichosos obstinados, aunque el cuadro languidece un poco. Las cañas cuelgan en actitudes de abandono y laxitud. El estado de un pescador desanimado se revela en el acto por la posición de la caña.

Habría unos cien concursantes que tentaron la suerte durante dos horas lánguidas. No picaba, Neptuno, Tetis, las Oceánicas, Anfitrite, las Náyades, las Nereidas, y todas las divinidades del mar, y de las aguas, parecían haberse opuesto al éxito de ese ejército de pescadores organizados.

Ganó el premio un señor griego con cuatro ejemplares. Mas yo sabía que el resultado sería pobre. Un eximio pescadorque consulté, me contestó después de chupar la línea que había sacado del agua: "No hay nada que hacer". Pronostica el resultado por el sabor, como si catara un vino.

Un chubasco importuno disolvió las huestes que se retiraron en silencio, como siempre, blandiendo sus flexibles lanzas. Y antes de terminar esta breve reseña quiero citar las opiniones publicadas, del doctor Biliard, con respecto a la pesca.

Dice, este distinguido médico: que es una distracción tranquila y cautivante desde las primitivas edades de la humanidad, y que es un ejercicio moderado. Exige ingenio, atención, decisión y paciencia, sobre todo esto último. Dice también que aguza los sentidos y hace volver al instinto del animal en acecho, y esto debe ser muy ventajoso para la vida; y que es una pasión y sin embargo no comporta excesos.

Y dice también otras cosas más, quizás no menos interesantes, pero yo creo que esto es lo principal." (p. 127-132)



16. DON ELIGIO Y LA MEDICINA

De los hijos de Papún y Mami el único que se dedicó a la medicina fue Pedro (Pacaco). El doctor al que alude Don Eligio en esta historia es probablemente José Pedro Urioste.  En el artículo titulado "Es imposible escribir sin temas" que reproducimos en el, Don Eligio cita al famoso médico y humanista español Gregorio Marañón.

Sobre la medicina en el Uruguay, consultar este artículo del Dr. José Portillo "Historia de la medicina estatal en Uruguay (1724-1930)"  publicado en la Revista de Medicina del Uruguay, 1995 (11), p. 15-18 (accesible ).

La frase de Don Eligio: "llevados por la corriente de la época, ocupamos una parte muy apreciable de nuestra vida, alternando en nuestras manos el volante del automóvil y los palos de golf" es de gran actualidad en muchas sociedades así llamadas desarrolladas. Hoy añadiríamos que nuestras manos se ocupan también de manejar la computadora y todo tipo de aparatos digitales.

Don Eligio comienza evocando...

las playas del Uruguay

Playas del Uruguay


Un buen médico


Existe, desde la Colonia hasta el Chuy, tendido a lo largo de la costa y en caprichosa disposición un cordón de ensenadas y playas, donde la luz en todo su esplendor y el aire diáfano, excitan el brillo de sus arenas.

Quiso la naturaleza pródiga, dotar a la República del Uruguay, con ese lujoso collar de perlas, de buen oriente, que la engalana.

Y en un pintoresco balneario, en embrión, de esa mismaribera, la religión había logrado, en su acción perseverante, cimentar las raíces de su credo, erigiendo una capilla. Modesta concepción inicial, sin estilo bien definido, allá, inconclusa, soterrada en parte entre pinos y médanos. Sólo su torre ágil atraía, con el sonido evocador de sus campanas, las miradas de sus parroquianos que la veían destacarse por encima de las copas de los árboles, señalando, como el índice de una mano sagrada invisible que los invitara a la reflexión, el infinito misterioso y apacible del cielo azul.

Se realizaba en un día de fiesta, de extremo calor, una comunión general, y el rebaño de fieles, de la vecindad, sumisos y supersticiosos, acudía dócilmente, con andar pausado, a la ceremonia.

Ataviado con sus mejores ropitas, eas buenas gentes, humildes de condición, grandes y chicos, sentían la leve inquietud que provocan las prendas que no son de uso diario, y que parecían asociarse, con sorda confabulación, a la alta temperatura del momento, rozando la epidermis, y comprimiendo las carnes, que clamaban por el aire y la libertad, que sus dueños anhelan siempre conquistar en esos casos, con ansia mal disimulada.

El sacerdote llegaba del pueblo vecino, guiando un Ford, envuelto en una nube de polvo del camino, a cumplir su rol de director espiritual en ese acto de tanta trascendencia moral.

Una vieja amistad por uno de los más distinguidos médicos de mi tierra, y una crónica afición deportiva, me habían llevad, en la mañana de ese mismo día, con mi ocasional adversario, a la cancha de golf, que dista un par de kilómetros de la playa, naturalmente, en auto. Llevados por la corriente de la época, ocupamos una parate muy apreciable de nuestra vida, alternando en nuestras manos el volante del automóvil y los palos de golf. Concluyentes manifestaciones de la destreza de los hombres de estos tiempos. Algo así como fueron los briosos corceles y las lucientes espadas, para los valientes y apuestos caballeros de la edad media. Mas, llegados a nuestro plácido campo de batalla, advertimos que nos encontrábamos sin "caddies". La ceremonia religiosa, ejerciendo su místico poder, había desviado la corriente de los muchachos. Pero como nosotros no nos podíamos resignar a renunciar a nuestra lucha deportiva, ni a realizar el combate sin el recurso de esos pacientes escuderos, resolvimos regresar hacia la capilla, en busca de nuestros elementos.

Subimos de nuevo al auto, y en el trayecto, compadecidos de una mujer que caminaba, en un grupo, con un chico en brazos, con tan abrumadora temperatura, paramos para invitarla a subir. Aceptaron, la mujer y el grupo, la invitación, y se llenó el auto.

En estas circunstancias, se me ocurre hablarles del médico, sentado, en ese momento a mi lado, requiriendo por sus condiciones. Consideraba que no sería reconocido, pues se encontraba en traje de sport, en mangas de camisa, con un modesto sombrero de brin. Y sucedió lo previsto, no fué reconocido, pero no es extraño. Con esas vestimentas no se perciben diferencias, todos los hombres se asemejan. Y no sé por qué en el traje ordinario, se advierten muchas veces, ciertas variedades de nuestra especie, aún en esta época en que lo externo pierde cada día su valor. Y es evidente que hay muchos hombres, que no obstante la uniformidad monótona de los trajes de diario, saben guardar una singular actitud, que traduce, inmediatamente la importancia de la personalidad que representan, o el dinero que tienen, o el que desearían tener, y no hay duda que consiguen hacer cierta particular impresión.

Pero el traje de sport es como el traje de baño. No admite posturas. Un personaje con un mameluco de baño, no puede aparentar distinción especial, ni riqueza, ni importancia, ni arrogancia. Son todas virtudes que se ocultan tímidamente cuando un hombre está semidesnudo y descalzo. Es la posición del desarme. Sólo los jóvenes fuertes y bien proporcionados, pueden lucir, hasta cierto punto como las mujeres, también jóvenes, sus encantos físicos, que los coloca, en el acto, en un plano envidiable y superior.

Pues bien, volviendo a mi sujeto, declaro que es exacto, seguramente, por las causas que puntualizo, que las mujeres no conocieron al médico, pero no es menos cierto que hicieron grandes elogios del mismo.

Paramos el coche a cierta distancia de la capilla. Bajó mi compañero y se alejó en busca de los muchachos. Bajaron también las pasajeras que quedaron cerca del auto agradeciendo nuestra atención y esperando a algunas de sus compañeras que habían quedado rezagadas por falta de asiento. Sin explicarme la causa, en ese momento, insistí de nuevo, interrogándolas sobre la capacidad de mi amigo, contestando, una de ellas, con el mayor respeto, y con las siguientes palabras:

"Mire, señor, es un médico muy bueno. Fíjese, hace poco hubo un choque de autos, allá, cerca de la estación. Y esto lo vimos todas. Un chófer cayó con tan mala suerte, que se hizo en la cabeza una herida que parecía de cierta importancia. Se llamó al médico, que lo examinó, y dijo: Esto es muy grave, no hay nada que hacer. Y se fué. Y luego, con tono más alto y con énfasis, exclamó: "Si será buen médico, al día siguiente, el hombre... se murió. No hubo nada que hacer. Es muy buen médico."

Llegaba mi amigo en el momento en que disolvíase el corrillo y se disipaban los murmullos de asentimiento y respeto que causara el atento auditorio, tan sabrosa referencia." (p. 133-137)


17. DON ELIGIO Y LA POLICIA

Don Eligio reflexiona sobre el tráfico por la rambla costanera, la policía, la cárcel, los formularios y la burocracia pública, 22 funcionarios involucrados en "su caso"... en 1937. Su delito: "atentado contra la integridad personal; esto es, el marchar a sesenta quilómetros". Naturalmente que dicho atentado fue cometido por la policía y no por Don Eligio. Nos parece que en el mundo de hoy en estas cosas, lamentablemente, no ha cambiado mucho. Pero también es cierto que en Buenos Aires "en un caso semejante" a uno "le toman el número y le aplican una multa de veinte pesos". Como dice irónicamente Don Eligio, los uruguayos habían perfeccionado los métodos.

La historia comienza evocando las playas del Uruguay.


Mi cautiverio

Soy un hombre ya algo entrado en años y créome normal.

Hace de esto un par de días; transitaba, yo, en dirección al golf, por la rambla costanera, invitado por unos amigos que obsequiaban con un almuerzo a un distinguido caballero argentino.

Eran las doce menos cuarto. Recorría tranquilo, risueño y distraído, ese trecho que decoran donosamente tres o cuatro adiposos gasómetros y una chimenea solitaria en el medio de la calzada, desorientada, con toda la apariencia de haber perdido a su fábrica.

Próximo ya a este monumento, me hace señas un funcionario uniformado. Me detengo en el acto a su lado. Surgen de improviso, como por encanto, otros dos funcionarios iguales y dos policías en sus respectivas motos. Estaba materialmente rodeado. Uno de ellos me pide la libreta de conductor –había olvidado de decirles que yo manejaba en ese momento mi auto. Se la entrego, naturalmente. Toman una serie de notas. Se la reclamo. Ignoraba la causa. No me la devuelve y se limita a decirme: "Siga la moto de ese oficial".

Cinco hombres había intervenido ya en mi captura. Y en marcha, fuímos a parar, a pocas cuadras, a una comisaría. Otro guardia civil me acompaña al interior. Me atienden otro escribiente y otro oficial. Pido para hablar por teléfono. Se me autoriza. Aprovecho para comunicarles a mis amigos que no me esperen, previendo que el asunto sería largo. Y en efecto, me despachan de allí para otra comisaría que está en la calle 18 de Julio, con otro guardia civil a mi lado, en mi coche.

Entro con mi celosa custodia. Un mostrador. Me atienden otro oficial y otro escribiente Se inicia un expediente. Declaraciones de edad, nombre de mi padre, de mi madre, etc. Espero más o menos una hora y media delante de ese mostrador. Llegan mis amigos. Quieren socorrerme. Imposible. Me pasan, al rato, a un segundo patio. Me acompaña otro hombre, chauffeur de camión. Tenemos un banco para sentarnos. Es un local ventiladísimo y frío. Le pregunto a mi compañero de infortunio por qué estaba allí. Y me contesta: "Yo estaba a unas diez cuadras de Colón, en la carretera. Me prendieron cuando iba manejando mi camión. El agente que me detuvo sostiene que yo iba a 58 kilómetros y yo le decía que no iba más que a 55".

Algo resignado, yo, por temperamento, me reía de la irritación del pobre sujeto cuando nos interrumpe el guardia civil que nos custodiaba para decirme: "Parece que usted se lo toma con soda, esto".

Pasa otra hora. Deseaba conseguir algo para comer. Ya eran más de las dos. Vanos esfuerzos. Nadie tiene el menor deseo de socorrernos.

Nos hcen pasar de nuevo als mostrador. Allí aparecen en ese momento, un chauffeur y un soldado con máuser. Eran los encargados del carro celular, que según nos dijeron, debían llevarnos a la alcaidía de la carcel central. Antes de llevarnos me preguntan si tengo armas. Un agente me palpa. Fué el único momento desagrdable. No me agradan que me toquen y menos que me palpen. Un comisario, amable, me dice: "Usted puede ir en su coche, si quiere, acompañado por un guardia civil". Y en marcha para la cárcel central, con otro guardia civil al lado. Y yo siempre mudo y sin la menor protesta.

Entro. Traspaso las rejas. Me alojan en un pequeño escritorio. Me vigila un soldado con máuser, que al pasar por delante de mi puerta me mira de soslayo, entre sorprendido y curioso.

Me atiende un alto empleado cortésmente. Le manifiesto mi deseo de mandar comprar algo para comer. Pone a mi disposición un hombre para ese objeto. No encuentra sandwiches en el barrio. Me trae dos panes y un poco de jamón.

Termino mi frugal almuerzo. Aparece otro hombre que me dice: "Tiene que pasar a ficharse". Otros formularios. Declaraciones, firmas, impresiones digitales de todos los dedos juntos de las manos, con algunas de llapa de los pulgares. Y ya estoy prontuario o algo por el estilo. Termino esa operación y me dice el empleado: "Puede lavarse las manos", y en otro pequeño patio encuentro una pileta con jabón de piso que se utiliza, entre otros, para ese fin.

Otro funcionario, también muy amable, de la misma repartición, me entera, por fin, de que estoy allí, a disposición del juez en atención a un artículo de un nuevo código que yo no sé si está en vigencia o no está en vigencia; pero que probablemente lo aplican con carácter de ensayo para comprobar el efecto que hace, tal como si se tratara de una vacuna. Se llama mi delito, atentato contra la integridad personal; esto es, el marchar a sesenta quilómetros es un atentado.

Y sigue mi cautiverio. Hay que esperar al Juez. Caigo, por último bajo su jurisdicción y... estoy en libertad. Si ustedes han tenido la paciencia de contar, ya verán que se han empleado unos veintidós funcionarios de la policía, del Municipio, de la justicia y del ejército, para atender mi caso. Y plenamente se justifica el aumento de la burocracia, y de las fuerzas organizadas si se quieren hacer bien las cosas.

Voy en el acto a visitar a mi amigo el caballero argentino. Me excuso. Le explico lo que ha pasado. Me dice que en Buenos Aires en un caso semejante le toman el número y le aplican una multa de veinte pesos. Natural que eso es muy sencillo; pero el hombre ve que aquí se han perfeccionado los métodos. Yo no insisto, no quiero avergonzarlo. Son muy patrioteros los argentinos, y a nadie le agrada que le digan que su país está atrasado en los métodos.

Y esta es la hora en que ando persiguiendo mi libreta que tiene veinte años de existencia, inmaculada de multas de esa naturaleza, antes de este desventurado incidente.

Nadie podrá negar la exactitud de lo que dejo escrito."

(El Plata, Setiembre 30 de 1937) (p.  65-69)


18. DON ELIGIO COMO FILOSOFO

Para terminar reproducimos tres reflexiones de carácter filosófico, si es lícito utilizar este término, ya que Don Eligio no se consideraba un filósofo 'profundo' sino un observador. Pero, al fin de cuentas, un buen observador no es, volens nolens, a menudo también un buen filósofo? Don Eligio cae por instantes, lo que le ocurre raramente, en un estado melancólico. Ver, por ejemplo, el comienzo del ensayo "El mendigo hechicero" que reproducimos en el. La melancolía es la enfermedad filosófica par excellence. Don Eligio recuerda también en este contexto a, y al de   "que sólo salen a la luz en tan tristes fechas" es decir en la Semana Santa!

Fuente:


Don Eligio se parece mucho, en sus ensayos, a.

Michel de Montaigne

Montaigne

Fuente:

La primera reflexión con el título "Es imposible escribir sin temas"  es una autoreflexión sobre el escribir mismo: no hay pensamiento sin objeto. En este ensayo cita Don Eligio a (1887-1960) un famoso médico humanista español cuya obra "Manual de diagnóstico etiológico"  fue uno de los libros de medicina más vendidos en el mundo. Citamos de este sitio escrito por Juan Francisco Jiménez Borreguero (UMEM, Unión Mundial de Escritores Médicos). Ver también el sitio de la

"Su actividad dentro de la sociedad, está marcada por los grandes ejes de su personalidad: la generosidad y el deber, y los de su generación: el espíritu de sacrificio y la pasión, lo que le llevó a implicarse, como a una gran parte de intelectuales, en el destino de España. Su prestigio como médico le valió para sensibilizar y convencer al Rey Alfonso XIII a fin de realizar un viaje, "a pie y a caballo" a la región más mísera de España: las Hurdes, lo que significó mejoras sociales inmediatas con la creación de un Patronato y el final de algunas enfermedades endémicas.
Mas tarde se imlicó también, tras las elecciones, junto a Ortega, Machado etc., en la llegada de la República, manteniendo en todo momento, desde su compromiso con la dignidad humana, una actitud crítica hacia los excesos de ambos bandos en el drama de la guerra civil, lo que puso en grave peligro su vida.
Durante su exilio por Francia y los países hispanoamericanos realizó numerosas conferencias (varias por día), además de artículos en periódicos, en este período así mismo verían a la luz nuevos libros, entre ellos el más importante de Medicina: Manual de diagnóstico etiológico.
A su regreso del exilio y "arropado" por el prestigio universal, prosigue su actividad profesional: se reintegra discretamente a la vida académica y social, "sin renunciar a su profundo liberalismo" y cultiva de forma fecunda casi todas las ramas del saber.
Su radical vitalidad hace que nada de cuanto le rodea le sea ajeno, además de su dedicación en "cuerpo y alma" a la Medicina, escribe sobre casi todo: historia, arte, la cocina, el vestido... etc.
Y analiza en sus obras, con un género literario singular e inédito, las grandes pasiones humanas a través de personajes históricos, la timidez en "Amiel", el resentimiento en "Tiberio", el poder en el "Conde Duque de Olivares", el donjuanismo en "Don Juan", etc."

Gregorio Marañón

Gregorio Maranon
Gregorio Marañón con Machado, Ortega y Gasset y Pérez de Ayala
Maranon, Ortega, Perez de Ayala, Machado


En su ensayo "Es imposible escribir sin temas" cita Don Eligio el aria del Chevalier Des Grieux del tercer acto, escena segunda: "Ah! Fuyez, douce image" de la de t (1842-1912) estrenada en París en 1884. Escuchar la melodía.

En el segundo ensayo Don Eligio discurre sobre un tema por así decirlo clásico para él, la virtud femenina.

Naturalmente que en el centro de estos (y de otros) ensayos está la figura de Cupido.

L'Amour victorieux
Le Caravage (1602–1603)
Caravage Cupidon

Représentation classique d'Éros/Cupidon
Fuente:

El tercer artículo trata de el tema de la filosofía moral: el libre albedrío. Ver también el ensayo "Tenacidad y audacia" que reproducimos en el.

¿Qué es el hombre? A esta clásica pregunta filosófica responde Don Eligio en su ensayo sobre la virtud femenina:

"El hombre, todos lo sabemos, es una mixtura, una aleación, un conglomerado, una combinación nebulosa de cualidades buenas y regulares, y rara vez encuéntrase huérfano de alguna malilla.
Nunca es del todo bueno, ni del todo malo.
Nadie puede decir exactamente qué se propone el Omnipotente cuando nos crea. Mas con toda evidencia, podemos afirmar que nosotros no hemos elegido nuestra inteligencia, nuestras disposiciones, nuestras pasiones, el color de nuestros ojos..."

Hoy podemos imaginarnos que gracias a la técnica moderna, sería posible elegir nuestra inteligencia, nuestras disposiciones, nuestras pasiones, el color de nuestros ojos... Si esto llegara a ser posible, ¿qué es el hombre?

El alquimista
de Joseph Wright of Derby (1771)

Wright alchemist

Fuente:


Uno quisera seguir el ejemplo de Don Eligio y de tanto en tanto buscar un lugar ameno, junto al mar, rodeado de pínos "entre ondulados y níveos médanos" y dejar divagar al pensamiento sobre cosas de la vida que no sean "ni bufas ni trágicas" acompanañado no por la clásica lechuza de Atenea, sino por un dormilón criollo y siempre conscientes de que en el medio del idilio algo menos inspirador e imprevisto nos puede caer del cielo producido por otras aves.

Lo acompaña a Don Eligio un libro del ensayista y poeta (1888-1976), las "Fábulas" de y "una edición relativamente pequeña de un Diccionario Enciclopédico, báculo indispensable, preclaro y generoso de mi ignorancia". Es muy probable que el Don Eligio de hoy esté acompañado de algún que otro libro pero ciertamente lo está de un laptop con acceso a internet. ¿En estas nuevas circunstancias mediáticas, será capaz Don Eligio de producir ensayos de este calibre? ¿Y por qué no? Todo es cuestión de probar. Lo peor, tal vez, que puede pasar es que fracase. ¿Y, en ese caso, qué hacer? Déjemosle la palabra a Don Eligio:

"Recogí mis libros. Me levanté. Abandoné mi refugio un tanto humillado. Llamé al dormilón. Te dejo el sitio, le dije. Esta mañana ha sido un fracaso y una lección para mí. Te deseo mejor suerte, y hasta pronto.
Y esta es la hora en que reconstruyo este breve y sencillo episodio cómico-trágico de tan escabrosa realidad."


Es imposible escribir sin temas

Encuentro al Director de la revista por la calle, detiéneme y me dice: ¿No podría escribirme un artículo ameno, risueño, usted, novel escritor?

A mí me pareció que había exagerado un poco en eso de escritor, no obstante, acepté la invitación y le contesté que ensayaría.

Con esa ardua consigna, levántome temprano al día siguiente y a la costa a inspirarme. Cielo azul, mar azul. Una mañana de otoño, tibia, serena, sin pizca de viento. Tiéndome en la arena. Tranquilidad absoluta. Sólo agítabase el agua en la orilla, a la que llegaban, extendidas y perezosas, las olas de un pesado mar de fondo, que rompían uniformes, con el mismo estrépito monótono y sonoro. Una que otra gaviota destacba su blanco plumaje en el fondo azul, y planeaba, indolente, vagando, como mi pensamiento.

El Director habíame pedido una nota alegre, y yo no veía, en mi mente, sino ideas melancólicas, y en vano exprimíame el seso en estériles esfuerzos. Y ahora se verá lo que salió en ausencia del zumo risueño pedido. Unas pocas reflexiones que recuerdan cosas mías, personales, tan extrañas que jamás podré explicar.

No puedo ni debo ocultar, en primer término, que yo no soy un hombre uniforme, mentalmente, con una naturaleza íntima homogénea; por el contrario, al despertar, de mañana, preséntome con múltiples y opuestos aspectos, tendencias y matices. Debe ser el resultado de las digestiones, o de las indigestiones, no estoy bien seguro. Ahora están de moda las glándulas, todas las glándulas, las funciones fisiológicas del epitelio, y no sé qué más que provocan en nuestra psiquis derivaciones imprevistas y extraordinarias. (Entiendo que así lo sostiene Marañón). Sólo así me explico lo que a mí me sucede. Amanezco un día literato, otro tenor, tenorio, filósofo, pintor, político, poeta, dulce, agresivo, enérgico, modesto ambicioso, manfichista y qué sé yo.

Y aquí he descubierto dónde pueden revelarse, muchas veces, las verdaderas tendencias de un hombre, sus reales aptitudes, aunque fuerzas oscuras desarmen y tronchen, como acontece con frecuencia, con inexorable crueldad, nuestras más nobles aspiraciones.

Voy a hacer memoria de dos o tres casos realmente singulares en este sentido.

Hace algún tiempo, desperté, un día, lírico, dulce. Creo que había comido poco por la noche anterior, Una frugal ensalada de frutas. No podía causar este sobrio antecedente digestivo, sino una consecuencia artística y amable. Y, en efecto, al despertar, sentía en mis oídos ritmos, melodías, sinfonías sentimentales. Tírome de la cama tarareando el "Fuyez douce image" de Manón. Un poco gastado; pero inspirado y sentimental. Y al cuarto de baño a ensayar. Resulta allí la voz más bella y tiene más volumen. Me entusiasmo y levanto el tono a todo pulmón. Creo que tengo bastante oído y sentíame emocionado. Iba a repetir por quinta vez el ensayo, ya estaba perfecto, y siento que golpean la puerta con violencia. Era la mucama que me avisaba que estaba el señor Martínez. Voy en seguida, le contesto. Es la providencia que me lo envía, pensé. Mi querido amigo Martínez es un músico de primer orden. Lo voy a consultar. Podría yo llegar a ser un gran tenor. Salgo corriendo a recibirlo al vestíbulo, salúdolo, y antes que nada me interrumpe en seco, y me dice: te compadezco, querido: ¿Quién es ese bárbaro que rebuzna de ese modo? Me quedé helado, y como vivo en una casa de apartamentos, le contesté que no sabía, que seguramente devía de ser algún vecino. ¿Cómo explicar este exabrupto? Yo no lo sé.

No transcurrieron muchos días de este lamentable episodio, y sucede que, una mañana, despiértome tenorio. Algo así como Don Juan y Casanova. Yo creo que el origen de tanta exaltación amorosa debe encontrarse en esos menjunjes de cocteles que ha dado la moda, ahora, en hacernos ingerir, en todas partes, en generosas y repetidas dosis. Pues bien, entreabro los ojos, y en la penumbra del cuarto, paréceme divisar, sentado a los pies de mi cama, inmóvil y sonriente, la imagen real del malicioso e informal Cupido. Una aparición patente, impresionante. "Levántate, me dice, ya son las diez, vamos a ver a Aurora". Aurora es una divorciada, buena moza, cuarentona. E insiste: "Aurora te quiere. Además es un buen partido. Es cierto que no es del último modelo; pero ha sido bien cuidada, perfectas tiene todas sus piezas, todos sus dientes, pelo natural sin tinturas, ni una esmirala de válvulas, y con poco uso. Está claro que esto no se puede demostrar matemáticamente como si yo tuviera un cuenta kilómetros; pero yo estoy bien enterado y lo puedo aseverar".

Pareciéronme irrespetuosas y chocantes las apreciaciones de este Cupido moderno, que se expresaba, de tan delicada dama, como si se tratara de un auto de segunda mano; pero cedí dócilmente a la tentación, y me dije: vamos a probar, el que no arriesga no vence.

Arréglome con esmero; cuádrome delante del espejo a fin de darme los últimos toques; la punta del pañuelo a la vistaa; ladeo un poco más mi flamante sombrero de paja, y en marcha. Cupido me sigue.

Mora, esta dulcinea, en una quinta. Era cerca del mediodía. A distancia la percibí con una primita, en el portón, sonriente, frescachona, encantadora, en un marco de flores. Me entusiasmo, henchido, inflamado el pecho de gozo y de satisfacción. Sólo veía el cielo en aquellos ojos divinos. Menudeo el paso, y ya casi frente a ella, levanto el brazo para descubrirme y saludarla, y al punto tropiezo con una losa de la vereda que no había advertido levantada. Tremendo traspiés. Trastabilleo. Impulsado violentamente, doy tres o cuatro inseguros pasos. Congestionado por el esfuerzo y la cólera, paso como un bólido delante de Autora balbuceando un confuso bueos días. Cae mi sombrero de paja nuevo y emprende rodando como un disco, una marcha acelerada que me obliga a perseguirlo, mientras oigo, mortificado, detrás mío, el murmullo de una explosión de risas mal contenidas. Maldición... Cupido se había perdido de vista.

Y véase, ahora: despiértome otra vez, literato. Así como hoy, con tendencias serias y sentimentales, raro en mí. Como antecedente gástrico extraordinario, solamente recuerdo un suculento y copioso estofado con bastante cebolla. Escribo, esa mañana, una nota rebosando melancolía. La escena desarrollábase en un cementerio; pero no pude terminarla. Pasaron varios días y nunca se repetía esa sombría e indispensable disposición de espíritu. Por una singular coincidencia sucede que, al mes siguiente, se agrava una parienta y muere un amigo que me debía cien pesos. Extraordinaria y dúplice oportunidad. Cayó mi espíritu en un estado de melancolía tal, que me permitió, con tiempo sobrado, terminar lo que yo creo que puede llamarse una bella página sentimental.

Se la llevo al Director de la revista. La lee y me dice: es buena, está bien escrita, la vamos a publicar. Pasaron tres meses, y como la nota no se publicara, le pregunto: ¿Y la nota? ¡Ah, es verdad, aquí está, me contesta, y golpea con la mano una carpeta, "la vamos a publicar". Y nada durante otros tres meses. Vuelvo a interrogarle, y me dice: "Su nota, sí, el episodio aquel del cementerio, si, ya recuerdo, aquí la tengo, es muy triste, la vamos a publicar... en Semana Santa."

Me corté un poco, al momento, pero luego reaccioné, me acordé de Tirso de Molina, de Zorrilla, del Juan Tenorio, que sólo salen a luz en tan tristes fechas, y habrán tenido ellos también que resignarse. Pues pasó la Semana Santa y nada, tendré que esperar a la otra.

Sin una sola idea, y holgazán, con mi pobre pensamiento que seguía vagando melancólico, se acabó la mañana, y algo contrariado, regresé pensando: es imposible escribir sin tema." (p. 83-88)



Don Eligio discurre acerca de la virtud femenina

El hombre, todos lo sabemos, es una mixtura, una aleación, un conglomerado, una combinación nebulosa de cualidades buenas y regulares, y rara vez encuéntrase huérfano de alguna malilla.

Nunca es del todo bueno, ni del todo malo.

Nadie puede decir exactamente qué se propone el Omniputente cuando nos crea. Mas con toda evidencia, podemos afirmar que nosotros no hemos elegido nuestra inteligencia, nuestras disposiciones, nuestras pasiones, el color de nuestros ojos...

Yo me imagino que todo está en nuestro origen, en la preparación inicial. Se me supone, con una fantasía asaz pueril, digna de un estudiante de preparatorio, que el Creador, tiene al alcance de su mano todos esos fluídos mágicos, todos esos elementos hipotéticos imponderables, en una serie de frascos, tal como el alquimista barbudo y misterioso rodeado de matraces y hornillos rojizos, en la penumbra de un laboratorio impregnado de ácidos y exhalaciones gaseosas.

Crea a una mujer, y nunca pudo hacerla de una prosaica costilla masculina como asevera la Biblia, habria sido muy sencillo, y para ello, el maravilloso taumaturgo, junta al azar y en arbitraria dosis, belleza, sensibilidad, memoria, inteligencia, alegría, sensualidad, simpatía, pudor, melancolía, criterio, gracia, snobismo, voluntad, egoísmo, gula, sentido religioso, rastacuerismo, romanticismo, tejido  adiposo para las rotundas caderas, color y sombras para los ojos, tinte para la cabellera, abundantes glándulas mamarias para los senos, y a la postre, todos los infinitos y complejos atributos indispensables para obtener una mujer completa.

Agita bien la mixtura, la echa en el absurdo crisol, que no puede ser otro que el que nadie ignora, y surge una mujercita, ser milagroso, ideal y contradictorio, cajita mágica de inesperadas sorpresas.

No creo que la virtud, casta ave féix, sea un atributo básico. No puede tener el mismo origen directo. Es una resultante que aparece, luego, de la combinación de esa mezcla confusa. Y todavía, y para hacer a la virtud más extraña, brota inopinadamente el azar, que acecha con situaciones siempre inesperadas, acompañado del encantador y traicionero sentimiento de la tentación; momento feliz de la tentación, sabroso y excitante titubeo que contraría, emociona y seduce, único impulso oscuro, que, en verdad, puede considerarse del manantial satánico.

Conocí a dos hermanas calcinadas en el mismo crisol, que tuvieron idéntica educación, crecidas en el mismo medio, y sin embargo, dos vidas radicalmente antagónicas las separaron.

Era, una de ellas, virtuosa, rígida, y la otra, un alegre y encantador diablillo.

Pasaron los años. No llegó a ser bella la primera y era insípida. Fría, con carácter y voluntad inflexibles. De un pudor excesivo. Sin elegancia. Colgábanle los brazos como postizos, de marioneta en reposo, de un cuerpo desgarbado, de unos hombros míseros. Había llegado a una edad en que las mujeres que ya no tienen nada que esperar de la vida, sin recuerdos gratos del pasado ni esperanzas en lo porvenir, agrias, se abrazan de la religión, se hacen beatas, y transportadas por la fe le piden al Todopoderoso que no las abandone en la otra.

Ya habían pasado para ella, sus mejores años, sin amor, sin ilusiones, intacta su virtud rígidamente blindada. Y sin la persecución de los hombres que la hicieran feliz y desgraciada, tuvo que soportar sus penas, su hastío, musitando plegarias interminables entre las paredes frías de los claustros sombríos.

Cruzó la vida sin riesgos. Satanás poco o nada tenía que hacer en ella. Fácilmente advirtió su aleación glacial. No se acerca a los témpanos. Desarrolla su acción nefasta en la zona tórrida. El fuego ardiente es su medio. Dedicóse a la otra que ostentaba todo lo que excita las pasiones en la vida. Bella como un ángel... Unos ojos brillantes, una alegría comunicativa. Cuerpo de Venus. Temperamento de fuego.

Y aquí, a no dudarlo, se le fué la mano al taumaturgo prodigioso. Y para mayor mal de sus pecados, voluntad escasísima, bondad infinita, y a todo esto, un abandono casi inconsciente, del que fácil presa supo hacer el ángel caído. Los hombres la persiguieron. La hicieron feliz y desgraciada. Y tuvo que sufrir. La sociedad no perdona.

Vaticinios de una vida eterna y dichosa pronosticaron para la virtud inmaculada, de la primera; censuras dolorosas y crueles recayeron sobre la segunda. Una mujer de mérito y otra desdeñable.

No quiero erigirme en acusador de responsabilidades de la vida. Sería enredarme en un laberinto de reflexiones del que sería incapaz de salir; pero me domina un invencible espíritu de piedad, de indulgencia, de simpatía para la pobre pecadora..." (p. 107-110)



Don Eligio y el libre albedrío

Engarzado en un arenal de la costa, existe un verde pinar encantador. Los pinos marítimos, ya crecidos, se agrupan y mézclanse en armónico desorden entre ondulados y níveos médanos.

Surgen, aquí y allá, apiñadas matas de junquillos que levantan en alto, con garabo, donosos pompones blancos.

Podríase, muy bien, si no fuera por la temperatura estival que se respira, creer que nos rodea un paisaje de nieve del Tirol, del Canadá...

Allí debajo de un grupito de esa adorable flora, tengo yo mi cueva.

Allí, tendido, paso algunas horas interminables, felices, y alterno un poco de lectura con divagaciones estériles de mi pensamiento.

Cuando me acerco, levántase refunfuñando un dormilón. Esa ave gris y nocturna. Parece que estuviera siempre cansada de volar. Siempre tendida en el suelo con sus alas desplegadas. No reposa jamás en los árboles. Vuela ocho o diez metros, y se deja caer otra vez rendida. Se aleja y yo ocupo el mismo sitio. Los dos descubrimos el mismo refugio.

El viento, sostenido, murmura entre la hojarasca. O más bien, parece que los pinos riñéranle al pasar. Pero ese ladrón astuto se burla de ellos, y corre incansable robándoles su aroma.

Allí la tranquilidad es ideal. Lejos de los ruidos mecanizados.

Del progreso, vestigios se advierten, es cierto. El hombre, con laudable espíritu, plantó esos árboles, que crecieron, luego a su capricho... y aquí se detuvo mi pensamiento.

Atrajo mi mirada la arena brillante. Acertó a pasar a mi lado una hormiguita negra, a la que yo con un impulso violento, perverso e inconsciente, maté, con mi talón, hundiéndola en la arena. Crimen y ocultación de la víctima simultáneos.

No sé por qué lo hice. Obedecí, sin duda, a un instinto atávico, tan inútil como cruel. El hombre es malvado y parece que no puede estar sin ejercitar su crueldad...

Fue el Destino y sus Parcas. Hay que ser fatalista, me dije.

¡Pero quién puede haber guiado mi acción y con qué objeto, para que muriera esa pobre hormiga, tan inútilmente!

Advertí en ese momento en mí una tendencia peligrosa de pensador con la osada pretensión de descubrir arcanos inviolables, cosa que quise contrariar enérgicamente, en el acto. Y razón tenía para ello, como se verá, un oscuro presentimiento me inquietaba.

Me recosté. Tenía tres libros al alcance de mi mano. Uno de Morand, las Fábulas de Esopo y una edición relativamente pequeña de un Diccionario Enciclopédico, báculo indispensable, preclaro y generoso de mi ignorancia.

Cayó en mis manos Esopo. Leí algunas fábulas que me causaron, como siempre, gratísima impresión. Pero era en vano, y no obstante haber leído a Esopo, sentía mi cerebro preñado de ideas.

Dejé maquinalmente el libro a mi lado, y mi frente, espejándose en el cielo, agitaba sus pensamientos inquietos, mientras mis ojos escudriñaban, con mirada obstinada las profundidades del firmamento. Fué un minuto solemne. Ardía el fuego de mi inspiración. Reincidió mi pensamiento. Recordé, de nuevo, mi inconsciente acción que le costó la vida a la hormiga, y me preguntaba: ¿quién puede sostener ese tan discutido dogma filosófico que admite la existencia del libre albedrío? Y...

Mas me sorprende, en ese instante, un pequeño choque extraño y húmedo en el medio de mi frente. Tuve la impresión de algo untuoso, tibio y frío al mismo tiempo. Pero en seguida me dí cuenta de la triste realidad.

Alguien había ubicado en mi pino protector, y en exacta línea vertical sobre mi cabeza, un pajarillo, que no debía ser muy pequeño, y que, tan inconscientemente como yo lo fuí al matar la hormiga, quiero esperarlo, dejó caer su injuria en el eje de mi potencial inspirador.

Nubláronse salpicados mis lentes y mi pensamiento.

La burla fué demasiado grotesca. Fué una ironía cruel. No eran por cierto gloriosos laureles los que pretendieron ceñirse en mis sienes ardientes. Comprendí, también, que después de leer a un clásico debía, yo, haber guardado un respetuoso continente. Pero al último, no sabía qué pensar y puesto que no había rebelión posible, me impuse una resignación heroica.

Recogí mis libros. Me levanté. Abandoné mi refugio un tanto humillado. Llamé al dormilón. Te dejo el sitio, le dije. Esta mañana ha sido un fracaso y una lección para mí. Te deseo mejor suerte, y hasta pronto.

Y esta es la hora en que reconstruyo este breve y sencillo episodio cómico-trágico de tan escabrosa realidad." (p. 117-120)


La edad en los hombres

Es un tema escabroso, áspero, para muchos; para mí, no tanto, y eso que desvanecidas en una bruma gris, vagas y remotas reminiscencias sepáranme de mi primera infancia.

En cuanto a la edad de los hombres, quiero referirme; porque  en lo que puede pensarse de la edad de las mujeres, mi divisa, es galanura e indulgencia. Cumplo acordándoles, con vivo agrado, una tolerancia de un tercio de la edad que tienen, cuando la necesitan; estimando que es la mínima merced que tiene derecho a exigir ese dulce sexo, animador adorable de nuestra existencia. Y con este sencillo expediente, cuando aparece el tema, las encuentro siempre jóvenes y bien dispuestas.
En tres etapas he pensado que se divide el recorrido incierto de la vida de un hombre. En tres tercios de venticinco años cada uno.
Atribúyole, a la primera etapa, quince años de semi inconsciencia, y diez de algún provecho. Los años poderosos, bulliciosos, opulentos, en los que se derrocha la vida y las energías. ¡Quién no tira su fortuna por la ventana a esa edad!
En la segunda etapa desarróllase la vida en todo su esplendor. El amor, la fuerza, las pasiones, las esperanzas, las ambiciones...
Adviértese, en la tercera, singular analogía con la primera, Concédoles diez años tolerables, ya que en los últimos quince, copiosas y tenues cenizas sofocan las llama del amor, de la fuerza, de las pasiones, de las esperanzas, de las ambiciones... La antorcha, ya trémula, quiere extinguirse, parpadea, se estremece, con un resplandor incierto.
No he llegado aún a ese extremo; y todavía puedo pensar y actuar. Lo que no es poco, y disfruto de ese privilegio que nos acuerdan los años: de la experiencia tardía.
Soy un hombre fuerte todavía. Soy lo que se dice, un hombre  conservado; pero ya sabemos lo que significa este lugar común tan justo y apropiado en estos casos. Su origen es la palabra "Conserva: Carne, pescado, legumbres, etc., que mediante una preparación especial se conservan mucho tiempo." Y, so, como muchos hombres, pertenezco a la primera clasificación, a la de la carne. Y es doloroso decirlo; pero la carne conservada no tendrá jamás el voluptuoso sabor de la fresca.
Además, mi experiencia y mi buen sentido, que aún no me abandonaron, me amparan de adoptar posturas inoportunas, que infinidad de hombres suelen exteriorizar, no exentas, muchas veces, de cómicas actitudes.
La falla fundamental de este error de apreciación, estriba en la excesiva miopía, en el desgaste de la vista. No nos vemos como realmente somos. Y reincido, haciendo causa fundamental de nuestro físico. La vida está, ante todo, en nuestra carne. Es la médula de nuestra existencia.
A la edad provecta de cincuenta años no se percibe la realidad física como a los veinticinco. La lucidez de los ojos, los tintes firmes y brillantes de las poblabas cabelleras, la lozanía del semblante, las sinuosidades de las arrugas, la tez marchita por el desgaste... Para distinguir esas finezas en todas las etapas de su proceso, como lo alcanzan los dichosos que sólo pueden contar veinticinco años, tendríamos que ayudarnos apoyados en una lupa. Y qué triste decepción sería!
Y es forzoso pensar que así nos ven los jóvenes. Pero sin perjuicio de este juicioso razonamiento que me escuda lastimosamente, con no poca ironía, toques de atención que me conducen a la realidad de las cosas.
Cumplía, yo, un día, cincuenta años. Sentíame fuerte y hasta gallardo. Me levanté, esa mañana, de buen talante. Veíame - sin lupa - con mi vista normal, de esa edad. Me encontraba bien, relativamente feliz. Y exclamé: ¡Estas cinco décadas no han dejado grandes rastros en mí!  ¡Me siento jóven! Y en seguida se anunció el Destino travieso, con una jugarreta imprevista y burlona.
Pone en mis manos, ese mismo día, una comedia de la Ilustración Francesa. No recuerdo el nombre ni hace al caso. Abro la primera página. Se describía en ella, el proscenio del primer acto. "En París, el Café de la Paix. A esa hora desierto y en silencio. Sólo se ve la cajera en su pupitre. Un mozo recostado en una puerta. En una mesa una señorita, y en otra, solitario, leyendo un periódico, "un vieux monsieur de cinquante ans". Un viejo señor de cincuenta años!
No seguí leyendo. Busqué al autor de la comedia. Encontré su retrato. Era un hombre muy joven. Evidentemente podría apreciar las realidades de la vida sin lupa.
Quedé pensativo, con una sombra de melancolía. Ya miraba mi existencia con distinta apreciación. Pensé en el pasado con tristeza, en el presente con bastante indiferencia y en el porvenir con alguna inquietud.
Pero ese estado de ánimo fué fugaz; pasó, y pasó rápidamente. No le guardé rencor a esa divinidad ciega e impía. Supe olvidar y olvidé. Y transcurrieron, después, algunos años sin cambios muy visibles de decadencia en mi persona. Alimentando, siempre, cierto optimismo. Conservando mi identidad física, sin enfermedades. Llega en ese período una hija mía, a darme una nietita. Olguita. Me llaman abuelo. Se hace chacota del advenimiento.  ¡Y qué tiene, si soy el mismo! No veo diferencia alguna. Así razonaba. Y aquí se anunció, de nuevo, el Destino, con un llamado mordaz a la realidad, refrenándome por contumacia.
Visitaba, yo, una sobrina, que tenía una hijita de tres o cuatro años. La saludaba prodigándole algunas caricias. La niña, algo huraña, no contestaba. Entonces, la madre, para animarla, le dijo: "No conoces a este señor?... ¡Si es el abuelo de Olguita!"
La exclamación no podía pasar inadvertida para mí. Yo me veía, yo, con un bastoncito, caminando encorvado. Reaccioné impulsivo. ¡Erguí mi cuerpo airado! ¡Pero si no puede ser! Si es ridículo lo que dice esa señora! Era esa la voz interior de la protesta de mi inocente engaño... Vana rebeldía... Ya se habían manifestado con ingenua evidencia los hechos... Para alguien ya era "El abuelito de Olguita".
Enero 29. - Regreso de una estancia. Evoca mi memoria el singular desenlace amoroso en la vida de un vecino, que yo ignoraba hasta hoy.
Se trata de un hombre que cuenta ahora setenta y cinco años y que había vivido, en su campo, toda su existencia, hasta hace un lustro, solitario como un ermitaño. Jamás nadie conoció ni vió mujer alguna en sus dominios.
Al cumplir los setenta, teniendo en cuenta su edad ya algo avanzada, intervienen los hermanos y lo convencen de que tome a su servicio una mujer. Le llevan una vieja. El paisano no congenia con ella y la despide. Se comprende.
Insiste, la familia, y le llevan una jamona bastante más joven.
Con miras al porvenir - el hombre es rico - cuida, esta última, amorosamente a su amo; y para mejor atenderlo, lleva consigo una jovencita de diez y seis años.
Poco tiempo después, despide el viejo a la jamona, y esta es la hora en que dos nenitos alegran los ranchos cantando su inocencia con ruidosa algarabía.
Pues bien: Yo siento, ahora, que ceden los cimientos y vacilan confusos mis juiciosos, melancólicos y crepusculares razonamientos sobre la edad en los hombres.
Estoy desorientado. Y no sé qué pensar... ¡Pero, libre de todo prejuicio, es menester convenir, que aún existen máquinas nobles!" (p. 77-82)


Vagando por la ciudad

La fantasía popular, o más bien, la fantasía comercial, nos obsequia frecuentemente con ocurrencias extravagantes y caprichosas.
La necesidad, entre otras, imperiosa y placentera, que nos ha impuesto la naturaleza de comer todos los días, aguza el ingenio de los hombres que lo ponen de manifiesto bajo múltiples aspectos.
Sería infinito el análisis de esos particulares; no voy a referir grandes cosas; pero quiero señalar algunos inspirados casos que el azar y la observación brindáronme en esta risueña metrópoli de Montevideo.
Salí de mi casa, a paso lento, en una mañana templada de esta primavera, mirando inocentemente los verdes retoños de los  árboles que bordean las veredas. Mi mirada, algo vaga e indiferente, en esa proyección elevada, enfoca, de pronto, una insignia que decía: "El Mago de la Lustrada".
El título me pareció sugestivo, y yo que siento una inclinación decidida por la magia, la alquimia y por todas las cosas extraterrenales, que hieren y agitan mi imaginación, y que tenía, además, en ese momento, los botines bastante sucios, me precipito en ese antro fabuloso.
Como cualquiera habrá podido advertir, se trataba solamente de un modesto salón de lustra botas.
Miro con curiosidad. Inquiero por el nigromante. Quería verlo. Quería oírlo. me contestaron que no había tal mago ni nada parecido. que el supuesto taumaturgo, era un sujeto negro y estafador que sólo había demostrado su poder sobrenatural haciéndose humo con el cajón del mostrador llevándose toda la moneda.
Era, para mí, un caso de magia ordinaria y vulgar, que me causó una amarga decepción, que no valía la pena analizar, y resolví seguir mi camino, previa una lustrada de botines que se llevó a cabo correctamente, mientras me relataban ese lamentable episodio.
Y en marcha, pues, de nuevo, y con la vista siempre en alto, y sin haber recorrido gran trecho, advierto otro letreto que me pareció un monumento. Decía así: "La Catedral de las Camisas".
Ese título es prodigioso. Concebir uan catedral para las camisas, tiene queser un caso único en las historias de las catedrales y de las camisas. Sólo una impetuosa vocación camisera puede inspirar semejante extremo.
Quise investigar. Quise conocer el digno pontífice de ese templo. Quise ver el ábside, el arco triunfal, las naves, la majestad conmovedora de la basílica. Quería recogerme en la penumbra, en el silencio, respirar el aire frío. Sentir esa tranquilidad, esa beatitud que nos invade en presencia de las imágenes sagradas.
Pues nada de particular. Otra decepción. Una tienda pequeña atestada de camisas, Mucho olor a zaraza. Ni la imaginación prodigiosa de Don Quijote, ni la de Ariosto habrían transformado a ese respetable comercio en un templo sagrado. Naturalmente, yo ya estaba adentro. No sabía qué hacer. Decidí comprar una camisa por dos noventa y cinco, muy bonita, y aquí me tienen de nuevo en la calle con un paquete debajo del brazo.
Y adelante. ¡Y con qué me he de topar! Con otro raro anuncio que dice: "Guarda Polvos Marca Seis Dedos". Se ve una mano pintada con seis dedos. Otro fenómeno. No muy extraordinario, si se quiere, como fenómeno anatómico; pero como reclame de seguro no muy común.
La naturaleza caprichosa y pródiga, pensé, habrá adjudicado a ese buen hombre, en una mano, un dedo de más, y el espíritu sagaz se reveló en ese digno comerciante. Explotó su defecto físico, si así puede llamarse a ese excedente, para llamar la atención en su fabricación de guardapolvos. Podría pensarse que los guardapolvos fabricados con un mano de seis dedos son superiores a los hechos con cinco, y seto sería una ventaja. Quise comprobar la exactitud del caso. Hice una inspección ocular brevísima, compré un guardapolvo, no ví el fenómeno, y me alejé pensando que la aplicación de ese miembro en cualquier actividad violenta de la vida lleva un regargo del veinte por ciento, lo que no es poco.
Y ya me encuentro de nuevo en la calle con dos paquetes.
Pero era el día de las sorpresas, no había duda. Otro letrero original me impresiona. "Calzoncillos Marca El Hornero". Se refiere al pajarito que está pintado sobre un palo de teléfono.
Yo me pregunto: ¿A quién se le ocurre, señor, semejante enormidad?
El hornero es un pajarito de color suave, alegre, delicado; con un canto original, voluble y ligero cual el inquieto motivo de la casquivana Musetta de La Bohème. ¿Cómo es posible asociar la idea de esa ave tan delicada y poética a la más prosaica de las prendas íntimas de vestir de los hombres?
Sólo podría justificarse el caso, si tuvieran algo muy extraordinario. Pues nada señor. Un vulgar calzoncillo, como puedo comprobarlo, con el que compré por uno veinte, que constituyó mi tercer paquete.
Había resuelto regresar a mi casa, cuando advierto esta insignia:
"El Primer Rey de la Caña".
Y quién no se impresiona con semejante letrero!
Una monarquía alcohólica y alcoholizante incorporada a esta libérrima república.
Me tiro del autobús. Penetro en ese austero reinado. Aquí también quería conocer al magno monarca, Primer Rey de la Caña, fundador de esa ilustre dinastía.
Era un bar con emanaciones violentas. Los súbditos bebían tranquilamente. Yo no tuve el coraje de hacerlo y pagué mi tributo comprando una botella de caña. Y en este, como en los otros casos, la fantasía de la leyenda había superado a la realidad de su objetivo; y eran las doce, cuando yo, con la cabeza gacha, meditaba en silencio.
¿Cómo poder explicar mi ilógica y casi inconsciente actitud, cuando me encontraba cargado con cuatro paquetes de cosas dispares que no pensaba comprar ni necesitaba?
Pues sólo en las altas regiones de la filosofía se revelan claras las razones de nuestros actos más o menos inconscientes: y no tardé mucho en despejar mi enigmática situación recordando el sutil raciocinio de un talentoso psicólogo que dice así: "El entendimiento se esfuerza en recortar la vida dentro del marco de sus categorías lógicas, y cuando pretende tenerla asida, ella le obliga a obedecer a sus mandatos supremos. Los pensadores piensan a la vida y la vida se vive a sí misma gobernada por potencias extrarracionales".
Era evidente. Yo había obedecido, en esa mañana, a los mandatos supremos y a las potencias extrarracionales, los que, acompañados de algunas ligeras reflexiones mías, hiciéronme brillar los botines y regresar a mi casa cargado con cuatro paquetes de cosas imprevistas que no necesitaba." (p. 151-156)






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